Ya salió la mojiganga, / el toro al amanecer: / salgan huyendo muchachas, / que el chivo las va a coger. Así se expresa don Moisés Elías González Díaz, autor de “Costumbres y tradiciones de la heroica Villa de Los Santos, en fiesta del Corpus Christi”.
Trece piezas dedicadas a su patria chica. Trece poemas de puro sentimiento. Creo que no representan una categoría, sino todas, porque este hombre orgulloso de la tierra que lo vio nacer solo se inspira y produce; las consecuencias son estas: el campesino enamorado, la exaltación de sus raíces e historia, el regocijo por el amor filial, una espiritualidad marcada (cuyo trasfondo son las fiestas del Corpus Christi), la herencia colectiva, la fauna panameña y el toque especial que revela el humor.
De don Moisés Elías hay que exaltar su amor por la hacienda folclórica, su decidido empeño por el rescate de las costumbres y tradiciones de la heroica ciudad (que le han hecho merecedor de un sinnúmero de premios y homenajes), y su gran virtud: hacer el bien. Él lo repite así: “Por eso, cada día que pasa, haz algo que tenga sabor a amor o de servicio a aquel que no te lo ha pedido”, lo que podemos apreciar en “Cuando Jesús expiró”: Dios nos marcó un ejemplo, / lo debemos de imitar; / si no puedes ayudar, tú no provoques el mal.
Yo no podría menos que referirme a estos cuadros, sí, eso. Son los cuadros de la obra de la vida, cuyo protagonismo ha sabido no solo llevar, sino vivir este gran maestro, el hombre, el esposo, el padre, el ciudadano.
En “Campesino enamorado”, deja ver el cortejo a la mujer, el de sus tiempos, entre la bella quebrada, la lluvia cómplice y el comienzo de las tonadas: Esta noche es día de fiesta, / con ella pienso bailar; / ya tengo todo dispuesto, / mañana me quiero casar.
“Déjate querer” es, por otro lado, la representación del amor esquivo: Sí, dicen que el amor / es la esencia de la vida… / Y el amor es algo sin nombre / que obsesiona a un hombre / por una mujer… / ¡Déjate querer!
Recordando nuestra historia, introduce otro tema, el de sus raíces. Aparece Rufina, la heroica mujer santeña, que, si se ha perdido o no existe en la memoria de los panameños, la crea, le da vida, pues, al fin y al cabo, es el hacedor de su mundo. El poema, para acercarnos o alejarnos, termina con estos vítores: ¡Que viva el 10 de noviembre! / ¡Que viva mi Panamá! / ¡Que viva la heroica Villa, / cuna de la libertad.
Dedica un poema a la madre: Dios hizo las flores, / deliciosas como son; / pero a la madre le dio más, / cuando le dio el corazón.
Es que su deceso / fue tan de repente… / y tan solo al pensarte / rezando te beso. “Vuelve otra vez” es como el autor cierra. Está entre los muertos, un bolero.
En “El viudo” nos hace reír y chistear, buscar y comprender: Yo me acosté de lado / para contemplarla toda, / y contemplar los efectos / de haber comido pescado.
Pisa la envidia e insiste en Distinto estaría mi pueblo / si la envidia no existiera; / el amor y la armonía / se sentirían por doquiera. Y vierte otro poema dedicado a los valores, que termina con este apotegma: Hazle honor a los valores, / camina con paso firme; / y, por doquiera que pases, / la gente a ti te distingue.
Algo que interesa en el libro es su función didascálica, lo que podemos apreciar en “Atención a los consejos”: …y si yo logro graduarme, / como es lo que yo espero, / devuelvo a la sociedad / esos divinos consejos / y llegaré a coronar / el esfuerzo de mis viejos.
Son tres campanas distintas / que hacen la combinación: / yo sacaba mis piquetes / en la campana mayor recuerdan la vieja tradición de “Las campanas de mi pueblo”, y Se perdió la guacamaya / y hasta el lorito que hablaba; / también se perdió el cocuyo, / ¡tan bonito que alumbraba! nos hace reflexionar sobre los efectos de la mano del hombre sobre el medio circundante.
Felicito, finalmente, a la Editorial Universitaria Carlos Manuel Gasteozoro por el diseño, diagramación y corrección de esta primera edición. Libros como este no deben faltar en las bibliotecas, en las escuelas, en los hogares de muchos panameños.