En la iglesia de la Santísima Trinidad no cabía ni un alfiler. Asistía la flor y nata de la plutocracia local, todos elegantemente vestidos con colores sobrios. Eran las honras fúnebres de don Porfirio Alvarado, uno de los hombres más ricos de la ciudad.
El párroco, estimulado por la generosa donación recibida, había mandado poner a disposición de los familiares, a ambos lados del catafalco, los reclinatorios de caoba tallada reservados para las grandes solemnidades, debidamente adornados con crespones negros.
Doña Inmaculada, su esposa que en gloria esté, le dio a don Porfirio dos hijos: El mayor, Patricio, que cumplió siempre los deseos de su padre, cuidando y defendiendo los intereses familiares, y Roberto, el menor y más mimado, su dolor de cabeza, metido siempre en asuntos ilegales que lo llevaron varias veces a la cárcel, de donde salía gracias a los recursos de papá. Patricio odiaba a Roberto por ser la oveja negra de la familia.
Presidían la ceremonia luctuosa ambos hermanos acompañados por sus esposas, hijos, tíos y primos.
Un joven desconocido, vestido modestamente con camisa y pantalón recién teñidos de negro, se abrió paso entre la multitud hasta llegar al lujoso féretro. Después de mirar con cara llorosa el rostro embalsamado de don Porfirio se santiguó y fue a ocupar uno de los reclinatorios de uso reservado. Todos los deudos del finado miraron con malos ojos al irrespetuoso, pero por no deslucir el solemne acto nadie le llamó la atención.
Así fue como Patricio y Roberto conocieron a Lázaro. La segunda vez que lo vieron fue dos días después en presencia del juez que los citó para decirles que aquel individuo aducía ser fruto de una relación extramarital de don Porfirio, por lo que creía justo compartir con sus dos hermanos la herencia que su padre dejó. Ambos hermanos protestaron, pues al no haber mencionado su padre en ningún documento más herederos que ellos dos, entendían que tal reclamación no tenía fundamento. El magistrado respondió que, en tal caso, el reclamante estaba dispuesto a demostrar su filiación con el difunto, lo que le daría derecho a impugnar el testamento.
La noticia del hijo oculto de don Porfirio escandalizó a la clase oligárquica y aun a la menos pudiente, aunque no menos chismosa. Un día en el exclusivo club femenino Who´s Look se formó una asamblea espontánea en la que varias señoras decentes condenaban la infidelidad de don Porfirio y compadecían a su santa esposa. Una de ellas preguntaba por qué a un hombre casado no le pasa nada por revolcarse con quien le venga en gana y a una mujer casada no se le permite ni siquiera mirar a otro hombre. Estaba presente una muchacha muy liberal que había vivido varios años en Europa. Al oír las quejas feministas dijo en voz alta: “La culpa la tienen ustedes que se casan. ¡No se casen! ¿Acaso hay que comprar un cerdo cuando solamente queremos una salchicha?” Todas las mujeres rieron la ocurrencia, aunque cuando se fue tacharon a la chica de desvergonzada.
Las autoridades forenses no pudieron comprobar si el ADN del difunto coincidía con el de Lázaro porque cuando entraron al panteón familiar el ataúd estaba vacío.
El juez, ante la imposibilidad de analizar los genes del difunto, pidió que se hiciera la prueba voluntariamente cualquiera de los dos hijos legítimos para compararla con la del demandante. Los abogados de Patricio y Roberto acusaron al advenedizo de sustracción de evidencia y pidieron que se considerara este delito motivo suficiente para la invalidez de la demanda, por lo que negaban la necesidad de que sus defendidos se sometieran a tales pruebas. Lázaro acusó a sus presuntos hermanos de lo mismo que lo acusaban a él y por los mismos motivos.
Su señoría, molesto por la resistencia de los demandados a cumplir su petición, cortó por lo sano y ordenó la prueba genética a los tres: los dos legales y el ilegal. Resultó que el ADN de Patricio y el de Lázaro coincidían, pero no el de Roberto.
Por fin la policía halló el cuerpo de don Porfirio dentro de un nicho que había estado vacío. El ADN del muerto era igual que el de Patricio y el de Lázaro, pero el de Roberto era distinto.
Las huellas digitales que hallaron en el cadáver hacían sospechar que fue Roberto quien lo escondió. Los detectives, que conocían su extenso historial policivo, lo presionaron hasta que confesó haberlo escondido temeroso de ser realmente hermano de Lázaro y perder parte de la sustanciosa herencia. Fue una vez más a la cárcel sin tener ahora quien lo sacara. Allí tuvo tiempo de sobra para calcular quién entre los amigos ricos de su familia tendría más posibilidades de ser su padre, planear la investigación e imitar a Lázaro cuando la ocasión llegara.
Los (y sobre todo las) que acusaban a don Porfirio de libertino e hipócrita y compadecían a la virtuosa doña Inmaculada, después de las últimas noticias no volvieron a abrir la boca.