L a humildad es un rasgo que no abunda entre las estrellas del deporte. Sólo los grandes hombres ponen su nombre por encima de la fama, del orgullo y la pedantería. Los verdaderos campeones están hechos de esa madera. Ismael Laguna es uno de ellos.
Llegó a la entrega de los Premios 10 Deportivo como si fuera uno más de los atletas premiados. Con sus 67 años encima, con dos títulos mundiales en sus hombros, con el enorme orgullo de ser una de las mayores glorias del deporte de Panamá, pero con la simpleza y la tranquilidad del que no se siente más ni menos que nadie.
Fue uno más entre los chicos premiados por el 10 Colegial, entre los padres emocionados y entre los jóvenes atletas. Su presencia casi no se notó, hasta que la voz de Eduardo Soto, el maestro de ceremonia, anunció el premio a la gloria deportiva 2009.
Entonces, por la pantalla de los televisores apareció la imagen de ese gran campeón que en 1965 le ganó a Carlos Ortiz en el Juan Demóstenes Arosemena la corona de los ligeros, regalándole a Panamá el segundo título mundial de su historia. El relato de Juan Carlos Tapia, ponderando la calidad técnica de ese gran campeón, dejó en silencio a todo el público asistente. La enorme categoría de Laguna aparecía de pronto en toda su magnitud ante los ojos de todos, de grandes y chicos, de los que ya lo conocían y de los que sólo habían escuchado hablar de él.
El aplauso unánime, cerrado, emocionado y feliz de todos los presentes marcó el momento más emotivo y especial de la fiesta. Una enorme ovación acompañó a “El Tigre Colonense” a recibir su premio. Con el paso lento que le dejó la vida y con la sonrisa abierta y agradecida de su enorme humildad, levantó su mano derecha y casi pidiendo disculpas con los ojos emocionados, dio las gracias por el premio “a todos los panameños”.
Después, se tomó fotos con todo el que se acercó, abrazó a los chicos, improvisó poses de combate con los padres y escuchó cada una de las historias de los que querían expresarle su enorme admiración. Ya se iba después de otra noche victoriosa y de pronto, vio sentado a un costado a Edilberto Albeo, el niño no vidente que ganó una medalla de oro en los últimos juegos CODICADER. Se volvió hacia él y lo abrazó largamente. Una vez más, el maestro dio cátedra.