Un ya lejano día en su casa de quincha- de barro y maleza embutidos en las abiertas cañazas-, una esbelta mujer de nuestra campiña se sentó como acostumbraba en el portal de su humilde vivienda. Echó a rodar su pensamiento escudriñando los recuerdos de anécdotas contadas por sus padres y los ancianos del pueblo, así como de experiencias vividas desde su niñez- ¡No joda!, exclamó, a poco de estar en sus recuerdos. – Justina, que así la llamó su padre, detuvo su mirada en el infinito y, contestándose así misma, se dijo-... Todos los días observo el amanecer y el atardecer cuando el sol declina. Todo parece igual, pero no lo es. Cada día es más difícil sacarle frutos a la tierra, - se dijo, y volvió a sumirse en sus abstracciones.
El recuerdo la llevó a sumergirse en los años que, con grandes sacrificios, su mentora, la maestra Nohemí, la envió a la capital a estudiar la secundaria. Siendo bachiller se le abrirían las puertas a mejores días, le dijeron. Fue así como ingresó al Instituto. Allí conoció a algunos de los integrantes de unas llamadas milicias nacionales comandadas por rabiblanquitos, algunos graduados de West Point. Su país natal había respaldado a los gringos y declaró la guerra, sin contar con qué hacerle frente. Eran, y son así, las actuaciones de algunos Presidentes de las Repúblicas bananas de entonces, y de ahora. Aún era muy niña por aquellos días, pero tenía mucha visión y la inteligencia y malicia propias de nuestras gentes del campo. Salió graduada de bachiller y ha sido testigo de los sinsabores de su patria indoamericana.
Ha sido testigo de los dolores de parto por lograr el nacimiento, de lo que suelen llamar, democracia. Esa definición que es una, en la teoría y otra en la práctica. Justina era huérfana. Su madre murió después del parto, como muchas veces sucedía, y sucede, por la falta de una adecuada atención de salud en los pueblos ”apartados” a los que sólo llegan los políticos en tiempos preelectorales. Desde su niñez ha visto morir muchos compañeritos, víctimas de enfermedades curables y prevenibles. Son víctimas más bien de la desnutrición y el abandono que sufren los negros, los indios y los pobres. A escasos 15 años de edad fue violada en el cuarto de alquiler donde se hospedaba. Nada raro en nuestro medio.
Fue entonces cuando conoció a Jorge Enrique, un apuesto y espigado joven de tez trigueña, alegre y desprendido. De recio carácter e ideas revolucionarias. Era hijo de un inmigrante italiano que nunca conoció, por eso llevaba el apellido propio, el de quien sí sabe que es su hijo, el de su madre Sabina Monteroza.
Quique, como le apodaban, la defendió de unos bellacos que trataron de arrebatarle la mochila donde cargaba los libros y unos cuantos pesos que trataba de alargar con los gastos que la aquejaban cada día. ... Carajo, si Quique Monteroza me hubiese continuado con vida no me hubiese putiado y otra cosa sería... balbuceó.
Quique, el amor de su vida, no sólo la comprendió y amó sino que compartieron sentimientos de patria y justicia. Se lo llevaron los milicos uniformados un día que ella lo visitaba en el cuartito donde vía con Sabina, su madre. Los secuestraron en la oscuridad de la noche. Eran 4 hombres armados que llegaron en un carro-patrulla. Dijeron que era una invitación al cuartel.
Jamás supieron de él por más que averiguaron dando las señas del auto-patrulla y los hombres que llegaron por él. Es uno más de los desaparecidos que el terrorismo de Estado ha dejado en América Latina. - Justina soltó el sujetador de su cabello y quedó al garete una abundante cabellera negra con algunas canas que la adornaba centelleantes. Estiró el brazo izquierdo y alcanzó un delgado trozo de árbol de macano que le había regalado Quique para que se defendiera. Lo acarició y, apoyándose en él se puso de pies. Se acercaba la hora de la cita con don Aurelio, un acaudalado hacendado español, un poco más entrado en años que ella y quien, desde hace unos años es su amante secreto.
Existen otros dos que viven en otras provincias. Don Yeyo le está construyendo una casa de bloques con techo de tejalit y baño con excusado de porcelana. Nunca se la termina pues, le dice, que cuando esto suceda, ella dejará de verlo y, a pesar de los años que tienen encima, no quiere perder esta, para algunos, fierecilla a lo Dorian Grey. El otro, apodado “Buey” es, en algo, parecido a Quique y el tercero es un viajero de las ventas que viene del exterior. Justina no ha sido bendecida con un hijo. Sólo lo viese querido de Quique, y eso lo impidieron los milicos.
Don Aurelio, a pesar de su posición social y económica, aunque a regañadientes, le ha patrocinado a Justina algunas aventuras y decisiones que esta ha realizado en mítines estudiantiles, huelgas de obreros y maestros y eventos de la “oposición”. Él coincide con ella, algunas veces, en que “las cosas deben cambiar”.
Más pobres, muchos más pobres y pocos ricos, cada vez más ricos. En esto coinciden. A veces discuten sobre los partidos políticos pues ella sostiene que todos son oportunistas y sus miembros mentirosos y ladrones y él, por amistad o parentesco con algunos de sus miembros, no está de acuerdo. Estas discusiones le gustan al ibérico pues, en casa, su esposa está de acuerdo en todo lo que él diga. Justina lo aprecia y él la desea, más que la quiere.
Preparándose para el encuentro con su amante estaba cuando pasa un hombre con sombrero rojo en un caballo blanco. Es la señal de que la espera, a 10 cuadras calculadas, el chofer de don Yeyo en su jeep. Hoy, también, sería le entrega de las llaves de la casa, terminada al fin, de construirse para ella. Llegó la hora de cumplírsele uno de sus sueños. Casa de bloques, sin inodoro de hueco, y suya. Otros de sus sueños no han sido posibles.
Quique fue desaparecido y tampoco pudo tener un hijo de él. Sin embargo, se mantiene activa y con el más sublime de sus sueños vivo: la esperanza en Dios, de ver mayor y mejor justicia para con su pueblo en los salarios, la atención de salud para evitar la muerte de tantos pobres por desnutrición y con la fe en que la educación primaria y secundaria, total, sea gratuita, como lo dice la Constitución.
Con paso firme y gran alegría interna se dirige al encuentro con el vehículo que la esperaba. Cuando había adelantado 5 cuadras, calculadas, por el solitario camino desde su casita de quincha, le salieron al paso 4 hombres... Párate ahí, ¡puta de mierda! - le espetaron.
En sus rostros reconoció a los mismos 4 hombres que secuestraron a su Quique. En sus manos sólo tenía el delgado trozo de macano que el amor de su vida le regalara “para que se defendiera”. Cobardes, hijos de puta, vengan por mí que no les temo.
Los enfrentó con valentía, peleó como una leona contra una jauría de hienas, pero sucumbió ante los golpes de culata de rifle, patadas y garrotazos de los miserables. Su sangre regó el camino polvoriento y pedregoso como abono y último regalo a la tierra que la vio nacer. Murió con la mirada al cielo, como pidiéndole al Padre celestial que la perdonara y a Jesucristo que vuelva a la tierra a defender a los pobres.