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La exitosa tarea de los cinco minicuentos


Roberto copió cuidadosamente las definiciones de las cinco palabras que había elegido del Diccionario de la Lengua Española, lo cual representaba la primera parte de la tarea de Español a una semana de iniciadas las clases. Centinela: "Soldado que vela guardando el puesto que se le encarga". Colmillo: "Diente agudo y fuerte, colocado en cada uno de los lados de las hileras que forman los dientes incisivos de los mamíferos, entre el más lateral de aquéllos y la primera muela". Confidente: "Persona a quien otro fía sus secretos o le encarga la ejecución de cosas reservadas". Contemplativo: "Que acostumbra meditar intensamente". Cornudo: "Dícese del marido cuya mujer le ha faltado a la fidelidad conyugal".

A continuación se dispuso a redactar con cada palabra escogida un pequeño cuento, de no más de un párrafo de extensión ("Veinte renglones máximo cada uno", había indicado el profesor), como ejercicio de creatividad que pretendía poner de manifiesto ciertos vínculos entre la lectura y la escritura. Otro requisito era que la palabra en cuestión sirviera como generadora del relato, y que ésta apareciera, en algún lugar del cuento, una sola vez. "Se trata en realidad de cinco minicuentos", explicó el profesor, "pero no por breves y concisos deben carecer de los principales ingredientes que suele tener todo buen cuento", les recordó. "Acuérdense de todo lo que discutimos ayer sobre este difícil pero fascinante género narrativo".

"La verdad es que este año sí me gusta la clase de Español", pensó Roberto. "Será porque me encanta leer, y también porque estoy descubriendo que también me agrada narrar. Esta tarea es un verdadero reto para mí. Veremos qué sale?" Y en seguida, tras reflexionar acerca del significado de la primera palabra, escribió:

 

Era inminente el ataque. La fortaleza, en verdad enorme, totalmente desproporcionada en sus dimensiones a la cantidad de hombres disponibles para hacer guardia, debía defenderse a toda costa hasta que llegaran los refuerzos. Esa noche, los demás soldados, sólo unas doscientas unidades, agotados por el fragor de la batalla que habían librado con sorprendente éxito esa tarde en las colinas cercanas, debían descansar, reponer fuerzas. Sin duda el ejército enemigo también necesita descanso, pero en un esfuerzo desesperado por terminar de aniquilarnos, bien podría lanzar dentro de unas horas la ofensiva final, aprovechando la oscuridad, reflexionó el capitán al mando de la guarnición. Aún así, sólo asignó diez centinelas para que vigilaran los puntos claves, y se encomendó a Dios. Una hora después ocurrió lo peor, y naturalmente sobrevino la debacle. Poco antes del final, el capitán, herido de muerte, maldijo su decisión. Si bien era consciente de que debido a la enorme superioridad numérica de sus enemigos de todos modos hubieran perdido la batalla, entendió que hubiera sido más honorable morir peleando. Incluso a él lo sorprendió dormido el demoledor ataque, por lo que también moría -literalmente- de vergüenza.

Roberto se sentía satisfecho. El relato le había salido bien. Después, con calma, lo puliría a fin de perfeccionarlo al máximo. "La verdad es que, en principio, ninguna de las palabras-matriz debería ser más fácil o difícil que otra en el desarrollo de la historia. Es cuestión de imaginación, y de manejar con destreza los recursos técnicos", se dio ánimos. Acometió la segunda palabra.

Los colmillos de su perro eran en verdad temibles; para los demás, claro. A Juan y a su padre los respetaba, los defendía siempre, hasta podría asegurarse que les tenía cariño desde que, muy cachorrito, fue rescatado de la oscura suciedad de una alcantarilla por sus actuales amos. Pero cuando se le acercaba cualquier otra persona el animal se tornaba agresivo, dispuesto a lanzarse sobre el intruso. Y lamentablemente eso fue justo lo que ocurrió cuando el tío Jorge tuvo la inoportuna idea de visitarlos. Sin sospechar siquiera que el animal existía, y mucho menos que esa noche andaba suelto como de costumbre en el patio delantero, llegó sin anunciarse. Para sorprenderlos (no los veía desde que emigró a los Estados Unidos hacía dos años), en lugar de tocar el timbre exterior se le ocurrió subirse a la reja y saltar dentro aprovechando la oscuridad. ¡Mejor no lo hubiera hecho! Los gritos, horribles, despertaron a todo el vecindario. Cuando Juan y su padre, pistola en mano éste, salieron a ver qué ocurría, con los ojos muy abiertos como renegando de su suerte el tío Jorge en el piso se desangraba por la yugular. Junto al cuerpo maltrecho, el perro, tranquilo ya, los miraba como esperando una felicitación.

 

"No está mal", se dijo Roberto. "Aunque la verdad es que me están saliendo bastante trágicos estos relatos, pero ni modo. Si así nacen así se quedan. No pueden tener un final feliz si no está en su naturaleza tenerlo". Y buscó sin prisa, muy seguro de sí, la tercera palabra.

Nunca tuve un confidente, un amigo de confianza a quien pudiera revelar mis penas. Alguien que me inspirara suficiente respeto como para ser digno de conocer mis preocupaciones, mis errores, mis proyectos más atesorados. Sólo en una ocasión creí encontrar a esa persona especial, una chica por cierto. Llegamos a ser muy amigos. Pero es difícil mantenerse fiel a la amistad cuando claramente empieza a nacer la atracción física, un deseo que debe resolverse más allá de cualquier confidencia. ¿Cómo decirle que me moría por robarle un beso, que sus ojos eran bellísimos, que sus pechitos me hacían suspirar? Yo estaba convencido de que sólo era un amigo para ella, de que no iba a ser fácil despertar en su ser el tipo de emociones que yo estaba sintiendo. Y por supuesto, necesitaba consultar con alguien mis dudas, mis temores, mis angustias. Esta amiga de antes hubiera sido la confidente ideal si no fuera precisamente ella el motivo de mi inquietud en aumento. Porque, ¿qué sabía yo, adolescente sin experiencia alguna, de cómo resolver ese asunto? Hasta que un buen día, para mi absoluta sorpresa, fue ella quien se me quedó mirando intensamente, quien me hurtó un beso, quien me abrazó con una ternura tan vehemente que todavía me colma el alma.

"Tampoco éste me salió mal", se alegró Roberto tras ponerle punto final al cuento. "Es sorprendente cómo estas pequeñas historias se van desarrollando de la nada, por pura asociación de ideas se van armando. Y cómo uno sabe muy bien cuándo terminan, porque el desenlace, que casi no podría ser otro, cierra limpiamente un pequeño ciclo", razonó. "Bueno, vamos con la cuarta palabra".

 

Siempre me han intrigado esos monjes que, en otras épocas, dedicaban largas horas a las más intensas y sinceras labores contemplativas en sus sobrios conventos o monasterios, como ajenos a las cosas terrenales, al mundo que transcurría extramuros. Sabemos de ellos porque la Historia supo, oportunamente, rescatar aquí y allá algunas de sus historias; o porque ellos mismos, estudiosos escribas, dejaron testimonio de su desinteresado quehacer. Rastrear indicios significativos de la vida y trabajo realizado por unas pocas figuras, sobre todo de la Edad Media y del Renacimiento, acaso las más conspicuas, ha sido la misión que me he impuesto desde que hace tres años encontré casi intacto el "Manuscrito de la Verdad Lejana" en una cripta parcialmente abierta en un remoto corredor del monasterio de El Escorial, durante una visita a España en mis tiempos de estudiante de antropología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ahora, tras numerosas investigaciones y cuidadosos estudios y traducciones -el texto está escrito en arameo y se ha comprobado que es auténtico- estoy por revelarle al mundo un secreto celosamente guardado. Un secreto que estremecerá los cimientos mismos de la civilización y que, de paso, sin duda alguna, me hará inmensamente célebre. El mundo sabrá al fin, con certeza absoluta, que definitivamente no estamos solos en el Universo; ni siquiera en este privilegiado planeta tan largamente codiciado.

La emoción de Roberto iba en aumento. Le sorprendía la facilidad con la que pasaba de una historia inventada a otra completamente diferente. En él se arraigaba cada vez más la convicción de que le encantaba escribir, y esto lo hacía inmensamente feliz. "Voy con la última palabra", se dijo. "Con la última historia".

Azdrúbal Solórzano se sabía un cornudo. Desde hacía ocho largos, larguísimos años de convivencia con su mujer lo sabía. Si no la había dejado era por sus hijos, aún pequeños. ¿Quién iba a cuidar de ellos si abandonaba el hogar, si la madre a veces era tan irresponsable, y a menudo tan mentirosa? Con cualquier pretexto solía llegar tarde en las noches: que si reuniones de trabajo o con las amigas, que si el comité de damas de tal cosa, que si esto o lo otro? Siempre una excusa. Y si él se los llevaba, ¿podrían sobrevivir sin la cercanía de la mamá, quien de una forma u otra -no podía negarlo- se ocupaba a su manera de ellos y les daba cierto calor de hogar mientras él trabajaba en la fábrica? Seguramente no, pues siempre había pensado que, por múltiples razones, la madre es mucho más importante que el padre. Y la verdad es que a él Josefa tampoco lo trataba mal: después de once años de matrimonio todavía lo mimaba con cenas deliciosas pese a la sencillez de sus ingredientes, se ocupaba con esmero de su ropa y jamás le negaba, sin importar a qué hora regresara ella a la casa, la anhelada relación conyugal. Azdrúbal se sabía un animal de costumbres, y nunca trató de averiguar si su mujer le ponía los cuernos con un solo hombre o con varios. Llegó a la conclusión de que la seguía amando, y en su corazón cada noche la perdonó. Así, el perdón también, bendito sea Dios, se le hizo costumbre.

 

Exhausto, Roberto suspiró. Había salido dignamente del quíntuple ejercicio. Más que una tarea escolar, que confiaba suscitaría comentarios favorables en clase, había descubierto un destino. De eso estaba seguro. Sólo tenía diecisiete años y en unos meses se iba a graduar como Bachiller en Ciencias y Letras. Eso era importante, por supuesto. Pero lo más importante para él en este momento era saberse, sin lugar a dudas, escritor. ¡Un verdadero escritor!


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406516
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América