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La maestra de yoga

“No escogimos el momento para venir al mundo: ahora podemos hacer el mundo en que nacer y crecer la semilla que trajimos con nosotros”


Moira entra con su hija al centro infantil. La mujer, detrás del mostrador, las recibe con una amplia sonrisa. Buenas tardes, les dice con una voz cantarina, ¿en qué puedo servirles? A Moira la voz de la mujer le gusta, así como los coloridos dibujos que alegran la estancia. Ojalá y a Teresita le guste también el centro. La niña mira el lugar con aprehensión. Teresita es demasiado tímida, las experiencias la paralizan y corre a ocultarse tras el cuerpo de su madre. Moira desea que Teresita no le tenga miedo al mundo aunque el mundo sea, a veces, un lugar de miedo. Cuando se embarazó de Teresita pensó en muchas ocasiones si no era iluso traer una criatura a un mundo donde ella misma había experimentado tantas desilusiones, empezando con su propia madre... pero un embarazo es la reafirmación tácita y sobreentendida de que se tiene fe en que también haya cosas buenas. Un embarazo es una reafirmación de la esperanza.

La mujer detrás del mostrador se presenta. Se llama Celina y ella y una amiga son dueñas del centro infantil. Ofrecen clases diversas: la hora de la lectura con un cuenta cuentos, pintura, cerámica, danza “hip-hop” y recién empiezan hoy una clase de yoga. Celina se agacha hasta quedar del tamaño de Teresita e inicia una conversación tan amable que la niña, dejando de lado su timidez natural, se deja conducir del brazo a la sala donde va iniciar la clase de yoga. Moira las sigue sonriendo para sí, esto es una buena señal.

En el salón hay diez niños sentados en círculo. Celina sienta a Teresita al lado de una niña que debe tener casi su misma edad, ocho años, y las introduce una a la otra. La niña le estampa un beso a Teresita quien sonríe. Moira se siente feliz. Ha venido al lugar indicado. En el salón hay un ambiente de paz y tranquilidad y se siente un sutil aroma a rosas. La instructora es una chica joven que tiene unos curiosos tatuajes en los hombros y el pelo corto y teñido de azul. Posee una energía vibrante y pronto todos los niños, incluida Teresita, están haciendo diversas posturas.

 

Moira observa desde la puerta. Celina se coloca a su lado y la invita a tomarse un té con ella mientras espera a que termine la clase. Moira la sigue a una salita que queda al lado de la recepción. —Este té me lo trajeron de la India. Tiene propiedades relajantes—, dice Celine mientras sirve el agua caliente en dos tazas. —No quiero decir con esto que usted necesite relajarse en lo particular, pero yo sí y la invito a relajarse conmigo.

Moira acepta el té y luego de sorber un poco empieza a desahogarse con Celina. Le cuenta que Teresita es muy retraída y que quizás sea un poco su culpa. Moira se separó del padre de Teresita siendo ésta sólo una bebé y no tiene familiares cercanos a excepción de la tía que la crió. ¿Y su madre? ?pregunta Celina. ? ¿la abuela de Teresa? Moira toma una bocanada de aire. Con dificultad continua la conversación. Mi madre me abandonó cuando yo era muy pequeña. Su hermana mayor, Teresa, fue la que me crió. La traté de buscar durante mi adolescencia. Llegué a encontrar a un antiguo amante suyo quien me dio una dirección. Estuve frente a su puerta y ella me vio desde el otro lado. No abrió. Lo sé porque luego llamó a mi tía y le dijo que me había visto. Que había hecho un trabajo fabuloso pero que ella no debía ya abrir esa puerta. ¿Puede usted creer? La voz de Moira está llena de amargura.

Sí, sí lo puedo creer— contesta Celina. Moira continua. Siente que Celina realmente la escucha y que puede sincerarse, a pesar de que contar su vida le resulta doloroso. Mi madre biológica se llamaba Estela y me tuvo cuando ya era una mujer de cuarenta y tres años. Aparentemente, nunca quiso tener hijos y yo fui un accidente. Vivió una vida itinerante, muy bohemia, muy loca. No sé si esté viva o muerta. Era una mujer bellísima. Las fotos que mi tía guarda en su casa lo atestiguan. Celina tiene un extraño brillo en los ojos. ¿Estela? ¿Cuál era el apellido de su madre? Era apellido Lezcano. Interesante— dice Celina. Le pide que espere un momento y sale de la sala. Regresa con una foto en la mano y se la enseña a Moira. Los ojos de Moira se aguan. En la foto, Estela está con un grupo de niños haciendo yoga. ¿Qué significa esto? le inquiere a Celina.

 

Déjeme contarle sobre esta foto. Hace unos meses atrás esta mujer de unos setenta años, Estela Lezcano, llegó aquí ofreciendo sus servicios como maestra de yoga para niños. Nos contó que había empezado a practicar el yoga y la espiritualidad oriental cuando cumplió los sesenta años. Deseaba realizar una labor que le permitiese interactuar con niños. No nos cobraría por las clases pues tenía de qué vivir. Reunimos a algunos de los niños que vienen usualmente al centro y dejamos que nos hiciera una clase de demostración. Se sentía un ambiente tan feliz, tan armonioso que usted no tiene idea. Incluso, los niños más bulliciosos y rebeldes parecían mansos corderitos al comando de Estela. Hicieron muchas posturas e incluso bailaron. Al final Estela realizó una postura para despedirse y les pidió a los niños que sólo la viesen, pero que no intentaran realizarla pues era una pose muy avanzada. Mientras hacía la postura, Estela cerró los ojos y su rostro irradiaba una expresión de absoluta serenidad. Y se quedó así. Pasaron cinco minutos y veíamos que no se movía. Extrañamente, los niños no parecían darse cuenta que algo pasaba. Les dijimos que le enviasen un beso a Estela desde donde estaban y que era hora de irse. Cuando todos salieron del salón, mi socia y yo nos acercamos a Estela. No dormía ni se había desmayado. Estaba muerta. La muerte más pacífica y quizás más hermosa de todas. ¿Ves las esferas de luz en la foto? Según los entendidos estos círculos se denominan orbes. Sobre la cabeza de cada niño hay un círculo luminoso y también alrededor del cuerpo de Estela. Hay quienes dicen que estos no son fenómenos espirituales si no perfectamente explicables por las leyes de la óptica, pero yo prefiero pensar que Estela alcanzó la redención y que los buenos espíritus nos acompañaban esa tarde. La chica que ahora dicta las clases fue una adolescente que Estela recogió luego que la echasen de casa. Se llama Amanda.

Moira siente su pecho despejado. Incluso, siente una gran serenidad. Celina y ella quedan en silencio, silencio que los pasitos de Teresita interrumpen. Teresa abraza a su madre con una expresión de alegría en el rostro. Celina le pregunta si desea volver otro día y Teresa dice sí con la cabeza sin dejar de sonreír. Creo que ya es hora de irnos, pero estaremos de regreso— dice Moira con voz tranquila.

Celina las ve alejarse. Tanto la madre como la hija se ven sonrientes. Nunca es tarde para transitar el camino del perdón.


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465108
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América