Cuando se hace tarde en París muchos escritores enfilan hacia Saint André des Arts, donde hay un restaurante al que iba Pablo Neruda. Me lo contó un día Mario Vargas Llosa, que fue allí algunas veces con el maestro chileno; en ese momento Mario cenaba con nosotros, regocijado ante la comida y ante los recuerdos. Es un restaurante muy parisino y también muy latino; allí se encuentra uno como si hubiera salido, por ejemplo, de Rayuela. Mientras comíamos aquellas viandas simples, servidas con un pan exquisito, el pan de París, me pregunté si Julio Cortázar alguna vez habría estado allí. Se lo pregunté a Mario y me dijo que no lo sabía; se había encontrado con él en muchos sitios de París, pero no recordaba haber estado allí precisamente.
Muchos años antes, un escritor argentino especialista en Jorge Luis Borges y en sus laberintos, Marcos Ricardo Barnatán, me había dado la lista de direcciones de los escritores del boom, incluido Cortázar. Muchos de nosotros habíamos vivido en Rayuela, y por tanto en la París de Cortázar. Había una frase en Rayuela que dio vueltas por nuestra cabeza de viajeros aún quietos: “En pleno contento precario, en plena falsa tregua, tendí la mano y toqué el ovillo París, su materia infinita arrollándose a sí misma, el magma del aire y de lo que se dibujaba en la ventana, nubes y buhardillas”.
El libro era París, y yo tenía la dirección de su autor. Sus libros, todos ellos hasta Rayuela, te convocaban a ese territorio en el que Oliveira y La Maga se buscaban como si cumplieran acertijos en torno a la rue Vaurigard, por ejemplo. “No podía ser que La Maga decidiera doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba hacia la rue
Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado.”
Estaba el ovillo París y estaba el mundo Maga. La Maga era un personaje de Montevideo (o no) que creía que en la Rambla del capital del paisito podría haber grandísimos lagartos que entretenían la mirada de los enamorados. Estaba Montevideo y estaba París, como la izquierda y la derecha en el cosmos, el uno el infinito, y el infinito era París.
Vivir en ese libro fue una gran suerte, porque permitía vivir en un mapa y por tanto en un sueño. Hay un momento determinado de Rayuela en el que, en efecto, el ovillo se hace mapa en el cual habitamos. Cuando Barnatán me dio la dirección, una tarde de muchísimo calor en el Café Gijón de Madrid, era como si me hubiera dado, al tiempo, un trozo de París pero todo Rayuela. Oliveira había alimentado nuestra imagen de las calles, como si en París siempre fuera de madrugada: “Por ese entonces yo juntaba alambres y cajones vacíos en las calles de la madrugada fabricaba móviles, perfiles que giraban sobre las chimeneas, máquinas inútiles que la Maga me ayudaba a pintar”.
París era un ovillo, una . esta y un laberinto. Y Cortázar nos obligaba a adivinar sus direcciones con la obsesiva destreza de los maniáticos. Cuando ya conocimos París quisimos ver a Cortázar –o a Oliveira– en todas partes; y estaba, sin duda era uno de esos latinoamericanos sin sueño que se paseaban por las esquinas de las calles buscando la oscuridad del cine, que es, para los cinéfilos, como el seno materno, e in++++cluso la vagina, el lugar, por cierto, al que siempre quiso volver Juan Carlos Onetti, una especie de Oliveira mucho más veterano.
En Rayuela Oliveira llega a París como todo el mundo, lo descubre y lo abraza, y se abrasa. Así llega, esto es lo que cuenta: Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Sé que salías de un café de la rue Cherche-Midi y que nos hablamos”. Es una rayuela la vida, así que “esa tarde todo anduvo mal, porque mis costumbres argentinas me prohibían cruzar continuamente de una vereda a otra para mirar las cosas más insignificantes en las vitrinas apenas iluminadas de unas calles que ya no recuerdo”.
París de los encuentros y de las supersticiones, a la busca de un París interior y nocturno “donde el cielo vale más que la tierra”.
Todos queríamos encontrarnos con Cortázar en París; abríamos los ojos en las calles por donde circulaban Oliveira, La Maga y Gregorovius, donde se desataban los celos y los llantos, donde La Maga se enamoraba de Mondrian y del cielo, y creíamos ver a Cortázar en los bistrós, con su abrigo jaspeado, sus ojos grandes, sus manos llenas de pecas y su mirada perdida, buscando. Pero no estaba, tenía la dirección –3, rue l’ Eperon–, pero ni ahí estaba, acaso porque estaba en todo París, París era su sombra.
Y una tarde me fui a Amsterdam, a buscar entre las calles el olor de la marihuana como si fuera el mate que obsesivamente se tomaba en la Rayuela de París, y que sobre todo tomaba Oliveira: “Oliveira cebó otro mate. Había que cuidar la yerba, en París costaba quinientos francos el kilo en las farmacias y era una yerba perfectamente asquerosa que la droguería de la estación Sain Lazare vendía con la vistosa calificación de maté sauvage, cueilli par les indiens, diurética, antibiótica y emoliente.
Por suerte, el abogado rosarino –que de paso era su hermano– le había fletado cinco kilos de Cruz de Malta, pero ya iba quedando poca. ‘Si se me acaba la yerba estoy frito’, pensó Oliveira”. París era la novedad, la yerba era la memoria; la mezcla es Rayuela, y acaso todo Cortázar.
Pero estábamos en Amsterdam, ya no le encontraríamos en las calles, mientras nosotros mismos buscábamos la yerba del presente, la marihuana. Hasta que un día, a las seis de la tarde, mi compañero de viaje, Carlos A. Schwartz, alto como él, lo divisó a lo lejos: “¡Juan, Julio!”. Allí estaba, altísimo, con una camisa amarilla, andando, solo, en julio de 1972, bajo la suave brisa de Amsterdam. Es raro vivir en un libro y luego encontrarte con su autor, así que avancé la mano, él la estrechó como si la engullera, y yo balbuceé mi nombre. Hizo una broma: “Jamás lo olvidaré”.
Explicó en seguida que este nombre coincidía con el del sargento Cruz del Martín Fierro.
Cortázar trabaja las coincidencias; esa misma pesquisa de los mapas en Rayuela es la búsqueda obsesiva de un París casual, en el que el laberinto borgiano es el ovillo cortazariano; Rayuela es el juego de esa búsqueda, un espejo rompiéndose y arreglándose como se arreglan los mapas de los turistas. “Le buscaré en París”, le dije, y él siguió su camino como si volara, pues así caminaba Cortázar. En París le busqué de nuevo, pero en un mapa mucho más contemporáneo, en la guía de teléfonos. El no lo supo, pero a mí me había dado Barnatán su dirección, y una tarde, sentados en un apartamento de la place Clichy, mis amigos y yo le buscamos en el directorio, en el número 3 de la rue l’ Eperon.
No estaba, en esa dirección no estaba; había muchos nombres, ninguno latino, ni nadie se llama Bernárdez, como Aurora, ni nadie se llamaba Julio. Así que arriesgué como se arriesga en el juego de la rayuela, y decidí comenzar por la mitad de la lista.
Ahí había un médico interno de hospital que respondía al muy encendido apellido de Dupont. Y marqué. Pregunté, en francés, si era monsieur Cortázar, y la voz dijo: “Monsieur Cortázar c’est moi”.
¡Voilá! ¡Se prolongaba Rayuela! ¡Habíamos vivido en ese libro y París te lo devolvía! Fue una coincidencia milagrosa, como París, como La Maga y Oliveira, como Rocamadour, como la vida y como el libro. Cortázar al otro lado del teléfono, en París al FIN, rodeado seguramente por los fetiches que hay en sus fotografías, por los gatos, al principio de la escalera que se hizo para bajar, en el número 3 de la rue l’ Eperon. Una sensación fantástica. Al fin se cerraba el mapa.
Pasó de todo luego, y en 1984 murió Cortázar, un día del cual todos tenemos ya la melancolía. Un día fui al entierro de Susan Sontag, en Montparnasse, y allí estaba la tumba de Julio con un dibujo escultórico de su amigo Julio Silva. Una gran nostalgia, como si París residiera en esa tristeza. Pero antes, un día de otoño, en medio de una llovizna onettiana, salí de Hachette, la editorial, solo, bajo la melancolía increíble que nace también de los libros de Julio, levanté la vista de los adoquines, y no tuve a nadie cerca para decirle que en esa esquina precisamente nacía (o moría) la rue l’ Eperon, la que me llevó a buscar a Cortázar en París. Era una calle chica, adoquinada, refulgían las piedras bajo la lluvia fina e incesante, y era como si Rayuela volviera a nacer para vivir dentro de ella como se vive en una ciudad o debajo de un puente. “Y todo, el Club [de la Serpiente], aquella noche en el Quai de Bercy bajo los árboles, cuando cazamos estrellas hasta la madrugada y nos contamos historias de príncipes y vos tenías sed y compramos una botella de espumante carísimo, y bebimos a la orilla del río.”
Oh, París, de la mano de Cortázar. Y allí estaba la calle, al principio del mundo y en el abismo de la melancolía de los que leímos esa novela argentina que sucede en París para entender que el universo no es sino un ovillo.
París para ser feliz. Pues esa noche en que estábamos en el restaurante Chez Allard con Vargas y con su familia, donde Neruda bebía vino tinto y comía a manos llenas el pan de París, le pregunté a Mario si Julio alguna vez fue con él a ese sitio. Y me dijo que no, no lo recordaba. Imaginé, de todos modos, aquella figura altísima, sus manos pecosas, los ojos llenos de la vieja melancolía que hay en Rayuela, y me entretuve pensando en él, en los últimos días, en ese viaje final que Aurora le veló antes de que la maldad del tiempo lo convirtiera en un habitante inconsciente de la historia de París y de todos nosotros.
Fue entonces cuando sonó el teléfono en medio del restaurante y salí a la calle, que entonces todavía era París en primavera, y atendí la llamada a la luz de los ventanales de Chez Allard. Miré hacía arriba, hacia el nombre de la calle, y de nuevo la rayuela de las coincidencias me puso ante el nombre que busqué desde 1972, cuando Barnatán me dio su lista. Allí estaba, marcando la estatura mediana de un edificio gris de París, el número 3 de la calle donde Cortázar jugó a crear un mundo como si desenrollara un ovillo, el ovillo de París. Ante mí, mudo, como los edificios de la mente.