Uno de los aciertos cuentísticos de Carlitos Wong, aparte de sus vívidos relatos de “¡Viva la Paz!” y de “¿Qué comeremos mañana si se nos fue este pendejo?”, es el de “Demokracia pasó por aquí, para mi deskracia no la vi”. Y pronunciaba democracia tal como la oyes, con K, “Demokracia”. Discutíamos el piquiñoso asunto, sin llegar nunca a un acuerdo. Su demokracia también se hizo añicos. Hoy saco el tema con el inevitable Tito Piedra.
—¿Cómo vas a ver la democracia si no tienes los anteojos puestos?
—Si los tuviese, tampoco la hubiera reconocido. Dime, ¿cómo es ella, flaca, alta, coja, bizca, voluptuosa o farolera?
—No me preguntes. Si quieres una buena respuesta tendrías que haber dado una vuelta por el antiguo Café Coca Cola y preguntar con respeto a algún ejemplar de aquella vieja fauna «¿qué es la democracia?» Pero ellos desaparecieron. Nadie habla de democracia. Si insistes en saber lo que es, pásate por la Asamblea y pregúntale a cualquiera de los especialistas que allí laboran (¿laboran?). Y si quieres la más sabia de las respuestas, planea por encima de los diputados y aterriza en el estrado de quien los dirige, su risueño e incorruptible presidente. Ese debe saberlo a ciencia cierta.
—Ah, claro, ahí todo se decide por mayoría. ¿Qué más democracia?
—Por cierto, antes los diputados amanecían hablando de ella.
—¿Amanecían? Todavía amanecen hablando, hablando. ¡Demokracia! Incluso nosotros, nos ejercitamos, usamos, usufructuamos, pelechamos, enfermamos, convalecemos y desayunamos con el plato más puro de la democracia: la libertad de expresión.
—Los diputados son profesionales de la palabra y, a veces, hacedores de leyes. Escucha al Líder de la Asamblea y descubrirás que es soldado vertical, vehemente en sus entregas. ¡Ja! La televisión brinda esa democracia en la casa. Tienes la libertad de escoger lo que quieres ver.
—¿Tú escoges la Asamblea?
—No, yo la apago.
—¿Apagas la democracia?
—No, apago la tontería y abro un libro. Demos krazia
—Suenas a mosquetero o comunista, Eres puro Marx.
—Groucho, el único Marx que conozo. Del otro, decía Henry Miller:«jamás leí una línea de Carlos Marx. No me siento obligado a eso. Escucho a sus discípulos y comprendo que no me perdí nada.»