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La casa de las bellas durmientes


La lectura de La Casa de las Bellas Durmientes de Yasunari Kawabata me ofreció una interesante oportunidad de adentrarme en la mente del hombre japonés de cara a su sexualidad; además de corroborar, una vez más, que la imaginación nipona –en sus máximos exponentes–, gusta recorrer extraños caminos de la psiquis humana. Esta obra, además, contribuyó a explicarme el comportamiento de Yukio Mishima, cuya vida y obra estudié hace algunos años.

En la actitud del señor Eguchi, protagonista de La Casa de las Bellas Durmientes, como también en la de sus amigos, se revela que los hombres japoneses se permitían el goce de una sexualidad paralela a la vida conyugal, donde la diferencia entre ambas consistía en que, en la compañía y en el lecho de las cortesanas, buscaban y encontraban un erotismo peculiarmente japonés donde priman exigencias estéticas; un juego íntimo en cuya práctica ambos actores deben ser duchos.

Interesan las rememoraciones del protagonista, Eguchi, cuando desgrana en su mente otros encuentros clandestinos, explorando, no las artes sexuales, sino la naturaleza femenina, atribuyendo a cada encuentro calificaciones según los etéreos atributos de la mujer que lo complacía. Podríamos decir, siguiendo la estela que deja este recorrido con Kawabata, que en sus juegos extramaritales los varones japoneses ejercían (dudo que en la actualidad lo hagan), lo que acá en Occidente llamaríamos erotismo puro.

 

Me pareció interesante, por ser tan diferente a la ética judeocristiana puritana, que aunque Eguchi manifiesta muchas veces sentimientos de culpa, estos no giran en torno a sus propias acciones sino que se convierten en una especie de piedad por el devenir de la mujer con la que sostuvo la relación pasajera.

Desde el punto de vista literario, dos impresiones me fueron causando las páginas de esta novela: al principio, la de que Kawabata utilizó una técnica más propia de la pintura que de la literatura para hacer sus descripciones. Lo imaginé contemplando estampas del Ukiyo-e, donde aparecen semidesnudas las exquisitas geishas del barrio libertino de Yoshiwara, para plasmar con pincelazos verbales lo más fielmente posible cómo lucían los cuerpos desmayados de las jóvenes narcotizadas en aquella dramática habitación sumergida en efluvios rojos, donde ancianos orgullosos pagaban para dormir junto a muchachas vírgenes sin que su decrepitud fuera detectada.

Y la segunda impresión que surgió a medida que leía, y que en realidad no se divorcia de lo antes observado, guarda relación con una obra científica que acabo de leer dedicada al estudio del cerebro humano, donde se intenta comprender cómo desde allí –el cerebro– aflora la subjetividad del individuo, llamada también conciencia humana, aunque quisiera emplear la palabra en inglés, que es más precisa: “consciousness”.

 

En ese estudio –del Premio Nobel Dr. Gerald M. Edelmann– se determina que la subjetividad solo existe y permite al individuo relacionarse con el mundo, gracias a la información que le envían sus sentidos; información a la cual se adhieren como por ósmosis los valores culturales del medio en que la persona vive.

En esta segunda interpretación que hago de la estructura de la novela distingo que la intención de Kawabata era introducirnos en Eguchi, compartir su subjetividad abriendo el sancto sanctorum de su “consciousness”, discutida sede del alma humana.

Ahí están las descripciones, como fotos tomadas en ángulos cercanos, de lo que ve, de lo que escucha, de lo que huele, de lo que palpa, hasta de lo que saborea Eguchi en las tazas de té con que comienza cada visita a la Casa de las Bellas Durmientes, haciéndonos compartir la información que envían las terminaciones nerviosas a su cerebro, donde construyen su subjetividad, quizá compartida con la del mismo Kawabata.

 

Me gustaría mencionar que hay una frase en la página 68 que trajo a mi memoria otra novela de Kawabata, entonces por nacer: “Aguzando el oído, creyó escuchar un leve viento de finales de otoño soplando en la colina situada detrás de la casa.” El sitio donde tiene lugar la historia de uno de sus últimos libros , El Sonido de la Montaña, una obra, por cierto, maravillosa.

Finalmente, hay que aludir al papel que juega la muerte en la estética, la ética, la tradición y la erótica japonesa, de lo cual otro connotado autor, Yukio Mishima, fue destacado exponente. Por esa forma casi amorosa de ver la muerte, encontramos que en medio de frases sensuales que aluden al cuerpo joven que está a su lado, Eguchi juega con la idea de estrangularla, o de morir dormido junto a ella, como si esas ideas, con solo sostenerlas en la mente, incrementaran el placer del momento.

Es innegable que La Casa de las Bellas Durmientes es una obra maestra del genio japonés, cuya ambientación, casi claustrofóbica, sin embargo nos subyuga gracias a una prosa lúcida, poética, y a su fábula tan original.


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748613
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América