Un hombre de nuestra época debe saber tomarse tiempo para entrenar sus cinco sentidos. Porque no todo el placer viene del mirar, gustar o tocar. Muy pocos saben que se debe completar oliendo, escuchando. Por eso, afino mis oídos todos los días escuchando todo aquello que es bello: música, el canto de un pájaro, hasta el sonido de mi carro al arrancar. Y claro, se me olvidaba, trabajo en un local de perfumería, aquí me encuentro a gusto dándome a la tarea de escoger y vender fragancias.
Así he ido perfeccionando mi olfato: he descubierto que un mismo perfume no necesariamente huele igual siempre; algunas pieles le añaden ese “Je nose quois” creando así una esencia irrepetible.
Hace unos días, un suave olor fue directo a mi cerebro y me pidió su atención. Era Organza, un perfume más, pero por obra y gracia de su poseedora, elevado al rango de sinfonía de vainilla, especias y ese toque especial. Levanté mi mirada y encontré el origen de tan sensual aroma en unos cabellos largos y enrulados, sentados justo al lado de donde yo me encontraba.
—Huele muy bien— La dueña dejó aflorar en su boca palabras, mientras olía la palma de su mano.
La miré con atención y noté sus ojos verdes, claros como esmeralda que iluminaban su cara, ligeramente afilada. ¡Había hecho un descubrimiento! No tuve mucho tiempo para alegrarme, porque repentinamente se levantó, como si hubiese recordado una cita importante.
La dependiente le llamó, pero ella ya se encontraba en la puerta. Había dejado su frasco de perfume, cartucho y recibo de compra incluido.
Sin pensarlo dos veces, lo agarré y con un “No se preocupen, yo me encargo” salí de la tienda mirando a todas partes con la esperanza de no perderla.
No tardé mucho tiempo en localizarla. Se dirigía a la puerta principal del centro comercial entre el mar de gente que siempre hay los mediodías cuando empleados y jefes hacen el rito de cobrar y gastar. Respiré profundo, y como pude comencé a abrirme paso entre la multitud.
¡Qué fastidio!— pensaba— Todo lo que se hace por una fantasía.
Me hubiera regresado a seguir atendiendo a mis clientes, pero mi mente me tentaba preguntándome qué encontraría al dejar tirada su camisa manga larga en la cama de alguna habitación. De seguro sería un momento que celebraríamos los dos.
Salió del centro y se dirigió al hospital que quedaba enfrente. Allí se sentó. Yo logré llegar como pude a la puerta y crucé la calle. Me situé justo a unos pasos de ella, preparado, con mis frases ensayadas en mi mente y el cartucho que contenía su perfume olvidado en una mano.
De repente, una persona apareció y se sentó en el lugar que mentalmente me correspondía.
—Debí haberlo pensado, alguien como ella ya tiene pareja— Pensé.
Este la abrazó, y de la emoción, aquellos rizos tan admirados quedaron en el piso. La sorpresa me detuvo en seco, a solo unos pasos de este encuentro. Esta rápidamente se convirtió en horror al ver a su amante besar sus manos, dejando descubrir unos brazos raquíticos y anémicos.
—Estamos tarde para tu quimio, amor— Le indicó a la joven con una sonrisa.
Es todo lo que oí antes de salir de la escena, decepcionado y todavía con el perfume en mi mano. No me quedó más remedio que regresar sobre mis pasos, esta vez con más calma, a la tienda.
—No la encontré, guárdenlo, de seguro regresará a buscarlo— Le indiqué al personal a mi llegada mientras le entregaba el frasco.
Al día siguiente, ella apareció, con sus rulos de maniquí a buscar lo que se le había olvidado. Yo estaba distraído con una nueva clienta: una chica, bronceada y bella, brasileira a leguas (se les reconoce por ese acento que gusta tanto a los oídos).
—Eu adoro o perfume Voce acha que gostara a meu novio?— Me habló en mal español, con la mirada brillosa emocionada de encontrar su esencia.
—Ya me gusta a mí, y créame que puedo tener muchos defectos, pero mal gusto nunca— Le respondí con mi normal picardía.
Y así empezó una charla, esta vez sí, sin interrupciones, con esta chica que me ha dado gusto en tres sentidos, pero con algo de tiempo, ustedes verán cómo satisfago los dos que faltan.