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A la búsqueda del clamor perdido

Cierro los ojos y me concentro... escucho. Oteo a diestra y siniestra. Reviso enloquecida los medios de comunicación, y por más que trato no encuentro. ¿Dónde están


Mónica Miguel Franco (Antropóloga, escritora y Actriz) / Antropóloga, escritora y Actriz

Cierro los ojos y me concentro... escucho. Oteo a diestra y siniestra. Reviso enloquecida los medios de comunicación, y por más que trato no encuentro. ¿Dónde están los que vocean? ¿Dónde los redentores? ¿Dónde los defensores de los desamparados?

¿Será que opacaron sus voces? ¿Los han encarcelado? ¿Quizás no se han enterado de lo acaecido? ¿Puede que no tengan saldo en su plan de data? ¿Perderían las contraseñas de sus redes sociales? Ya me estoy comenzando a preocupar… ¿Dónde están las cadenas de Blackberry? ¿Y los gorjeos enloquecidos y retuiteados una y otra vez? Han pasado ya varios días y no se han levantado olas sociales, no ha habido marchas, ni de las silenciosas ni de las otras. No veo que se hayan cerrado calles en manifestaciones multitudinarias, ni que se haya pedido la cabeza de los responsables…

Entonces, cuando ya me he dado cuenta de que no hay réplicas, ni respuestas enardecidas, medito acerca de los misterios sociales en este país, y me pregunto: ¿si hubieran sido miembros de la policía, (por poner un ejemplo) los que hubieran dado la tremenda paliza al camarógrafo de la Universidad de Panamá, el silencio opositor hubiera sido el mismo? ¿Como fueron estudiantes se ha de callar?

Es curioso, pero tengo la leve impresión de que hay un doble rasero moral en estas cosas, ¿no les parece? Porque siento comunicarles que una canallada no se define por el sujeto o por el objeto, sino por la acción. Y la acción de todos contra uno, a patadas contra el que está en el suelo, es una cobardía. Es de ser poco hombres y poseer calidad de bajúno, como dirían mis amigos interioranos. Y esto lo escribo aquí y se lo digo a la cara a cualquiera, porque para ser hombre hace falta no solo algo que te cuelgue entre las piernas, sino tener decencia y honor. Y ninguno de los implicados en un acto de esa calaña lo tiene.

Me importa un pito si son infiltrados, estudiantes perpetuos, miembros de cualquier grupúsculo propiciante de la ignorancia supina y galopante o sindicalistas. Me paso por el arco de triunfo etiquetas y nominaciones: los que lo hicieron son unos tarados.

Pero a pesar de pensar así de mal de ellos, no sólo me quedo pensando en ellos, no. Pienso también en los que se dan golpes de pecho cuando vemos estos mismos actos ejecutados por otros actores y ahora callan como putas (uuups… frase hecha, señoras, frase hecha, no tiene nada que ver con ustedes) porque no se atreven a reconocer que en todas partes cuecen habas. Porque es duro tragarse las palabras y es duro reconocer que de lado y lado hay indeseables.

Me fastidia sobremanera saber que nada va a cambiar, que esto, la paliza traidora, el acto deleznable, va a quedar en nada, los verdugos se irán de rositas ¿Qué los expulsaron? ¡Já! Ya habrá alguien que los acoja en su seno; para patibularios de ese jaez siempre hay sitio en una sociedad maniqueísta como esta, y no pasará nada de nada.

¡Ah! Pero eso sí, en cuanto los antimotines vuelvan a hacer su trabajo despejando una vía y defendiendo el derecho de todos, o cuando la policía se defienda de una turba, entonces oiremos nuevamente las voces indignadas, ese clamor popular y populachero. Esos alaridos clamando por justicia y pidiendo que les caiga un rayo de justicia divina a los que se atreven a atentar contra la vida del pueblo soberano. Como si el pobre camarógrafo apaleado por los cafres universitarios no fuera pueblo.


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821277
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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