EN 1954, después de mi graduación de la Universidad de Yale, regresé a Panamá en barco y en el trayecto tuve mi primer contacto con Cuba. Fue un primer contacto meramente turístico, del que recuerdo sobre todo la visita a las playas de Varadero y la asistencia al espectáculo del Tropicana.
Pero, desde que en 1964 me casé con Teresita, cubana y habanera, Cuba entró a formar parte de mi mundo mental y afectivo más cercano. Comencé a conocer su paisaje y su historia vicariamente, sintiéndolos casi como propios. Adquirí parientes cubanos y múltiples amistades cubanas a través de quienes el trauma del exilio, tanto en lo que tuvo de heroico como en lo que ha tenido como todo exilio de ambivalente, llegó a formar parte de mi experiencia más o menos directa.
Luego, los avatares de mi vida política me llevaron al exilio bajo la dictadura panameña que se impuso en mi país desde 1968 hasta 1989. Los militares me expulsaron de mi cátedra en la Universidad de Panamá, por "peligroso para la seguridad del Estado" y, mientras la presión del régimen militar no se hizo insoportable, trabajé en la Universidad católica Santa María la Antigua. Cuando tuve que dejar mi país, trabajé primero por un año, de 1971 a 1972, en la Universidad de Mérida, Venezuela, y posteriormente, durante varios años, de 1972 a 1978, en Florida International University, en Miami, Florida.
En Miami, donde vivía exiliada buena parte de la familia de Teresita, estábamos inmersos en un mundo de habla hispana a lo cubano, comíamos con frecuencia comida cubana, en resumen llevábamos una vida que era una peculiar simbiosis de la cubanía y del "american way of life". Se mencionaba a Cuba y a lo cubano insistentemente, a la vez con nostalgia del pasado y ansia del futuro. Aunque sólo fuera una Cuba postiza, Miami me hizo vivir el intento por recrear a La Habana en Dade County, de 1972 a 1977, de una manera que revelaba a la vez el profundo arraigo de los cubanos a su tierra y a su identidad, y su astuta creatividad para adaptarse y sobrevivir con éxito en un ambiente tan diferente como el norteamericano.
Cuando regresamos a mi país en 1977 con nuestros cuatro hijos, me involucré de lleno en la lucha por la democratización de Panamá. Cuba sólo ocupó mi atención en la medida en que sus funcionarios gubernamentales mantenían estrechos vínculos con el régimen militarista panameño.
Este se caracterizaba por un nacionalismo que, aunque comprometido por los rasgos de represión y corrupción, impulsó un esfuerzo -finalmente exitoso- hasta lograr la plena panameñización del Canal. Y también se caracterizaba por una política social según modalidades estatizantes, que fracasó en buena parte tanto por los dos rasgos antes mencionados como por el abuso de la misma como instrumento de manipulación y de demagogia. Durante este período, mantuve un enfoque ideológico y de confrontación con respecto al gobierno cubano, dentro del contexto de la Guerra Fría, sobre todo en su expresión centroamericana en las décadas de los setenta y de los ochenta.
Incluso en estas circunstancias, cuando en septiembre de 1984 escribí un ensayo sobre El Desenvolvimiento de las Relaciones entre Panamá y Cuba: 1968-1984, no argumenté a favor del rompimiento de relaciones diplomáticas con Cuba, como lo hubieran preferido algunos sectores de la opinión pública panameña tanto oficialista como civilista. Argumenté que para que fueran estables y duraderas muestras relaciones con Cuba éstas habían de darse, pero con "una concepción definida y clara de las mismas" . En concreto, les asignaba tres objetivos: primero "atender asuntos humanos y humanitarios en atención a la común raigambre latinoamericana y los múltiples nexos familiares existentes entre ciudadanos de ambos países"; segundo, cultivar las relaciones de nuestros pueblos, sobre todo sabiendo "administrar con seriedad los intereses del Estado panameño, allí donde coinciden con los de Cuba y allí donde se contraponen, especialmente con referencia a las regiones circundantes"; y tercero, mantener vigente la expresión del deseo panameño de que Cuba encuentre el camino, vía su eventual democratización, hacia una colaboración efectiva en el desarrollo humano integrado de América Latina y específicamente de la cuenca del Caribe.
Mientras tanto, ya en 1980, Teresita había vuelto a Cuba por primera vez desde su exilio en 1961, para visitar a familiares. Por emocionalmente dura que fuera la visita, ésta le permitió, sin sacrificar en nada sus convicciones personales, sentirse libre de obstáculos que le impidiesen eventualmente relacionarse con la realidad de Cuba en un plano estrictamente humano. Por lo demás, ni ella ni yo habíamos favorecido "el embargo", por la doble razón de que el pueblo era quien más sufría sus consecuencias y que se reveló como una política contraproducente en la medida en que reforzaba las características del régimen que pretendía contrarrestar.
Durante mi servicio como Ministro de Gobierno y Justicia de diciembre de 1989 hasta abril de 1991, contrario a lo que se hubiera podido creer, no tuve prácticamente nada que ver con la política de Panamá hacia Cuba, que dirigió el Ministro de Relaciones Exteriores Julio Linares. Pero apoyé plenamente su opción no sólo de mantener las relaciones con Cuba, sino de normalizarlas, evidentemente garantizando la seguridad personal de quienes se encontraron en la Embajada de Cuba el 20 de diciembre de 1989 y otorgando salvoconducto a quienes se asilaron en la misma. A mi entender el civilismo democrático al asumir el gobierno debía marcar un dramático contraste con la cruda arbitrariedad y parcialización del militarismo en su comportamiento con respecto a quienes lo habían favorecido o no, nacional e internacionalmente. Pensaba que no debíamos tener una política exterior que fuera el simple reverso de la del régimen militar anterior, sino una política exterior que respondiera a los valores e intereses perdurables del Estado panameño.
Ello implicaría cambios importantes, pero no necesariamente el cambio de todo.
En 1995, ya concluidas la Guerra Fría y sus secuelas centroamericanas, y una vez la enfermedad me obligó a poner término a mi carrera de político electoral, Teresita y yo planeamos ir a Cuba a visitar al único pariente que le queda en la isla, una tía materna de más de 85 años y ciega, que vive sola en Camagüey.
Poco tiempo antes del viaje asistí a lo que pensé sería uno de mis últimas participaciones como miembro del Comité Directivo en un Congreso de la Internacional Demócrata Cristiana en Bruselas. Inesperadamente, a solicitud de los principales partidos miembros, entre otros el alemán, el español, el chileno y el venezolano, fui electo Presidente de la IDC para el trienio de1995 a 1998.
De golpe mi visita a Cuba, aunque privada, adquirió una significación adicional. Incluí por ello en mi programa entrevistas con algunos altos funcionarios del Gobierno, con dirigentes de la Iglesia Católica en Cuba, con varios Embajadores, y con algunos de los principales disidentes.
Tuve la suerte providencial que mi primera entrevista en La Habana fue con el entonces Nuncio Apostólico Benjamino Stella, cuya recomendación de que en mi trato con los cubanos, incluyendo a los funcionarios de gobierno, dijera todo lo que tenía que decir francamente, pero manteniendo siempre el mutuo respeto ( "diga todo, pero no alce la vos"), me ha servido de guía.
En estos últimos años he seguido visitando a Cuba repetidas veces, incluso en enero de 1998 para presenciar la visita de Su Santidad Juan Pablo II. Cada vez me he sentido más atraído por la belleza de Cuba, el embrujo de La Habana y el talante de su gente que, a pesar de todas las dificultades que atraviesa, sigue expresándose genialmente a través de las artes, sobre todo por su música y su pintura. Me anima el intenso deseo de conocer más a fondo al pueblo cubano en su realidad de hoy y por acompañarlo en su camino hacia un mañana que él mismo debe decidir, y que probablemente nos sorprenda a todos.
En tres ocasiones he tenido la oportunidad de dictar conferencias públicas en Cuba por invitación de prelados de la Iglesia Católica. En diciembre de 1999 dicté una primera conferencia en La Habana sobre "La globalización y la ética cristiana", en el Simposio "La Exhortación Apostólica Ecclesia in America, Implicaciones Antropológicas, Económicas y Sociales". En junio de 2002, dicté una segunda conferencia en Camagüey sobre "La Fe Cristiana y su Proyección Social" en el IV Encuentro Nacional de Historia "Iglesia Católica y Nacionalidad Cubana". Y en enero de 2003, dicté una tercera conferencia en Pinar del Río sobre "Democracia: formación cívica y participación ciudadana" en la Reunión Anual de Animadores del Centro de Formación Cívica y Religiosa, en la conmemoración de su décimo aniversario.
Esta publicación recoge los textos de estas tres conferencias. Además, contiene un artículo sobre la realidad cubana tal como la observé e interpreté personalmente en el período de 1995 al 2000, escrito a solicitud de la Fundación Konrad Adenauer y publicado en su revista KAS / AUSLANDS-INFORMATIONEN en mayo de 2001, bajo el título "Cuba: ¿Sólo resistir y resolver?".
El artículo contiene lo más importante de los diversos escritos que he publicado en El Panamá América, uno de los principales diarios de Panamá, después de casi cada uno de mis viajes a Cuba. No reproduje todos estos escritos, pues habría repetido material que integré en el artículo para la revista de la Fundación Konrad Adenauer. Por la misma razón no he incluido el prólogo que publiqué en la edición de los discursos del Papa y de Fidel Castro en su encuentro en Cuba, bajo el título "Mensajero de la verdad y la esperanza".
Concluyo con un corto ensayo sobre "El choteo cubano y el relajo panameño", publicado en 2001 en El Panamá América, que es un homenaje al cubano y a su cultura a través de la admiración por la obra de ese gran intelectual cubano que fue Jorge Mañach.
A estos ensayos les he dado el título colectivo de Cuba: Hoy y Mañana porque esas son mis dos preocupaciones con respecto a Cuba: quiero comprender lo más que pueda la Cuba actual y conjeturar lo mejor que pueda la Cuba venidera.
Los tres primeros escritos no son específicamente sobre Cuba.
Tratan de temas generales, que pueden interesar a cualquiera persona de nuestro tiempo. Pero fueron escritos para ser dichos desde Cuba y por lo tanto tienen un horizonte cubano como presupuesto y contienen consideraciones sobre Cuba y los cubanos. Los dos últimos escritos sí son específicamente sobre Cuba, en cuanto a su realidad actual y en cuanto a un aspecto de su personalidad cultural en comparación con el aspecto correspondiente de la personalidad panameña.
Abrigo la esperanza que estos comentarios y reflexiones acerca de Cuba no sean rechazados por prejuicios sembrados por los fundamentalistas de cualquier tendencia. Lo que he escrito lo he hecho con criterio propio, por amor a Cuba. No se trata de un amor que empaña la inteligencia, sino que prueba su sinceridad al verse sometido a la prueba de la verdad sobre Cuba, que he buscado afanosamente y que luego he hecho pública al escribir mi aproximación a la misma
A pesar de que en el artículo "Cuba: ¿Sólo resistir y resolver?" señalo la regresión que se vive después de la visita de Su Santidad Juan Pablo II, no pierdo la esperanza. Tengo presente lo que nos enseña San Pablo en su Epístola a los Romanos: "Porque nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? Pero si esperamos lo que no se ve, aguardamos con paciencia."
La historia de Cuba como experiencia
Nota del Editor. El Dr. Ricardo Arias Calderón nos ha escrito recientemente un libro titulado "Para Cuba que espera", y para cuya presentación había sido invitado por la Iglesia Católica de ese país. Por razones que dio a conocer en un artículo publicado en Panamá América la semana pasada, no se le permitió viajar a la Isla, y ahora nos permite conocer la introducción de esa obra.