Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta cumplió esta semana su primer año como líder del Arzobispado Metropolitano, un acontecimiento que, afortunadamente, coincide con otro momento estelar: la Semana Mayor.
A mediodía nos recibe en su despacho, tras hacer un espacio en su itinerario que, esta semana, -por razones obvias- es más intenso de lo usual, pero esto no es óbice para que el sacerdote chitreano nos hable sobre la fe, el significado de la Semana Santa y que, por supuesto, reflexione sobre el Panamá de hoy, su gente y su relación con Dios.

Mientras duró la entrevista, aunque se le vio apurado, se cuidó de no dejar cabos sueltos, de transmitir su mensaje con efectividad y de que sus palabras tuvieran un efecto positivo y alentador. Veinte minutos bastaron para escuchar a monseñor José Domingo Ulloa sugerir el diálogo como ruta para alcanzar la concertación, proponer que se utilice la tecnología para evangelizar, implorar que se rompa el círculo de muerte que entraña la violencia y explicar que los católicos no adoran imágenes, sino que las usan para reforzar el testimonio de Dios.
La Semana Santa tiene que ver con celebración y conmemoración.
¿Cómo orientar a la comunidad para que no caiga en excesos y no desvirtúe este acontecimiento?

Conmemorar es como un recuerdo. En la Iglesia católica no hacemos recuerdos, hacemos memorial. Hacemos presente el misterio ocurrido hace más 2000 años en la persona de Jesús. Se unen los conceptos: recuerdo, memoria, pero en la celebración nuestra es mucho más que un mero recuerdo. Tiene unos efectos saludables, se vuelve a actualizar esa entrega de amor de Jesús por nosotros, que es la que nos salva.
Sin embargo, un porcentaje importante de la gente no participa con ese sentido.
¿Cómo revertir esa realidad?

En los últimos años, la Iglesia ha insistido en que hay que llevar a una experiencia de Dios. A Jesús se le sigue por una decisión propia, es una experiencia. Es por eso por lo que la liturgia nos lleva a un encuentro con el Señor, de allí que a la Iglesia católica se le ha malinterpretado en cuanto al uso de los signos. La Iglesia católica utiliza signos, no adora imágenes; eso es falso. La imagen nos ayuda a que podamos captar el mensaje. Ustedes que están en los medios pueden entenderlo mejor: una imagen habla más que mil palabras, y eso es lo que en la tradición de la Iglesia se ha hecho con las imágenes. Que ayuden a meternos y a profundizar en el misterio que celebramos, en el misterio de la vida de Jesús, la vida de los santos, la vida de María. Es lo que sucede con las procesiones en Semana Santa, no es más que algo pedagógico para que -no solo con escuchar la Palabra que nos habla de eso, sino también con la visión- cada uno haga propio ese mensaje que la vida de Jesús no trae.
Es común hacer representaciones del viacrucis.
¿No se corre el riesgo de que se tergiverse ese episodio con tantas adaptaciones?
Todo tiene su riesgo y su peligro. De allí la responsabilidad de quienes dirigen, porque no podemos quedarnos solo en una representatividad, sino que hay que llegar al texto. Por eso, la Iglesia cuida siempre que en los lugares donde se hace la representación, primero se haga la celebración de la Palabra, porque la fe entra por el oído y llega al corazón. Las representaciones son para hacer asequible lo que la Palabra nos quiere ofrecer.
Benedicto XVI en su última publicación, “Nuevo catecismo”, pide a la juventud que no “huya” de la Iglesia.
Creo que las palabras del Papa son muy certeras. No solo para los jóvenes, eso es para todos. No huyamos de Dios. Tal vez huimos porque no hemos conocido quién es Dios. Él entra en nuestras vidas no para aguarnos la fiesta, entra para que tengamos vida abundante. Esa es la misión de la Iglesia y de todos los cristianos, dar a conocer, sobre todo a los jóvenes, ¿quién es Dios? Porque en el fondo huimos por temor, porque creemos que vamos a perder cosas, pero no, Dios siempre es ganancia. El papa Juan Pablo y Benedicto han dicho “jóvenes, no tengan miedo de Dios, él no quita nada, al contrario va a potenciar todo lo bueno que hay en ti”. Entonces, tenemos que llevar ese mensaje a los jóvenes. Es curioso, la gente huye de Dios, pero se va esclavizando en otras cosas como la droga, el sexo, el odio y la violencia. Dios cuando llega viene para salvar y para hacer la vida plena.
¿Se puede educar a la gente para que tome decisiones correctas en cuanto a qué o en quién creer?
Es necesario. Creo que no es solo creer por creer. Tenemos que hacerlo a través de la enseñanza, de la catequesis que ayuda mucho. Tenemos que recuperar la sana lectura, también retomar los libros clásicos. La Iglesia tiene una riqueza de libros clásicos que han sido los santos padres, que son los que nos van a descubrir la esencia de lo que es ser cristiano, y eso vale para todos. Muchos errores, de muchas sectas y de muchos hermanos separados es porque no hemos ido a la fuente de los clásicos santos padres y allí está la sana doctrina, la recibida precisamente de los Apóstoles. Creo que es necesario volver a insistir en que tenemos que fomentar una fe razonada que pueda bajar al corazón; no es creer por creer. Necesitamos una fe que se sostenga y pueda hablar con el mundo de la cultura, de la ciencia; una fe que es capaz de entrar siempre en diálogo con todas las áreas de la vida del hombre.
¿Se podrá frenar el éxodo de fieles a lo que usted califica como sectas?
Personalmente creo que hay que ver por qué se han ido a una secta, y como Iglesia tenemos la humildad de reconocer que tal vez algunas veces no hemos sabido llegarle o se malinterpretó. Yo estoy convencido de que alguna gente se ha ido, hay otros que han nacido en ellas (¡bendito sea Dios!), los que se han ido no lo hacen por la doctrina porque la doctrina de la Iglesia católica es muy clara. Tal vez se han ido porque no han tenido una relación muy clara con algún miembro de la Iglesia y eso los ha dañado, y eso lo tenemos que cuidar, pero por la doctrina no creo que se hayan ido porque si la conocen de verdad, es una doctrina muy clara.
¿Cómo conciliar las tecnologías de la información y la comunicación con los fines de la Iglesia?
Tenemos grandes retos. Igual sucedió cuando surgió la imprenta. Tenemos ahora algo mucho más moderno que son los medios, no podemos evadirnos de ellos, pero tampoco ‘absolutizar’ los medios. En eso la Iglesia ha sido clara. Aprovechemos los medios, pero tampoco nos esclavicemos. Hay gente que actualmente es esclava de todos estos artefactos; deben entender que nosotros somos los dueños, no los esclavos. Hay que usar esta tecnología para evangelizar, para tener una buena relación, pero eso no debe sustituir la posibilidad de mirarnos al rostro y compartir la Palabra. No es lógico que podamos enviar un mensaje bonito a los hijos por correo y seamos incapaces de sentarnos a hablar con ellos.
¿Los panameños hemos perdido la capacidad de dialogar?
Desde que el hombre es hombre, el diálogo siempre es difícil, pero no imposible. Si en algo tenemos que ser tercos los panameños es en crear una cultura del diálogo. Creo que no hemos comprendido el concepto de diálogo. No es imponer, es exponer. Se necesita una gran dosis de humildad y no todo el mundo está preparado para dialogar. Eso implica reconocer que yo no tengo la verdad, tengo parte de la verdad y que la verdad absoluta es la suma de la parte de la verdad que tienen los demás.
¿Ese diálogo es más difícil entre el Gobierno y el pueblo o está en todas las esferas de nuestra sociedad?
Lo que vemos difícil entre Estado y pueblo es lo mismo que entre tú y yo. No somos más que el reflejo de lo que cada uno es tanto personal como familiarmente. Creo que es una cultura, por eso insisto en que hay que ser terco y no desmayar para que, en verdad, prevalezca la cultura del diálogo. Hay que preguntar para qué nos sentamos a la mesa. Yo no me siento a dialogar para sacar algo, lo hago para que entre todos busquemos algo importante, al final, no debe haber vencidos ni vencedores.
Esta semana usted cumplió un año de haber asumido el cargo como arzobispo.
¿Qué reflexión puede hacer sobre estos primeros doce meses frente al arzobispado?
Ha sido una experiencia fascinante, muy ardua, muy dura en el sentido de que el peso de las responsabilidades son más grandes comparado con cuando era auxiliar. La responsabilidad y las decisiones al final recaen sobre mí, por eso necesito la oración, pedir la sabiduría del Señor para discernir lo que en cada momento tengo que realizar, pero estoy convencido de que con la ayuda de Dios y de la gente seguiremos adelante, ya que la Iglesia la formamos todos y es responsabilidad de todos los bautizados seguir construyéndola.