Aunque el entusiasmo y la celebración no son tan desbordantes como en tiempos idos, no faltarán las palmaditas y las voces de aliento para impulsarnos a que sigamos bregando. ¡Claro!, hoy es 13 de noviembre, el Día del Periodista.
Pero más allá de las felicitaciones y de los reclamos que pudiéramos plantearnos en esta fecha, por las condiciones peculiares en que se desarrolla la profesión como consecuencia de las transformaciones tecnológicas y variantes sociopolíticas, el momento es bueno para preguntarnos hasta qué punto estamos cumpliendo con la sagrada misión de ofrecer contenidos útiles y que sirvan a los fines de informar, educar y entretener, que son los pilares sobre los que se basa el ejercicio de la comunicación social.
Una respuesta honesta nos llevaría a reconocer que, si bien no todo es malo, todavía tenemos mucho camino por recorrer.
Es fundamental que los periodistas entendamos que no somos la noticia, más bien representamos el fiel de la balanza entre los ciudadanos y quienes están obligados a servirles, ya sea en el ámbito público o privado.
Ese rol de equilibrio no significa que no podamos identificarnos con las causas de los que menos tienen, ni que debemos voltear la mirada cuando en el ambiente haya un hedor, sino que nuestro papel debe enfocarse en recopilar y ofrecer la mayor cantidad de información disponible para que la opinión pública discierna y actúe según su conciencia.
Quienes, además de periodistas, hemos sido observadores del comportamiento de los medios de comunicación, sabemos que hoy por hoy, la línea que divide la noticia de la opinión es casi imperceptible y nos resulta difícil creer en alguien que nos informe sobre un tema en el cual de antemano ya sabemos su opinión.
Por eso, más que celebrar y darnos espaldarazos y golpes de pecho, hoy es un día que debiéramos emplear para la introspección y así saber cuánto bien o cuánto mal el periodismo de hoy le hace a la convivencia en sociedad.