Alto, “¡non fuyades!” como diría Don Quijote ante la maciza y amenazante visión de los molinos, que no dedicaré esta columna a tratar con pesimismo los asuntos de la época; la cuestión es otra y más placentera: voy a hablar sobre libros.
En ciertos países se le llama a estos días “la cuesta de enero”. Es una visión muy cercana de lo que representa el mes para las economías personales, empresariales y nacionales. Pasada la euforia del fin de año y sus erogaciones, viene el encontronazo con la realidad, llega la hora de medir cada paso (y cada peso). A veces, a la manera de los personajes de Carlos Wynter Melo, es mejor optar por el escapismo, y un repaso a nuestras lecturas del año pasado resulta una buena vía.
Fuera digresiones. Me encuentro en la red con una revista aneja a muchas generaciones: Selecciones del Reader’s Digest (www.selecciones.com.mx). Allí, en un apartado titulado “Entretenimiento”, encuentro el siempre bien recordado segmento “Enriquezca su vocabulario”, con el que muchos en mi época pasamos buenos ratos. Ahora, en su versión digital (por supuesto, la edición impresa se sigue distribuyendo), el cibernauta puede hacer clic en las propuestas definiciones de una palabra para obtener un puntaje que le dirá cuán bien, o cuán mal, anda en asuntos de lenguaje.
Selecciones era una revista mal vista por los denominados sectores “progresistas” que décadas atrás pululaban en colegios y en universidades (ahora siguen existiendo grupos que se autodenominan así, pero con tanta máscara sobre el rostro a la hora de protestar, no se les reconoce, y tampoco el nombre). Yo compartí ciertas ideas con tales sectores, y alguna vez milité en uno, pero nunca acepté que se metieran con mis lecturas. En ese punto era un anarquista: “Leo lo que me da la gana”.
Amparado en esa divisa, devoré cuanto paquín cayó en mis manos (hilando delgado, “paquín” se deriva de “pasquín”, transportando una huella genética que desdora la revista, que en otras partes se conoce como “cómic”, “cómica” o “tebeo”, difuminándose un poco el maleficio). Se nos advertía que nos pudriría el cerebro, nos haría violentos o nos convertiría en malhechores, cuando no en agentes de la CIA.
No sé cómo, porque a través de “Joyas de la mitología” vislumbré los clásicos grecolatinos que luego llegaría a amar; por otro lado, “El Llanero Solitario” siempre disparaba a la mano del pillo, para desarmarlo, nunca más allá, aparte de que incluía a “Toro” en sus aventuras (aunque en la versión original se le llamara “Tonto” al nativo americano) y jamás decía una palabra obscena, así que nuestro modelo, pese al arma, era sumamente civilizado. Y si era por la amenaza gringa, ahí estaban “Memín”, “Hermelinda” o “Condorito” (y su fiel perro llamado Washington) que contrarrestaban al demonio.
Algo adicional: los paquines eran, y siguen siéndolo, un poderoso vehículo de aprestamiento para el lenguaje icónico, un valioso auxiliar para incrementar la precisión y la concisión en el lenguaje y para apreciar el valor de los subtextos. En un paquín, onomatopeyas como “slam”, “rumble”, “toc-toc”, “bang bang” o “plop”, para citar solo algunas, compendian toda una idea: puerta que se cierra con violencia, derrumbe cercano y amenazador, alguien que toca nuestra puerta, un tiroteo, una manifestación súbita de asombro…
La literatura, en no pocas ocasiones, ha servido para amedrentar a otros: “Lee esto, pero eso no…”; “Esto es bueno, aquello no…” Soy sordo cuando escucho frases así; es preferible obviar amenazas y seguir nuestro propio mapa del tesoro.
El otro domingo seguiremos subiendo enero, con muchos libros y lecturas a cuestas. Hasta entonces.
Que la palabra te acompañe.