Toñito está llorando. No le hizo caso a su madre y llegó todo sucio a casa. Se fue sin permiso a jugar, sabía el castigo, pero su amor por el cuero era más grande.
Es el año de 1986. Tiene apenas cinco años. Es un pequeñín soñador. Se llama Blas Pérez. Su madre lo mira fuerte, él de inmediato llorando dice: "Mamá no me pegues".
No le pegues Dora. No, por favor. Déjalo que juegue, no sabes que eso será su razón de ser, que esa pelotita mágica es su corazón y sus goles desatarán la pasión del hincha.
Estamos en Villa Guadalupe. En frente está Dora Ortega, la madre de Blas Pérez, o como ella le dice: Toñito. Panamá América dialoga con ella.
¿Qué significa para usted verlo ahora en México?
Significa mucho, pues está trabajando para eso, para lograr triunfos, me siento bien orgullosa.
No es fácil, ¿llegar allí ha costado?
Eso fue bastante complicando, él ha pasado muchos páramos para llegar allí. Dímelo a mí, que lo he vivido con él, aunque estemos lejos, yo estoy pendiente.
Su último triunfo en Cúcuta lo viví allá con él. Y no es fácil, porque la fanaticada quiere triunfar siempre. Ellos no quieren perder, también exigen y no es fácil.
¿Cómo vivió Blas la época donde no era portada ni titular en la selección?
Él lo agarró de manera normal; para llegar a donde está, ha trabajado mucho. Siempre me decía que algún día se destacaría. No se amilanó, porque hay pela’os que se echan, él ha tenido deseos de triunfar.
¿El gol que más le gustó?
El que le marcó a Boca Juniors, yo lo viví allá, bien bello fue ese gol; ese día estaba sentada en el estadio y nada más faltó que me cargaran.
¿Me contó algo de la imagen de la Virgen que le regaló Blas?
El Cúcuta fue a jugar a México y me trajo una imagen de la Virgen de Guadalupe, me la dio con una fe. Nosotros vivimos en Guadalupe y la agarré con tanta fe. Le voy a hacer un nicho bien bonito en mi nueva casa.
¿Cómo lo veía en España?
Yo lo veía desesperado, me decía que quería jugar bien, pero las cosas no le salían.
Y de niño, ¿qué tal?
Se iba a jugar sin permiso. Se quitaba la ropa, la tiraba en el balcón. Entraba calladito y se escondía para que yo no le pegara. Y luego me decía llorando: "Mamá no me pegues".
El papá le compraba los balones y se le veía entusiasmo desde niño.
Él participó en las ligas de los Rotarios, que se organizaban en el distrito en el verano. Allí empezó y siguió jugando, se le veían las ganas.
Ya en la secundaria se metió en el Dínamo y luego a Estudiantes de Panamá. El dueño de ese equipo nos ayudó bastante; esa época fue muy difícil, crítica.
El Dr. Ramsy me le dio mucho apoyo; a veces no tenía ni para ir a jugar, había que pagar plata y allí él lo ayudaba, a que siguiera adelante.
De allí pasó a ser selección. Empezó en la Sub-17, a los 15 años, y con la Sub-20, a los 17. A veces yo no tenía plata y el doctor lo ayudaba.
¿Y en el bachillerato?
Él se graduó en la Profesional. Cuando terminó, trabajó de liquidador en Aduanas. Trabajaba, estudiaba y jugaba. El mismo doctor le dijo que tenía que dejar el trabajo, para jugar en la ANAPROF. Entonces se le presentó la oportunidad y tuvo que dejar el empleo. Inició con el Panamá Viejo, y se coronaron campeones.
¿Se fue al Árabe?
Luego lo compró el Árabe Unido y allí se dedicó de lleno al fútbol y dejó la universidad. Después pasó al Envigado, donde no le fue bien.
Estuvo en Centauros, donde rompió el récord de goles. De allí el Cali se entusiasmó, y lo compró. Se puede decir que en ese momento dejó de pasar páramos.
¿Qué le gustaría decir?
A las madres, que apoyen a sus hijos para que triunfen.
¿Alguna vez ha llorado por su hijo?
Sí. Y creo que él también. Fue cuando estuvo en una prueba en Uruguay. Me llamó y me dijo: "Madre, tengo frío". Le fue muy mal. A mí eso me hizo llorar y creo que él también lloró.
Donde mi hijo está no ha sido fácil; la gente piensa que sí. Gracias a Dios le va bien, y yo estoy contenta que esté en México, justo en el lugar de donde me trajo la imagen de la Virgen de Guadalupe.