Vivimos en un determinado contexto social que nos afecta para bien o para mal, y que, junto con la genética que biológicamente nos determina en cuerpo y alma, logra moldearnos el carácter y la idiosincrasia. Resulta imposible que estos factores, que son determinantes, pero diferentes en cada individuo, no se reflejen de diversas maneras en todo lo que pensamos, sentimos y hacemos. También en lo que escribimos, si bien el ímpetu de la creatividad es capaz de aportar sorprendentes nuevas visiones y de facilitarle al artista -todo verdadero escritor lo es- el donde de aportar nuevas formas de percibir la realidad.
Así como hay gente para todo, abundan las más diversas profesiones, las habilidades más variadas y los gustos más encontrados; así como en todos los órdenes de la vida se dan ciertas constantes que no decaen pero también hondos contrastes y no pocas contradicciones. Dentro de este contexto, quien escribe es una persona que apuesta a la aventura de afinar la mirada al recuperar minucias de la memoria y propiciar el despliegue de una imaginación sin límites a fin de entender mejor el mundo en que vive, los problemas que lo aquejan, su propia interioridad a menudo oculta por años de represión. El lenguaje, originalmente articulado, siempre inédito, es su instrumento, la herramienta de su expresión. Y no pocas veces toca fibras íntimas: toca fondo.
Se escribe porque se está triste o contento, desilusionado o pletórico de esperanza; asqueado por un estado de cosas o con deseos de celebrar que todo está de maravilla. En última instancia, porque nos duele la vida o porque nos complace tanto que necesitamos nombrar sus bendiciones, comunicarlas, compartirlas. Pero también es innegable que escribimos porque muy probablemente nacimos para hacerlo -aunque no lo supiéramos desde el principio-, y al tomar conciencia de ello, descubrimos nuestra verdadera vocación, la identidad que nos faltaba reconocer, eso que suele denominarse el ser profundo.
Como es sabido, el conjunto de escritos que en el mundo son y han sido -y serán, mientras exista vida en el planeta- suele denominarse Literatura. Y consiste en un número incalculable de textos, tanto anónimos como de autor conocido, que en algún momento tomaron forma en el ánimo de sus creadores y, con el fervor de su voluntad y la magia de las palabras, empezaron a existir; primero para sí mismos, y luego -en la medida en que pudieron ser difundidos- para los demás.
Las grandes y no tan grandes novelas, cuentos, poemas y obras de teatro suelen calar en los lectores sensibles, a lo largo del tiempo y trascendiendo lugares, por muchas razones: porque comparten con el lector una similar visión de mundo y eso reafirma a éste en sus convicciones; porque difieren de lo que el lector piensa o siente con relación a los problemas planteados y lo hace sentir inquieto, tal vez molesto, lo cual a su vez lo hace tomar mejor conciencia de los asuntos planteados; porque lo ayuda a expandir su imaginación al presentársele mundos insospechados, situaciones que se le escapaban, o bien simples posibilidades; porque le da nuevos conocimientos acerca de infinidad de temas que desconocía, y por extensión lo invita a investigarlos por su cuenta.
Pero por supuesto, hay más, muchas más razones por las que la buena literatura trasciende. Pero quizá la que enlace a todas y, por tanto, sea la más contundente, es que el ser humano es un inexorable enamorado de las palabras; le encanta escucharlas, descifrarlas, compartirlas. Sobre todo cuando, mediante el relato de historias (novela, cuento, teatro, cine), la exposición lírica de sentimientos (poesía) o la argumentación coherente de reflexiones (ensayo, artículo de opinión), el autor logra el milagro de la comunicación virtual con sus semejantes; con quienes, como él (o ella), gozan o padecen a diario la peripecia humana.