No es que el poder enloquezca a los seres humanos, es que sólo los locos buscan el poder. Elías Canetti.
Aún no habían terminado los esclavos de desmontar y cargar en los elefantes las toldas de seda y los mástiles de sándalo de las tiendas levantadas frente al palacio real para celebrar el decimoquinto aniversario del hijo unigénito del rajá, cuando su augusto padre mandaba emisarios por todos los caminos del reino hasta todos los reinos adonde llevaban los caminos, con el encargo de encontrar al hombre más sabio para que sirviera de mentor a quien algún día tendría sobre sus hombros la responsabilidad de gobernar Ramapur y sus diez millones de vasallos.
Los mensajeros fueron llegando acompañados por ancianos de luenga barba, aspirantes a ser pedagogos del joven príncipe. Los consejeros más ilustrados y el propio rajá indagaban sus méritos.
Solamente faltaba el correo que había ido a los remotos reinos de la cordillera del Himalaya. Por fin llegó solo y dijo:
—He visitado a un gurú muy anciano que habita en las montañas Langtang, a seis días de camino desde Catmandú. Los peregrinos llegan a su cueva como quien acude a un santuario. El viejo eremita agradeció el honor que le haces, ¡oh poderoso Pratap! ofreciéndole la custodia del príncipe Chatrú, pero se excusó diciendo que ni la corta salud que le ha dejado su larga vida ni el amor que profesa a los que envían los dioses ante él, le permiten abandonar su morada, aunque si el joven príncipe dispone de tiempo y ánimo para acompañarlo, él accederá gustoso a satisfacer sus necesidades espirituales.
No se sabe bien si fue el énfasis que puso el heraldo expresando las virtudes del anciano anacoreta o la fascinación por lo desconocido, el caso es que el poderoso Pratap despidió a todos los sabios que esperaban nombramiento y dispuso que el joven príncipe y un séquito de confianza se alistaran para viajar hasta las remotas montañas Langtang.
Seis años ininterrumpidos pasó el príncipe Chatrú recibiendo las enseñanzas del octogenario filósofo y viviendo con más pobreza que el más pobre de sus lacayos.
Transcurrido ese tiempo, bajó de las montañas y su padre empezó a delegar en él responsabilidades, pero el príncipe heredero pasaba más tiempo absorto en sus meditaciones que en labores de estado. Un día llegaron a palacio unos mensajeros diciendo que los habitantes de la frontera noroeste pedían protección contra una tribu bárbara que los invadía. El rajá ordenó a su hijo que partiera al frente de una legión de lanceros para escarmentar a los invasores. El príncipe se negó y Pratap lo reprendió ásperamente diciéndole que si no se atrevía contra una banda de ladrones, qué pasaría cuando tuviera que declarar la guerra a otros reinos, como había tenido que hacer él en varias ocasiones. Chatrú dijo que sería incapaz de derramar sangre de ningún prójimo, por muy bárbaro que fuera. El príncipe cada día mostraba más melancolía y el rajá ordenó que lo examinara el médico de la corte, temiendo que lo hubieran convertido en eunuco. El médico certificó que la anatomía del príncipe era completa.
El rajá le dijo a Chatrú que con su falta de interés en dirigir el vasto patrimonio que heredaría, no solamente lo decepcionaba a él, sino que también desobedecía a los dioses, que lo habían hecho nacer heredero del reino. Chatrú respondió:
— Los dioses no me merecerían ningún respeto si me obligaran a actuar en contra del raciocinio que me han otorgado. Mi única aspiración es ser tan libre como ellos me lo permitan y nunca lo seré poseyendo reinos ni riquezas, pues no se nos dan gratis y mientras más poder acumule, más esclavo seré defendiendo torpemente lo que no es mío.
El rajá de Ramapur salió de los aposentos del príncipe heredero sin decir palabra, pero su mirada fija y sus pasos firmes denunciaban la decisión irrevocable que había tomado.
Los discípulos, alarmados por el ruido, prendieron lámparas y corrieron al fondo de la cueva. Quedaron mudos de espanto, los ojos desorbitados fijos en el charco rojo que iba formándose junto al cadáver del anciano maestro.