Deportes

Juegos del Alma


La nadadora panameña giró para dar su última vuelta estilo mariposa. Cuando sacó la cabeza para tomar aire, la gente aplaudía y la animaba. Sus compañeras de competición habían llegado hacía tiempo a la meta; ella era la última. ¡Vamos, Panamá!, gritaba la gente, mientras yo luchaba por no dejar escapar las lágrimas al ver  cómo cumplía con su deber como atleta.

Mi sentimiento ambivalente era de alegría al ver qué lindo es el público cuando anima a sus atletas, y de dolor porque la chica no pudo quedar en una buena posición como ella y todos lo esperábamos.

Antes de su turno, en el masculino, Panamá logró medallas de oro y plata.

 

Yo era otra panameña más que se rendía ante lo noble, justo, competitivo y grande que es el deporte. Y más con esta cita histórica que tuvo como escenario este hermoso país.

Junto a mis hijos abandonamos la piscina de la Ciudad Deportiva y nos fuimos al Rommel a ver las pruebas de atletismo. Definitivamente que era mi tarde de llanto.

Me pasó igual que en la piscina cuando observaba una de las competencias. Pero en este caso, el público panameño animaba a una chica de Nicaragua que iba en el último lugar. ¡La aplaudíamos!, por valiente, por tener orgullo deportivo, por representar con dignidad a su país. Esa es la medalla invisible que se llevan cientos de atletas que no pudieron colgar una presea en su pecho.

 

Esa tarde, al igual que las demás durante los IX Juegos Deportivos Centroamericanos,  niños, jóvenes, adultos y adultos mayores participaban de esta gran fiesta, de diversas formas: cantando, silbando, gritando, haciendo olas, aplaudiendo, protestando, delirando,  tocando las cornetas, comiendo mil chucherías en los puestos de venta ambulantes.

Mi tercera jornada de llanto fue cuando sonaban las notas del Himno Nacional. Unos irreverentes jóvenes que estaban en las gradas enmudecieron, abrazados por la solemnidad del momento.

¡Jo!,  no hay panameño que se resista ante el: ¡Alcanzamos por fin la victoria!

 

Al final de la tarde y de la noche, las tercas lágrimas seguían. Esta vez, al ver sobre el podio a los equipos femenino y masculino de baloncesto, encestando tantas medallas de oro en el Gimnasio Roberto Durán.

Fue una jornada repleta de emociones.

Quitando aquellas cosillas feas que aún tenemos, como el tirar la basura por doquier, siento que todos gozamos esta fiesta, con civismo y sentimiento de hermandad.

 

Justo es darle las gracias a cientos de personas que participaron como organizadores y voluntarios y, por supuesto, a las estrellas de los juegos:  atletas y entrenadores.


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548826
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América