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Juventino


Era el primero en llegar y el último en irse, y aún así cargaba con trabajo a casa. Incluso, acostumbraba laborar los sábados hasta medio día, y ni mencionar los domingos que laboraba gratis. Jamás tomó vacaciones ni tiempo compensatorio, tampoco cobró horas extras y, para rematar, ponía su carro y gasolina para diligencias de oficina. Pasó incontables madrugadas terminando trabajos que calificaban de urgentes e, inclusive, relegó eventos familiares por cumplir con su agenda de trabajo. Eso le granjearía, creía, la admiración y aprecio de sus superiores y compañeros de trabajo. No faltaron claro, de tanto en tanto, los elogios y palmadas en el hombro. Viéndolo en perspectiva, llegó a la exageración de tomar los problemas de la empresa como propios. Por ello, metía la nariz hasta en asuntos que no eran de su competencia para colaborar en su solución. Invariablemente apoyaba a la alta gerencia, aún cuando no tenían razón, ganando más veces de lo conveniente la animadversión de no pocos compañeros. Con el tiempo, los problemas de la organización le fueron afectando y empezó a sufrir de problemas cardíacos y estomacales. No se quejó nunca que no le aumentaran el salario ni la jerarquía, y que no se pensara dos veces para asignarle todo tipo de gestiones.

Pero había ocasiones en que intuía que algo no encajaba en aquel rompecabezas laboral, a veces se cuestionaba aquella entrega desbocada. No se puede perder toda la dignidad y, muchas veces, omitió expresar un criterio, disentir, confrontar al gerente cuando estaba equivocado. Eso va dejando huellas, desmoronando poco a poco las paredes del castillo.

“Sí, señor, cómo no”, “como usted diga”, “inmediatamente”, “no faltaba más”, en vez de un “váyase al carajo, no ve que estoy ocupado”. Son frases que al usarse a diario indigestan. Pero en su simpleza, creía que el contradictorio podía perjudicar el esfuerzo del equipo y la productividad empresarial.

 

Recuerdo aquel viernes aciago. No sentí nada extraño, no hubo aviso previo. Simplemente, me dio el derrame cerebral. Literalmente me explotó la cabeza sobre el escritorio y me salieron los sesos por las orejas. Eran como fideos reblandecidos que vibraban como cuerdas de guitarra, susurrando toda clase de cosas. Luego se fueron calmando, calmando, hasta que cesaron.

Se armó el griterío, pero allí me dejaron. Llamaron al jefe del departamento, quien se limitó a solicitar con una calma de mono perezoso que llamaran una ambulancia; por supuesto, llegó muy tarde. Cuando arribó, hacía rato me había ido.

Pocos compañeros fueron a mi funeral y uno leyó una resolución de duelo que el novato de la empresa hubiera escrito con más calor. Para colmo, a mi familia le entregaron, tarde, requetetarde, mi acumulado de vacaciones vencidas y décimo tercer mes proporcional, y no hubo bonificación ni nada parecido. Por cierto, el lunes siguiente, había ya alguien sentado en mi escritorio criticando mi trabajo y haciendo bromas de mal gusto sobre lo ocurrido. Bueno, así me di cuenta al fin de cómo era la vaina.

 

Hasta que a uno le toca, no se sabe qué hay detrás del umbral de la famosa “dimensión desconocida”. Como ya estoy de este lado, les puedo contar que uno puede dar sus paseaditas por el mundo, así que decidí estarme unos días en mi antigua oficina.

Me instalé ingrávido sobre un archivador, desde allí miraba a mis antiguos compañeros. Ninguno se refería al difunto, y si acaso lo hacían era para endilgarle todo cuanto salía mal. A estas alturas - afortunada expresión -, aquello no me asombró, más bien me llenó de motivos, así que inicié una serie de acciones que llenaron de pavor a todo el mundo.

Primero, desaparecí todos los bolígrafos y engrapadoras, luego cambié de lugar las computadoras, tranqué puertas, causé la inundación de todos los baños, reventé todos los focos de la empresa, y si alguien osaba quedarse a trabajar de noche, hacía tanto ruido que optaban por irse de inmediato, aterrados.

 

No tenían explicación para establecer la causa de tanto desbarajuste. Una tarde, se quedó en la oficina mi ex secretaria y decidí jugarle una broma. Hice levitar un lápiz frente a ella. Pasado el asombro, para mi sorpresa atinó a expresar en tono que sonó maternal:

- Juventino, ya sé que eres tú, y bien sé que lo merecen todos, ¡pero nos vas a dejar sin trabajo! y todos estamos tan jodidos como tú lo estabas, sólo que fuiste tan bruto que no te diste cuenta. Yo te lo decía, ¡pero nooo, yo era la equivocada! Me decías que de dónde sacaba esas locuras, así que no culpes a nadie por tu pendejada.

Me dejó frío, nunca me había tuteado y, menos, hablado con tanta crudeza. Dejé caer el lápiz mientras ella se retiraba con una calma admirable. Entonces opté por abandonar mi empeño, decidí dejar la oficina en que derroché tanto tiempo y esfuerzo, pero no sin antes dejar una proclama.

 

Al otro día y escrita con marcador negro, apareció la siguiente leyenda en la pared principal de la recepción: “No los he olvidado, ¡mal paridos!”

*Tomado de su libro Contra el viento que se presentará el jueves 30 de julio en Exedra Books.


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450414
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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