“Cada uno aplica a Dios sus propios atributos” Baruch Spinoza
Hace días fui testigo de una discusión entre dos seres inteligentes. Uno, racionalista, pragmático, agnóstico, liberal; el otro, conservador, religioso, fervoroso tradicionalista. Cada uno defendía con elegantes argumentos lo que creía, lo que les dictaba ese geniecillo que tenemos dentro, y que empuja a defender las ideas que nos convencen. A medida que entraban en calor, se despojaron de los velos que cubrían sus íntimas convicciones. Éste desveló una Fe apasionada; aquel, una inquietante entrega a la Razón. Tras la discusión quedé convencido de que Fe y Razón son tan CREENCIAS una como la otra. Ojalá estos brillantes contendientes mantengan sus opiniones heavyweights acerca de CREENCIA. Estos asuntos ponen a prueba mi criterio. Lo intentaré.
La Fe, a mi juicio, es cuando se quiere y se logra comprender lo incomprensible. No hay pruebas, solo esa confianza que tiene el espíritu en su aceptación placentera. Yo bogué por ese lago sereno. La Razón es la lupa de la realidad. No tiene la profundidad de la Fe, es un plano visual, quizás de dos dimensiones. Si tratas de meter la mano en el charquito de la razón para tocar el fondo, removerás sus aguas y pondrás a flotar sus impurezas. La Razón apela a los sentidos. Y solo tenemos cinco. La Fe no intentará jamás meter la mano en su lago, le basta con adivinar (y más que adivinar, desear) el fondo. La Razón se afinca en realidades que nos proponen los sentidos, pero las realidades duran menos que los símbolos en que se basa la Fe.
La mente humana tendrá siempre esas alternativas: creer en lo que no ha visto y creer solo en lo que ha visto. Ambas, me parece, son creencias.11 ¡Cuánto daría por un debate entre Santo Tomás de Aquino y Bertrand Russell. Escucharlos me dejaría como un “razofé”, vaya usted a saber lo que quiero decir. Abre la boca el Aquino: “Si no existe la verdad, es verdad que la verdad no existe”. Russell no riposta, solo piensa en voz alta: “No son los argumentos racionales sino las emociones lo que hace creer en la vida futura”.
En verdad (y no sé por qué digo “verdad”) me divertiría una vida futura como la que plantea Swedenborg, pero también pienso que “el pensamiento y el amor no pierden su valor porque no sean eternos”.