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La lengua, las palabras, el circo chino


Al maestro Neco Endara, con afecto.

Cierta vez asistí a un circo chino. A la mitad del acto, un artista, menudo y flexible, frente a la nutrida concurrencia, emprendió la tarea de apilar las sillas que le pasaba su ayudante, pero no como lo haría cualquier mesonero después de cerrado su local, no: este artista las colocaba una sobre otra y, cada vez, se iba encaramando en ellas, integrándose así a una torre bamboleante, pronóstico de una tragedia. Cuando llegó a siete, alguien en la multitud gimió; cuando la pila alcanzó las doce sillas y el artista se colocó sobre la última, cabeza abajo y sosteniéndose con una mano, se esparció un rumor como de mar, un hipo contenido. Tic, tac, tic, tac. Nadie se movió de su puesto; nadie llamó al 911. ¿Por qué?

Simple: porque, a pesar de que nos atenazaba el presentimiento de una tragedia, todos sabíamos que el chinito que coronaba la frágil estructura era un profesional en su arte. En otras palabras, sabía lo que estaba haciendo.

 

Otra hubiese sido la reacción del público, y otro el final del acto, si en el lugar del consumado malabarista actuara un personaje cualquiera. No habría faltado una llamada al cura, avisándole de un tipo con el diablo en el cuerpo, o a los policías, para que encerraran al suicida. El improvisado artista hubiera dormido en chirona.

¿Tiene que ver esto con el manejo de la lengua? Sí, y mucho. Alguna vez hemos escuchado a alguien decir que nuestra lengua es pura. Mentira. A lo largo de varios de los primeros mil años de nuestra era, cual hijo espurio del latín, el idioma que hoy hablamos, germen aún, vagó de boca en boca, no entre mansiones ni entre academias, sino por los campos de labranza y por las calles, por los jergones y las caballerizas, donde se fue robusteciendo a punta de tomar de otras lenguas, y de otras culturas, todo lo necesario para su crecimiento.

Al borde del primer milenio, un humilde monje amanuense del convento de San Millán de la Cogolla, en la Rioja española, ya reconocía cierta fuerza vital en aquel retoño romano, al punto que creyó necesario glosar uno de los textos que se le habían encargado, grabando al margen, con timidez, las voces que le correspondían en la lengua descollante, preferida por los desharrapados de entonces. Esa luz nueva venía preñada de muchas luces distintas… que pura no era ni iba a serlo ya jamás.

 

Desde ese primer testimonio escrito de la lengua, conocido hoy como las “glosas emilianenses”, pasarían aún cinco siglos antes de que Elio de Nebrija publicara la primera Gramática de la lengua castellana, en el crucial año de 1492. La lengua se emancipaba, dejaba sus pantalones cortos.

De la boca de los invasores musulmanes, asentados en la Península durante los setecientos años anteriores a la fecha, extrajo la lengua de Castilla innumerables palabras, todo un botín que lucimos hasta hoy: alacena, algarabía, algodón, azúcar, alazán, arancel, arroba, tarifa, albóndiga, azufre, albañil, albaricoque… De los griegos, referentes culturales de Europa, heredó o se apropió de voces inefables: catedral, apóstol, pentagrama, paleografía, biología, y tantos otros helenismos, y así hizo con las demás naciones emergentes: La Galia, Italia, Britania. Ya grande, luciendo pantalones largos, dejó atrás la ciudad redonda que resultaba el Viejo Continente, y cruzó el Atlántico con las carabelas de Colón. Venía la lengua en boca de tunantes, sí, pero orgullosa: tras el Caribe adivinaba el resplandor de su futuro, y era ella un lucero sobre el ancla.

¿Y el chino de la historia? Eso lo termino de contar el otro domingo.

 

Que la palabra te acompañe.


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465099
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América