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¿Infierno, de qué me hablas?

“No son argumentos racionales sino emocionales los que nos hacen creer en la vida futura” Bertrand Russell


Amigo, mira lo que consigues cuando alborotas el avispero de mi cerebro. ¿Para qué mencionas Paraísos e infiernos y proclamas tu alma inmortal. Aquí te va lo mío.

La muerte vuelve polvo al cerebro. Con él se acaban los recuerdos, la personalidad, el lenguaje, los chistes, las deudas, los deseos, las fórmulas aprendidas, las músicas sabidas, los vicios y las virtudes del cerebro habiente. ¿A qué infierno pueden condenar lo que queda?

El bueno de Juan Pablo II dijo: “el infierno no es un lugar, sino la situación de quien se aparta de Dios”. Benedicto XVI lo recrea: “si no se admite la culpa y no se cumple la promesa de no volver a pecar, se arriesgan a una condena eterna, el Infierno, un infierno del que se habla poco”.

 

Puedes escoger entre las palabras de dos Papas.

Por mi parte no tengo problemas. No hay infierno para mí. De haberlo, sería mi escogencia para pasar la eternidad. ¿Por qué? Porque el aburrimiento de la compañía que encuentre en el Paraíso, haría que me cortara la venas del alma en menos de un mes.

¿Cómo será el suicidio del alma?

 

Respeto las religiones como opciones que se presentan al hombre para que escoja sus creencias (no su sapiencia). Dependiendo de dónde nazcas, una u otra religión te abrazará en la niñez y te prodigará amuletos de protección, digamos, contra la desesperanza.

Si creyera en la otra vida, y tuviese la seguridad de que dicha vida además es eterna, no temería en absoluto a la muerte. Desgraciadamente creo en el Kaputt de la existencia. Polvo finito (ni siquiera enamorado), seré. No hay paraíso para mí, mucho menos infierno. No extrañaré para nada las fuerzas que pierdo con esta mi incredulidad. Decía Russell que los militares tienen razón en fomentar la creencia en la inmortalidad. Creer en el Paraíso tiene considerable valor militar como refuerzo de la belicosidad natural, tal como lo prueban los mahometanos,

El vasto universo, tan vasto que ni ciencias ni religiones pueden medirlo ni imaginarlo, cobija mi panteísmo y parte de mi hinduísmo. Muero y mis moléculas, esa fugaz esencia terrenal que alguna vez me dio vida y nombre, volverá al sitio donde estaba antes de nacer: la cómoda y silenciosa nada nirvánica.

 

Dice George Burns que hay nueve razones para desear reencarnar. La primera es el sexo… las otras ocho son irrelevantes. Estoy de acuerdo con él.


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666386
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América