En ese momento exacto en el que se resquebraja la fachada de cartón piedra que se construyen y por las fisuras vemos la realidad. En ese instante en el que las máscaras se deslizan y vemos los rostros que hay atrás. No había aullado antes porque estaba ahí, agazapada, esperando, relamiéndome, sabiendo que antes o después iban a resbalar y entonces ¡ñácata! Ahí iba a ir el mordisco. Y no han tardado tanto, fíjense ustedes, no he tenido que pasar muchas noches a la intemperie esperando su descalabro.
Ellas, todas ellas, enarbolando su banderita con la doble equis bien alta, despechándose por un quítame allá esos besos. Exigiendo respeto cuando ellas mismas son las primeras en no respetarse. Porque señoras, y esto ya lo he dicho en más de una ocasión: mujer que se respete no utiliza su XX para conseguir el respeto ajeno. A una mujer que se viste por los pies se la respeta por su fuerza, por su inteligencia y por su profesionalismo. No porque sea mujer.

Allá se van todas, seguidas por otras cuantas y cuantos que les bailan el agua. A protestar y exigir respeto. Ahora eso sí, ya han definido claramente que sólo exigen respeto de un hombre en concreto, que el resto de la población masculina de este país las trate como bazofia no les importa. Desde luego, tampoco les importa que a otra mujer le digan de lo que se va a morir.
Que sí, busquen si no me creen las noticias sobre la respuesta a la solicitud emitida por una mujer que se sintió irrespetada por un candidato de su bando; o lo que le han dicho últimamente a una mujer que fue presidente mientras ellas callan como estatuas de sal. Y van y dicen que los esfuerzos de la agrupación están dirigidos a aquellas mujeres que se vieran ofendidas por el hablar o accionar del actual presidente (sic.).
Así que ya lo sabéis, resto de las mujeres panameñas y residentes, si los que os ofenden no son el actual presidente no tenéis derecho a sentiros ofendidas ni despechadas. O quizás lo que hemos de hacer es tantos grupos de apoyo al despecho como mujeres se hayan sentido insultadas por hombres en particular.
A mí, hace unos días, un taxista me mentó la madre de una fea forma, por no permitirle hacer una maniobra ilegal. ¿Me defenderán? ¿Tengo derecho a sentirme despechada y a exigir respeto? ¿Que un taxista te llame puta extranjera y que se acuerde de tus muertos más frescos no es óbice para inspirar compasión y simpatía? ¿No merezco respeto por ser mujer? ¿O quizás no lo merezco por ser extranjera? ¡Ah! Que no me apoyan porque el que me insultó no fue un hombre en particular. Ya. Ya entendí.
El punto aquí es que, como la mayor parte de las veces en éste país, a la gente le gusta engañarse y creer en guerras desinteresadas, en esas que se libran en aras del bien común y la concordia de los pueblos. Y la paz mundial. Y luego nos sujetamos la corona en nuestras cabecitas y agitamos temblorosas la mano para evitar que nuestras lágrimas nos echen a perder el rímel. Porque somos mujeres, y tenemos derecho a que nos traten como reinas. Aunque nosotras tratemos a los demás con los modales de una verdulera.
No sé por qué pero a mí, esas luchas siempre me han parecido el mejor ejemplo de la frase ‘barrer para la casa’ o de esa otra que dice “río revuelto, ganancia de pescadores”. Será que soy muy mala persona.