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Jesús, las mujeres y el Cardenal

Responsabilizar el enfoque de género con la aceptación de la homosexualidad y la inestabilidad de la familia contemporánea es una táctica para evitar la discusión de temas como la violencia y la discriminación contra las mujeres, y si el celibato y la exclusión de las mujeres del ministerio sacerdotal pueden mantenerse con argumentos teológicos


Hace dos mil años, Jesús de Nazareth anunció la llegada de un nuevo reino y un nuevo orden donde sería posible que los seres humanos nos reconociéramos como hermanos, hijos de un mismo Padre y cambiando de raíz el modo como nos relacionaríamos con Dios y entre nosotros. Este reino, que empezaría a construirse desde este mundo como anticipo del venidero, tendría como ley fundamental el amor y sus primeros ciudadanos fueron los pobres, los olvidados y las mujeres, que constituían un grupo discriminado y casi marginal en esa época.
No hay un solo episodio de los evangelios en el que Jesús da a conocer los fundamentos de su doctrina o revela su propia naturaleza en que no haya de por medio una mujer como protagonista. Desde el momento de la anunciación, cuando el Angel le comunica a María que ha encontrado gracia ante los ojos de Dios, la llama bendita entre las mujeres y le anuncia su maternidad, la voz de esta joven que interpela, pregunta y acepta libremente es el preámbulo de una serie de diálogos cuya riqueza humana y teológica aún perdura..
Por eso, a veinte siglos del advenimiento del cristianismo, en una época marcada por el reconocimiento de los derechos de todos y la aspiración a una vida plenamente humana -valores esencialmente cristianos- la Carta a los Obispos sobre la colaboración del hombre y la mujer en la iglesia y el mundo, firmada por el Cardenal Ratzinger, ha desatado críticas y estupor no sólo entre las mujeres, sino también entre hombres que no están dispuestos a rendir su inteligencia ante interpretaciones arbitrarias y obsoletas de los textos bíblicos.
Mucho antes de que el Cardenal armara este último intento por deshacer los logros alcanzados, mujeres creyentes y no creyentes, teólogas y feministas habíamos iniciado la lectura del Nuevo Testamento prestando atención a la relación especial entre Jesús y las mujeres a partir de textos que nos revelan mucho sobre nuestra propia identidad y también, desde el punto meramente humano, de quiénes somos y qué esperamos desde hace siglos. Esa reflexión ha provocado una seria preocupación en los sectores más conservadores de la iglesia católica, temerosos de que las lecciones que se desprenden de los evangelios trastoquen prácticas que no encuentran sustento teológico y que subsisten en base a tradiciones que poco o nada tienen que ver con las verdades de la fe.
No es accidental que los textos utilizados por el Cardenal Ratzinger sean en su mayoría textos del Antiguo Testamento, citas de documentos eclesiásticos poco novedosos y sólo contenga algunas referencias muy limitadas a los evangelios de manera que aportará poco en una discusión que se centra en temas antropológicos, filosóficos y teológicos importantes.
Aceptar a las mujeres como iguales ha sido difícil en todos los ámbitos del quehacer humano y la iglesia no ha escapado a esta dificultad. Por eso, la preocupación que expresa el Cardenal se centra en que las mujeres, al denunciar la condición de subordinación, hayan suscitado "una actitud de contestación". Y que "a los abusos de poder responda con una estrategia de búsqueda del poder" que desemboca en una rivalidad entre los sexos que ha llevado a "la introducción en la antropología de una confusión deletérea, que tiene su implicación inmediata y nefasta en la estructura de la familia". El documento identifica "otra tendencia que llevaría al cuestionamiento de la familia, a la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad polimorfa".
Según Ratzinger la preocupación por la cuestión femenina es la excusa para la motivación más profunda y perversa de que las personas se liberen de sus condicionamientos biológicos y a que puedan configurarse según sus propios deseos, "ya que sería libre de toda predeterminación vinculada a su constitución esencial" y que de ahí -según Ratzinger- se considere "sin importancia e irrelevante el hecho de que el Hijo de Dios haya asumido la naturaleza humana en su forma masculina".
Por supuesto que no puede ser fácil para el Cardinal Ratzinger aceptar que las diferencias biológicas hayan servido para una construcción histórico cultural que ha permitido la subordinación, la marginación y la violencia contra las mujeres, porque el reconocimiento de este hecho deberá traducirse en una nueva relación con las mujeres dentro de la iglesia jerárquica.
Si forma parte de un plan divino que las mujeres estemos destinadas a cumplir ciegamente con nuestro rol reproductivo, a ver en las tareas asociadas con la procreación y el cuidado de la prole nuestra única vocación y destino, y a encontrar en la subordinación el cumplimiento de la voluntad de Dios, entonces no tendrá la iglesia católica que enfrentar los reclamos y cuestionamientos que las mujeres hacemos.
Responsabilizar el enfoque de género con la aceptación de la homosexualidad y la inestabilidad de la familia contemporánea es una táctica para evitar la discusión de temas como la violencia y la discriminación contra las mujeres y si el celibato y la exclusión de las mujeres del ministerio sacerdotal pueden mantenerse con argumentos teológicos y no invocando la costumbre y la tradición como si éstas fueran inmutables.
Es un hecho histórico que Jesús era un hombre, pero también lo es el hecho que se encarnó en el vientre de una mujer judía, pobre y marginada, a la que pide su consentimiento libre y bajo cuya autoridad y cuidado vivió su infancia.
La María sumisa y doméstica es tan irreal como las imágenes que la representan envuelta en sedas y cubierta de joyas que nunca siquiera imaginó. Mucho más real y próxima a las mujeres de todos los tiempos resulta la mujer que interpela al Angel y que en presencia de Isabel entona un bellísimo canto profético, la que dio a luz en un pesebre, huyó al exilio, alegró una boda y acompañó a su hijo en el tormento. Si María, desde esa perspectiva, es una figura rica y compleja el evangelio nos presenta a otras personalidades fuertes de las que deja testimonio Lucas cuando se refiere a "muchas que le servían con sus bienes" y que "le acompañaban por caminos y poblados" seguramente provocando un escándalo y una preocupación similar a la que el Cardinal Ratzinger siente frente a los signos de nuestro tiempo.
Lo que le queda por hacer la iglesia es erradicar la misoginia, la desconfianza doctrinal y el miedo visceral que ha sentido y siente hacia las mujeres y buscar en los evangelios el sustento doctrinal para enmendar un rumbo equivocado y apartado del mensaje que encontramos en los mismos.
El trato de Jesús con las mujeres fue siempre fácil, cálido y lleno de aceptación. Tan cálida y humana es esa relación que sabemos que los los pechos de una mujer lo amamantaron y sus brazos lo acunaron; que muchas lo acompañaron y pusieron a disposición sus bienes, que le besaron, le bañaron la cabeza con perfume, le acariciaron los pies con sus cabellos y le tocaron de tal manera sintió en ese contacto una fe verdadera. Todas esas mujeres le dijeron con sus muestras de amor humano, sensible y apasionado -como seguimos diciéndole las que lo buscamos veinte siglos después- que no tiene que preguntarnos, como a Pedro, si lo amamos. Un amor en el que hemos perseverado y por el que hemos transmitido la fe sin interrupción durante veinte siglos.
Teresita Yániz de Arias decidió tomar parte del debate que ha originado la Carta del Vaticano a las Mujeres, elaborada por el Cardenal Ratzinger, y que ha provocado múltiples reacciones. Educada en colegio de monjas, quienes la conocen saben que se trata de una católica practicante cuyas críticas al Vaticano distan mucho de querer expresar posiciones anticatólicas. Mejor todavía, uno puede considerar su prosa como un aporte crítico y valioso a los debates por los que transita, como cualquier institución de nuestro tiempo, la propia Iglesia católica.


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168772
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América