Nadie puede reemplazar a Lou Gehrig, una figura única en la historia del béisbol. Ellsworth Tenney “Babe” Dahlgren lo sustituyó como inicialista de los Yanquis de Nueva York, pero no lo reemplazó.
Sus números ofensivos fueron tan llamativos como su racha de 2,130 juegos consecutivos. Su imagen el 4 de julio de 1939 cuando recibió un homenaje en un momento donde se estaba muriendo de una terrible enfermedad que lleva su nombre, estará siempre grabada con nosotros cuando dijo que era “el hombre más dichoso de la Tierra”.
Su ejemplo de valentía ante una adversidad que le acababa su existencia, lo separa del resto de la humanidad en el deporte de las bolas y los “strikes”.
Pero alguien lo superó en una estadística: Derek Jeter, el capitán de los Mulos de Manhattan, que se encuentra a solo 74 hits de ser el único jugador con el uniforme de rayas de los Yanquis que llega a 3,000 imparables.
Jeter es el ídolo de la última generación de los Yanquis. Algunos otros peloteros han formado el núcleo del éxito de este equipo desde los años noventa, en especial el cerrador panameño Mariano Rivera, el receptor boricua Jorge Posada y el lanzador zurdo Andy Pettitte. Pero Jeter es la cara de los Yanquis.
Sus imparables demuestran su valor, consistencia y durabilidad como jugador. Su esfuerzo y su humildad, dentro y fuera del terreno, tienen un valor extraordinario en el deporte profesional.
Sus estadísticas son impresionantes: suma 2,926 imparables, 1,685 carreras anotadas, 1,135 impulsadas, 234 jonrones, 323 bases robadas, su promedio de embasamiento es de .385, con 4,218 en total de bases, un slugging de .452, un OPS de .837 (embasamiento más slugging) y su promedio es de .314.
Jeter ha ganado muchas distinciones que incluyen Novato del Año, cinco Guantes de Oro, Jugador Más Valioso de la Serie Mundial y del Juego de Estrellas (2000). A la vez, es el segundo pelotero de los Yanquis con más partidos jugados, detrás de Mickey Mantle.
Cuando analizamos su carrera la podemos resumir con cuatro palabras: es una legítima estrella.