Deportes

Juego de víctimas y verdugos

Debo confesar que no soy un acólito empedernido del balompié. A lo sumo, veo el mundial cada cuatro años y, por supuesto, la participación de ...


Debo confesar que no soy un acólito empedernido del balompié. A lo sumo, veo el mundial cada cuatro años y, por supuesto, la participación de nuestra Selección Nacional en los torneos regionales. Todavía me enredo cuando cantan un fuera de lugar, porque mi ojo miope no alcanza a ver qué ocurrió primero, si el desplazamiento del jugador delantero o la patada de pase. De manera que, con los rudimentarios conocimientos que aprendí en mis clases de educación física, intento comprender las dinámicas de este deporte que hoy vive una crisis sin precedentes.

Así lo veo

Sentarse, tenso, frente a una pantalla de tevé a ver cómo nuestra Selección Nacional responde a la ofensiva de su contrincante, o cómo despliega la suya en el terreno de juego, tiene algo de goce estético y mucho de tensión ética. Podemos llegar hasta la tortura.

 

Por lo visto, lo estético está siendo empañado por lo ético. Y, así, lo que está llamado a ser un arte va perdiendo su gracia.

Los escándalos del fútbol mundial tienen protagonistas variopintos: Empezando por la (me rehúso, de momento, a escribir sus siglas con mayúscula), cueva de corruptos insalvables. Agreguemos el negociado de los clubes privados, que pagan sumas millonarias por el fichaje de "estrellas" infladas por el ; es decir, ya no hay jugadores, sino marcas en dos patas, bajo las insignias tutelares de tales clubes también sumergidos en lodazales de corrupción. Por último, la hinchada, esa multitud que, cada vez más, amenaza con convertirse en una horda planetaria incontrolable, y patética, presa de una emoción fabricada e inducida por la audaz publicidad, e inoculada gracias a la baja autoestima de las masas.

Alcanza para nombrar un protagonista más: el espectador casual, esporádico, sí, ese que como yo padece, cada vez con mayor frecuencia, de una bipolaridad altamente perjudicial: actuar, ay, como víctima y verdugo.

 

A los árbitros comprados no se les puede incluir en los roles protagónicos por cuanto son casos lamentables de robotización y falta de conciencia.

Tan es así, que he optado por pensar que, como todo mecanismo sin alma, son entes amorales, por más que les llenen los bolsillos de dólares. Pongamos por caso la reciente actuación del sujeto/objeto que manipuló la disputa por el pase a la "gran" final de la Copa Oro entre las selecciones de Panamá y México.

Debo ahondar un poco en la bipolaridad de los espectadores esporádicos, porque es a partir de allí de donde puedo opinar con menor grado de ignorancia.

 

Para el caso que nos ocupa, aclaro, víctima y verdugo son las dos caras de una misma moneda. No existe una cosa sin la otra. Toda víctima genera aunque sea involuntariamente (si es que no lo pide a gritos) su verdugo. Y todo verdugo potencial ansía clavarle (abierta o solapadamente) el diente a su víctima. Tal vez estoy haciendo resonar una perogrullada; o, lo que es peor, metiendo las cuatro patas como lo haría un buen asno ilustrado.

La fanaticada esporádica actúa como víctima cuando delega en los jugadores de su equipo la responsabilidad de la derrota. Y, en el acto mismo de ver a los suyos derrotados, se revela como un censor-verdugo poco indulgente: "Mi selección es vieja (exceso de veteranía). El director técnico no aplicó las tácticas necesarias. Estamos empezando (por los escasos años que tenemos de estar en el circuito "junto" a los grandes; no "de" los grandes). No nos merecemos el triunfo (estima del "pobrecitos nosotros"). Nos toca esperar (paciencia consolada y consoladora del pendejo)". Y así. Luego, otra vez en papel de víctima, nos vamos contra el equipo contrario: "La otra selección hizo trampa. Fueron ayudados por el árbitro (bueno, aquí ya vimos que sí). Son los gigantes de la región. Su tradición futbolística es años luz mayor que la nuestra." Etcétera. A veces la línea es tan fina que no alcanzamos a ver el mecanismo enconado de nuestra biloparidad.

Si el resultado es favorable, la responsabilidad es, en gran parte, nuestra; pero también somos los verdugos sutiles de la victoria sobre el otro.

 

Nuestras supersticiones y comandos fuera de cancha han hecho la hazaña junto al onceno: "Porque cruzamos los dedos. Pusimos muñequitos pulla-pulla al adversario.

Telepáticamente generamos los goles. La Marea Roja lanzó su enorme ola energética de buena vibra y, ¡zas!, ganamos."

¡Lo fácil que mudamos de piel!

Pocos, o nadie, incluso los despistados e indiferentes como yo, daban un real por el pase de nuestra selección a semifinales. Por lo mismo: porque nos hicimos víctimas de la responsabilidad de los "otros". Cuando esos otros/nuestros hicieron lo suyo, nos empoderamos de dicha responsabilidad y, entonces sí, "A jugar muchachos, que ustedes pueden. La Sele Viva, Viva la Sele." Agua, guaro y campana al servicio de nuestra poquedad individual y colectiva.

Pero, ¿qué ocurre cuando algo superior al papel de oscilar entre víctima y verdugo se antepone el de espectadores atónitos frente a una premeditación alevosa que nos deja fuera de foco, con el culo adolorido en la silla y la garganta pelada de tanto gritar sandeces? Pues lo obvio: la ira, una emoción, se convierte en violencia, una acción (verbal o física); porque nos quitaron la cámara de enfrente para filmar las mandíbulas del monstruo. Luego el monstruo queda en segundo plano, cuando debería seguir en primero, pues que nuestra rabieta casera distrae al camarógrafo y ya no se sabe qué es qué, ni qué chingados pasó, ni a quién carajos echarle la culpa de qué desmadre.

Ante una estética deslucida por la ética de las corporaciones futboleras, nosotros hacemos un berrinche que no es ni de víctimas ni de victimarios, sino la desolada escena de un parvulario de moral fluctuante, con lo cual muy pocos cambios en positivo podremos lograr si siguen las adversidades más allá de nuestro minúsculo ego.

El peligro mayor es que de víctimas y victimarios de una pasividad aberrante, de espectadores bobos de unas circunstancias que según nosotros nos ningunean, pasamos a ser xenófobos activos, expertos emocionados opinando, con el insulto halitoso en la boca, de lo poco o mucho que conocemos sobre balompié ("Yo en su lugar hubiera, hubiera, hubiera"). Y, finalmente, pasamos a convertirnos en peores seres humanos..

Sí. El deporte por excelencia en nuestras latitudes está en crisis. Y resulta apabullante. Y sintomático.

Esto se nos viene encima como una masa informe que bien puede ser el retrato en rompimiento de la convivencia que estamos teniendo en todos los demás órdenes de la vida.


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985252
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América