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Todo lo relacionado con la lengua constituye una especie de vasto mar, empecinado en que no conozcamos sus verdaderas dimensiones. Y no siempre hay que culpar a los hablantes: bastantes problemas tiene uno entendiendo lo que ocurre en el mundo para, encima de eso, hacerse entender siempre.

Por ejemplo, con respecto al asalto militar israelí a una flotilla que se dirigía a Gaza, un vocero del ejército, con ánimos de justificar la decena o más de muertos que hubo (civiles, por supuesto), dijo que la culpa era de ellos (los muertos) por recibir violentamente a los soldados. ¡Santos balazos! Es decir, ante aquel abordaje hostil desde helicópteros provistos (máquinas y tripulantes) con la más avanzada tecnología letal, ¿era posible esperar un apretón de manos entre ambos bandos? Según el vocero, sí, y por falta de esa actitud más hospitalaria de los ocupantes del barco turco abordado fue que ocurrió la masacre. No entendí.

Tampoco entendí (turro que es uno) cuando en una nota periodística se aludía a un docente que no sabía tratar a los alumnos “imperactivos”, y menos al funcionario que sí comprendió la denuncia, pues afirmó que el maestro estaba ante un “eminente” proceso de traslado.

 

Haciendo lo que hacen algunos gastroenterólogos (es decir, sacando cálculos), adiviné, más que entendí, lo planteado (en la glosa, porque lo del ataque a los barcos seguiré sin entenderlo). Es muy probable que el autor quisiera decir “hiperactivos” (refiriéndose a los infantes, y a otros que no lo son, que presentan ese trastorno de la conducta caracterizado por el movimiento constante). La otra posibilidad, que casi la descarto, es que los zambitos fuesen “imperativos” (dominantes, mandones). En cuanto a la respuesta, apostaría dos líneas de este párrafo a que el proceso no era “eminente” (insigne, distinguido, muy importante), sino “inminente” (que está a punto de ocurrir).

Resuelto el caso, descansado lector. Pero aún siento pena con tres personas; una que vino a comentarme (pura risa) que en la televisión dijeron que “los procedimientos censuales no fueron del todo correctos”; y otra que me mostró una foto tomada con su Blackberry (esa droga de moda) a un letrero en el mercado, donde se anunciaba la venta de “coco rallado” (también se reía mucho); y la tercera, un policía que se quejaba de las barbaridades que leía en los informes de sus subalternos y (pruebas al canto) exhibió una hoja en la que aparecía escrito que la víctima pereció “acribillada a puñaladas” (¡le agradecí tanto que no se riera!).

¿Y por qué ese sentimiento de pena? ¿Cómo que por qué? Miren, pocos seres son más detestables que los aguafiestas. Estas bienintencionadas personas venían con un gazapo agarrado por las orejas, orondas por la proeza y animadas por la posibilidad de hacer un remiendo a la agujereada red de palabras y les sale uno con un destemplado: “Devuelva ese alicrejo al sitio donde lo encontró”. No podía hacer más (ni menos): “censual” viene de “censo” (eso sí, no descuide la primera letra); “rallar” significa “desmenuzar” (que no es otra cosa lo que le hacen a la pulpa del coco), y “acribillar” quiere decir “hacer muchos agujeros”.

 

Es por eso que se insiste tanto en que debemos esmerarnos en comunicar nuestras ideas con claridad, y para eso es necesario tener en cuenta la precisión de los vocablos, su corrección, pero también su propiedad. No se atemorice por la vastedad de este campo, porque una cosa es cierta: nunca llegaremos a saberlo todo, pero mucho avanzaremos si nos encaminamos ya.

Que la palabra te acompañe.


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564974
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América