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La coleccionista


Por el parabrisas de mi auto en marcha podía ver los primeros luceros que, traviesos, jugaban a escapársele a la noche porque les gusta servir como candiles cuando el atardecer ha terminado de recoger su luz.

Saqué la cabeza por la ventanilla para sentir el aire fresco en mi rostro. Una suave brisa de campo abierto acabó por convencerme de que había sido buena idea aceptar la invitación de la señora Radcliffe para pernoctar allí.

En su nota me decía: "Le agradará ver el amanecer en mi casa y estará más descansada cuando vea lo que le quiero mostrar".

 

Mi trabajo como correctora de textos es gratificante, aunque lo que más placer me produce es escribir cuentos. Acababa de publicar mi primer libro, labor que me había dejado agotada, a lo que también se sumaba el tedio que nos traen algunos días de agosto cuando el calor del verano parece atorar el eje de la Tierra, obligándola a girar con lentitud. Eso pensé esa tarde cuando decidí salir de la ciudad y aceptar la invitación que reiteradamente me había hecho la señora.

Emily Radcliffe, quien había comprado y elogiado mi obra, también me dijo que le gustaba relacionarse con escritores porque su sueño había sido ser uno más de ellos y que, como nunca lo había conseguido, decidió convertirse en coleccionista. Lo recordé cuando ya entraba en el camino, que bordeado de pinos, conducía a los jardines frontales de la señorial mansión.

Ella misma me abrió la puerta y tuve un pálpito extraño, la indescriptible convicción de que si la vida nos guarda una celada esta puede llegar así, de repente, disfrazada de un "aquí no pasa nada".

 

Insistió en que la llamara Emily y con gran cortesía me introdujo en su casa. Era una señora que rondaba los ochenta años, con rasgos finos y exquisitos modales que, aunados a la suntuosidad del entorno, revelaban su alcurnia. Un gran retrato sobre la chimenea confirmaba mis sospechas: Emily Ratcliffe había sido una mujer muy bella.

Se excusó de la ausencia de servidumbre; adujo que tenían el fin de semana libre y que por ello deseaba mostrarme un poco el área de la planta baja, donde estaba la cocina, por si durante la noche requería bajar por algún alimento.

Seguí a la distinguida dama que lucía un sencillo y elegante vestido con encajes exquisitos como los que se estilaban a finales del siglo XIX.

 

Vio que detenía mi vista, con extrañeza, al observar tantos tiestos con agua y semillas colocados en mesas, repisas, libreros y, sonriendo, contestó la pregunta que aún no formulaba.

—Es que me gustan los pájaros.

Me llevó a mi habitación y aquí estoy, mirando a través de otro cristal, los mismos luceros que titilan refulgentes, acompañados, esta vez, de una media luna incipiente.

 

Ese otro día, el gorjeo soñoliento de un pequeño pajarillo que aleteaba picarón sobre un perchero del cuarto, me despertó. Al parecer, Emily había entrado sigilosa para dejar una nota en la mesita del cuarto: "La espero para desayunar en la terraza."

Abrí la ventana. Un rosado amanecer empezaba a abrirse paso y varios pájaros tempraneros practicaban sus primeros trinos, holgazanes por la inactividad nocturna. Decidí darme prisa: deseaba ver cómo despuntaba el alba.

Nada me había preparado para lo que vi porque, al abrir la puerta, un espectáculo prodigioso me aguardaba. Emily había abierto todas las ventanas y los rayos de luz entraban soberanos; miles de pequeñas avecillas de diversos colores daban giros por todas partes.

Bajé por la escalera admirándome de su docilidad, mientras ellos, indiferentes, comían y bebían de sus pequeños platos.

Emily, quien esperaba en la terraza, me saludó con un beso y desayunamos en medio de aquel ambiente que empezaba a seducirme. Luego me pidió que la aguardara unos minutos y le asentí.

Los pájaros ya habían afinado sus gargantas y entonaban melodías desde la fragilidad de algunas ramas.

Al mismo tiempo que Emily reapareció, un loro, con penacho amarillo, se posó frente a mí y escuché: "¡Vete a casa, vete a casa!", dicho lo cual se levantó y emprendió el vuelo. Extrañada pregunté a Emily:

—¿Usted adiestró al loro?

—Es lora, se llama Carolina y no quiere aprender lo que le enseño.

Quedó flotando en el aire quién la había instruido.

—Quería mostrarle estas cartas, me dijo, alargándome un fajo atado con una cinta amarillenta; también los sobres parecían ajados por los años.

—Las heredé. Como puede ver, un pariente mío se escribía con ellos, todos escritores.

Me detuve a leer los remitentes y era cierto… Woolf, Hemingway. Esta es su colección, pensé. Pero qué raro, ¡todos se habían suicidado!

Ofrecí llevar las bandejas de vuelta a la cocina. Estaba incómoda: algún pequeño insecto me habría picado… Sentía escozor en la espalda.

Entré al salón siempre invadido de pájaros y me detuve frente a un gran bowlrepleto de tarjetas de presentación… de escritores.

Percibía que algo extraño estaba pasando en esta casa. ¿O tan solo malinterpretaba? Cuando quise rascarme noté una protuberancia absurda y con la ayuda de un espejo pude comprobar con horror que era una pluma de pájaro lo que me crecía en la espalda. Recordé de inmediato el chocante sabor que había sentido en el té.

Todo me fue revelado en un instante. Subí rápido por mis llaves y corrí hacia el auto. El escozor se había multiplicado. Carolina llegó volando y se colocó cerca de mí, parloteando alterada:

—¡Vete a casa! ¡Vete a casa!

Y supe entonces que al escapar rompía el hechizo porque cuando miré por el retrovisor logré ver a la coleccionista que gesticulaba histérica, mientras su bella mansión se esfumaba, y ella misma instantes después.

Acaricié la cabeza de Carolina que me miraba desde el asiento contiguo, mientras le musitaba quedito:

—Porque tú me salvaste la vida, yo te enseñaré nuevas palabras.


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652073
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América