¡Qué fácil entrevistar a alguien inteligente! Cualquier pregunta la convierte en respuesta interesante. Poco a poco, a medida que las contestaciones se afirman y se hacen más y más sustanciosas, el entrevistador se ve obligado a mejorar su interrogatorio. Así me pasó con Stella Dupuis, mujer sin frontera, sin límites de lenguaje, geografía o gustos culinarios: mujer, no de mundo, sino del mundo. Mis preguntas viajaban por el Internet y por ahí mismo me llegaban las contestaciones. En cosa de dos meses recibí respuestas desde Varanasi y Jabalpur, en la India; y luego de Tanzania, Zanzíbar, Doha, Dar Es Salam, Kilimanjaro, en África.
Y quien la ve. Tan fina, de risa fácil y cantarina, con un indomable halo de juventud, y una apariencia de levedad que casi provoca agarrarla por las manos para que no desaparezca en el aire. Así la conocí y así la recuerdo. Advierto que la levedad de Stella está protegida por las anclas de sus conocimientos espirituales y por su convexidad con el mundo.
Stella, autora de tres novelas, está próxima a publicar un estudio sobre los templos de la India, especialmente el de las Yoginis. Es hija de madre panameña y padre suizo, ambos ya desaparecidos. Se educó en Colombia y en Suiza. Se enamoró y formó hogar en Suecia. En Cuba intimó con Oggún y en Panamá con el duende Pithias. Abandonó un generoso trabajo en Ginebra para viajar a la India, país que se ha convertido en el más permanente de sus amores.
Pero vayamos a lo que vinimos.
Nací en la ciudad de Panamá, pero fue algo tan imprevisto como la brisa de verano. Al mes de nacida mis padres me llevaron a Cuba. En Panamá siempre me he sentido etérea y volátil, pues no he tenido tiempo para echar raíces. Mi estadía más larga allí fue hace poco cuando enfermó mi madre y la cuidé hasta su muerte. Me quedé casi seis meses en tu burbujeante ciudad. Estoy segura de que algún día aprenderé a amarla.
De Cuba guardo rítmicos recuerdos. Viví, recogí y guardé las experiencias de mis padres. Cuba despertó mi imaginación. Me fascinaban las historias de mi bisabuelo, que luchó por la independencia de Cuba. Era el padre de mi abuelo José Oller y de su hermano Félix Oller que también fue un rebelde y un aventurero que luchó por implantar y mejorar la educación en el Darién.
Luego llegué a Colombia. Ese país fue una experiencia directa y real. No a través de las narraciones de padres o abuelos. Aprendí a conocer y amar a Colombia viajando por sus valles y altas montañas, atravesando ríos y adentrándome en la selva y los llanos. Siempre me ha gustado la naturaleza y la aventura. Me apasiona la sensación del riesgo, la posibilidad de no reencontrar el camino de regreso. Recorrí a pie o a caballo muchos de sus territorios. Nunca fue un país muy seguro, pero jamás me sentí atemorizada. Desafortunadamente no creo que hoy sea posible desplazarse con la misma libertad de hace unos treinta o cuarenta años.
Suiza también ha sido un lugar importante en el devenir de mi vida. Mi papá era suizo y se esforzó para que conserváramos los lazos con su país. Íbamos a menudo a visitar la familia. Ah, la Suiza metódica, puntual, segura. Creo que fue a través de los contrastes que aprendí a amar el caos y lo impredecible de los países "del tercer mundo" o "en vías de desarrollo", o como los quieras llamar. Cuando terminé la secundaria en Colombia, fui a estudiar Mercadeo y Publicidad en Suiza (lo que más tarde me ayudaría a ganarme la vida). Como cualquier muchachita de 17 años y muy mimada, pensaba que "El futuro" era algo muy lejano.
Hay un intermedio entre la Suiza de estudiante y la Suiza de la mujer madura y a cargo de dos hijos: Suecia. Allí, durante siete años, hice mis "aprendizajes" de mujer casada y madre. En las largas noches invernales suecas, busqué nuevas experiencias. No añoraba el sol del trópico, ni las aventuras en tierras indómitas, ahora deseaba la aventura del espíritu. Fue en Suecia donde el afán de "algo distinto" se convirtió en una verdadera búsqueda espiritual. La lectura, el arte, la historia de las religiones, el Yoga, me envolvieron. Todo lo que veía, leía o escuchaba me señalaba un camino: el Oriente, la India en particular.
Cuando mis hijos crecieron y se independizaron, dado que el divorcio me había devuelto las llaves de mi libertad, hice lo que Hernán Cortés, quemé mis seguras naves (léase renuncié a mi trabajo), y volé en busca de mi nuevo destino: la India milenaria.
Presiento que lo que busco está en todas partes, lo que deseo es percibirlo y asimilarlo plenamente con los sentidos y con el espíritu, para luego hacerlo realidad con mi intelecto.
(A través de las notas cibernéticas me parece verla sonreír cuando pregunta: «¿Te resultan aburridas mis cucarachas esotéricas?»).
Dicen que la piel asimila todo lo que uno se unta, por lo que uno no debe untarse nada que no se pueda tomar o comer.
Igual siento que cada partícula de nuestro ser asimila la experiencia sensorial y crea un amalgama en nuestra mente. Aprendemos de la experiencia de los sentidos y del trabajo que hace la mente en digerir y estructurar los conocimientos aprehendidos por el intelecto. La maestra Naturaleza nos da un ejemplo de esto cuando regiones diferentes se tocan a través de sus frutos. Vemos como ciertas plantas se adaptan a diversos continentes aún proviniendo de lugares muy apartados geográficamente. Sólo exigen la luz de sol. La esencia de la vida es la misma en todo el planeta. ¿Y qué son las religiones sino diferentes esencias de la vida?
Es un juego de la imaginación. En realidad los caracteres de las tres Telis fueron inspirados en personas que conozco. Conmigo funciona así: las cualidades o defectos de gente conocida se mezclan con las de mis personajes ficticios. También, tal vez porque soy "escritora novata", algo de mí misma o de personas muy cercanas tiñe a los personajes. La inspiración para escribir Teli- Ka Mandir ( El templo de Teli) nace de las diferencias y lazos que sentí entre la India y Panamá. En la India de la tierra roja, el sol picante y la naturaleza exuberante, hace que las gentes se parezcan a la de Panamá. Imagino el sincretismo entre el Bhairava hindú y el Cristo Negro de Portobelo. Ambos tienen como devotos a personajes insólitos. El Cristo Negro de Panamá no recrimina el modus vivendi de sus devotos, Bhairava tiene entre los suyos a vividores y tahures. El 21 de Octubre en Portobelo, uno ve a los peregrinos arrastrándose y martirizándose, al tiempo que los salseros bailan y toman cerveza y ron. Bhairava, como un dios "alternativo", atrae a los forajidos y a los inconformes. En vez de ofrecerle flores o frutas a los íconos religiosos -como es costumbre en la India- se le hace ofrendas de alcohol de palma o whisky.
Lo que llamo el estado de Santidad es el encuentro con la gran "Sabiduría" o se podría llamar la gran "Alegría", la que brinda la paz en el alma, en las palabras y las acciones. Es el estado de Gracia: la armonía perfecta con la naturaleza.
La literatura forma parte del juego del intelecto, es lo que nos diferencia de los animales. Con la literatura se avivan los sentidos y se exploran parajes desconocidos. Claro que también puede ser una trampa que nos atrapa en un nivel puramente mental. Por eso pienso que la literatura tiene "dioses, demonios y panteísmos volcánicos". Para llegar a la pericia de la "Santidad", tenemos que aprender a trascender los sentidos y el intelecto. La simbología en la iconografía de las Yoginis representa estos componentes de la vida. Si los descubrimos los podemos confrontar, experimentar y trascenderlos. Según mi parecer, esta es la meta del Tantra. El culto a las Yoginis, que me ha "capturado" desde hace casi tres años, pertenece a la filosofía tántrica. Este tema es un reto para el intelecto y la literatura. A través del simbolismo el Tantra expone la sabiduría de cómo llegar a los estados más refinados de la percepción. Decodificar este conocimiento esotérico es en sí una gran aventura. A través de la literatura me gusta compartir lo que he descubierto para que otros puedan emprender su propia aventura y llegar a sus propias conclusiones.
Precisamente la ideología de las Yoginis es total. No hay separación entre el cuerpo y el espíritu. No concibo la idea de sexo como opuesto al espíritu. La santidad de la que hablo no excluye una ni la otra. Siempre me ha gustado la idea de ser santa, pero no como las santas cristianas que tienden al martirio. Me gusta la santidad que se percibe en los grandes Maestros o Maestras en la India; la de la mujer u hombre realizados en todas las avenidas de la vida.
Efectivamente, veo libélulas en todas partes. A veces me siento como el Mauricio Babilonia de García Márquez envuelto en aleteos de mariposas. Yo atraigo a las libélulas y ellas me atraen a mí. Una de mis secretas fantasías es que las libélulas me rapten al infinito azul. En algunas leyendas de la India se cuenta que las Yoginis toman la forma de insectos voladores. Las Yoginis son las Maestras del Universo y de cuando en cuando enseñan a los mortales las técnicas de los Siddhis (levitar, volverse invisible, tele-transportarse, leer el pensamiento de otros, etc.) Desde hace muchos siglos en la India y el Tíbet, grandes Maestros han logrado la pericia de volar o hacerse invisibles.
El estudio de la religión de las Yoginis y de sus poderes "mágicos" ha representado muchos cambios en mi vida. Me siento feliz por haber logrado escribir en español y en inglés una guía temática sobre los templos y el culto de las Yoginis. Ellas son poco conocidas hasta en la misma India. La gente se admira de que haya podido realizar este libro. Recientemente en la feria del libro en Delhi, varios editores se interesaron en mis investigaciones. Aún antes de salir al mercado, se me han abierto muchas puertas. Tuve varias ofertas de casas editoriales. Escogí una, pero estoy feliz porque las otras me pidieron que les mandara mis próximos manuscritos sobre los estudios que continúo haciendo.
Para finales de septiembre saldrá la guía. No pretende ser un trabajo erudito. Sólo quiero dar a conocer los sitios relacionados con el culto a las Yoginis, y también los relatos y leyendas transcritos de antiguos manuscritos. Quisiera iniciar al lector en la poesía y el misterio de sus prácticas. Aprovechando mi perspectiva de mujer occidental y moderna, trato un tópico esotérico donde la Yogini -mujer sensual, espiritual o deidad- es el centro de veneración. El recorrido lleva al lector a lugares lejanos y mágicos. Fotografías e ilustraciones acompañan los relatos para facilitar el camino. Creo que el tema de las Yoginis gustará al viajero aventurero que desea visitar lugares que no sean meramente turísticos.
Como ves, me falta mucho para sentirme realizada en el estado de inmovilidad y satisfacción perpetua. Aún soy demasiado inquieta. Estando en plena labor de estudio de antiguos manuscritos en la India, se presentó la oportunidad de venir al África e inmediatamente se precipitó mi imaginación y me vi en el nevado Kilimanjaro con Hemingway y luego en compañía de Livingstone, Burton, Speke y Stanley. ¡Cómo no iba a dejarme cautivar por la sonoridad de esos nombres: Zanzíbar, Dar-Es-Salam, Tanzania. Cada sílaba está llena de especias y de historia -no siempre muy positiva-. De todos modos, hay que aprender de lo bueno y lo malo, y tratar de ver más de lo que vieron otros ojos.
Todo es parte de la vida. Ciertamente me fascina el helado y puedo entregarme de manera mística a la experiencia de saborearlo. Una vez escuché que el helado se inventó en los Himalaya. También se dice que en sus altas cimas los dioses comen helados. El kulfi (el helado más famoso de la India) encierra muchos de sus misterios. En el instante pasajero de pasar la lengua, se penetra en el misterio del dulce de leche de coco mezclado con delicados aromas de pétalos de rosa, de azafrán, de cardamomo y pistachos. Si dijera la forma en que presentan el kulfi, se ruborizaría más de un lector.
El vuelo yóguico es una técnica muy fuerte. Limpia el sistema y conduce a la trascendencia, al éxtasis. Las tradiciones de los santos hablan de la levitación y, como ya te dije, en mi próxima vida quiero ser santa. Si ése es mi destino, lo menos que tendría que hacer es aprender a volar, ¿no te parece?