En Madrid, aquel domingo de agosto, Máximo Amores se levantó tarde, aprovechó que estaba solo en el apartamento para meter en el cuarto de baño el brasero pequeño que colocábamos debajo de la mesa del comedor en los días más fríos de invierno. Echó carbón, lo acomodó con la badila, lo encendió con papel periódico y se acostó desnudo en la bañera con un cuaderno de dibujo.
Fui el primero en llegar en la noche. Del cuarto de baño salía mucho humo. Toqué la puerta, pregunté si había alguien adentro, pero no recibí respuesta. Decidí forzar la cerradura con un cuchillo. Al abrir la puerta encontré a Máximo Amores con vómito en el pecho, la piel rosada y una expresión tranquila en el rostro, como si durmiera. Traté de despertarlo y sentí la piel fría de la cara. Llamé a los servicios de emergencia, pero cuando llegaron los facultativos no pudieron hacer nada por revivirlo.
Máximo Amores no dejó una nota suicida, su único testimonio lo hizo en forma de dibujos justo antes de morir. En el cuaderno habían cuatro dibujos de niños. El primer dibujo era el de un niño desnudo acostado boca abajo, se parecía al niño rubio en 'Niños en la playa' de Joaquín Sorolla. El segundo dibujo era un niño de costado, sentado, mirando hacia abajo, pensativo. El tercer dibujo era un niño corriendo y el cuarto la cabeza de un niño que se parecía mucho a Máximo Amores. En este último dibujo se detuvo en los detalles del rostro, pero no tuvo tiempo de terminar el cuerpo.
Hoy es domingo, hace casi un mes de la muerte de Máximo Amores. Los niños juegan en la plaza de España, observo la estatua del Quijote con la mano derecha levantada y en la izquierda una lanza. Sancho Panza rezagado montado en su burro y Cervantes detrás, contemplándolos. Posterior al monumento se ven la Torre de Madrid y el Edificio España, dos de los edificios más altos de Madrid.
En aquellos años, cada cuarenta segundos se suicidaba una persona en el mundo y en España, casi diez personas se quitaban la vida cada día. Por un momento imagino a Máximo Amores saltando al vacío desde la Torre de Madrid. La agonía duraría de cinco a seis segundos después del salto. ¿Cuál sería el gesto de su cara? ¿Abriría los ojos en el aire mientras se acercaba al pavimento o los mantendría cerrados? ¿Sentiría el espanto del vértigo en el estómago? El vértigo, dice Milan Kundera, no es el miedo a la caída sino la atracción al vacío.