Ala hora del desayuno me acompaña con frecuencia Michel Eyquem de Montaigne. A veces creo que debería cambiar de comensal. Por estar leyéndolo se me enfrían los patacones y cuando les pongo mantequilla ya no se le derrite encima. La plática con Montaigne es tan interesante que me deja con la boca abierta y sin bocado que masticar. Hoy, por ejemplo, comenzó a hablarme de los inconvenientes de La Grandeza y se me congelaron los huevos. Dice que a él jamás se le ocurrió desear un imperio, ni la realeza, ni la eminencia, porque se quiere demasiado. Asegura que su espíritu es tan poltrón (poltrón significa holgazán, comodón. Como podréis notar, por aquí, hay poltrones a tutiplén, pero sin la inteligencia de Michel) que no mide la buena fortuna según su altura, sino según su facilidad. Confiesa que su falta de valor, la equilibra con la sinceridad que le ordena confesar su debilidad. A continuación declara: «Sobre pocas cosas puedo juzgar sinceramente, porque hay pocas en las que no estoy interesado de algún modo».
Es tan agudo y sabio este Michel, que ante su libro abierto me siento como una humilde esponja impregnada por su pensamiento. Pero que yo lo lea y me impresione hasta hacerme cambiar moralmente, no es lo justo. Deberían leerlo quienes más lo necesitan: los poderosos. Y conste que no hablo del poder grande, sino de ese fugaz poder prestado por elecciones de un pueblo insensato y cándido. Todavía más lamentable es que, ante ese poder todos cedamos. Falsa grandeza la de estos poderosos. Según Michel: «ellos resbalan, no andan; sueñan, no viven». Toda grandeza necesita oposición, resistencia, no ese ablandamiento que da la uniforme aprobación y la cobarde inclinación de la espina dorsal del séquito que la rodea.
¿Quieres un ejemplo?.
El emperador Adriano discutía con el filósofo Favorino. No habían cruzado media docena de frases cuando el filósofo cedió la victoria. Uno de sus amigos se lo reprochó y esto contestó el filósofo: «Os burláis de mí. ¿Acaso queréis que no sea más sabio que yo quien manda sobre treinta legiones?».
En nuestros tiempos la consigna sería: no es inteligente escribir contra aquél que puede proscribir. Caraxo, pero yo no soy inteligente, y tampoco estoy entre los que se reparten alegremente los millones del Estado en negocios turbios que proponen, no a la cabeza y el corazón sino a los bolsillos de un blando rey repartidor.
Panameño.
El autor panameño ha vivido, estudiado y enseñado en México.