Hubo un tiempo en el que los plantes educativos tenían vida, quizás por eso no se morían a pedazos, como sucede ahora.
Los edificios, que durante los días hábiles servían como templos de formación y enseñanza, hacían las veces de espacios para el deporte, la cultura y hasta eran utilizados como albergues durante los fines de semana y días de asueto.
Antes, muchas de las escuelas estatales abrían sus puertas los sábados para que sus alumnos y la gente del barrio practicaran deportes en sus canchas. En otros casos daban techo a grupos del movimiento de scouts o colectivos juveniles de distinta índole. Así, las escuelas (sus edificios) se mantenían vivas durante el periodo lectivo y en el verano, con lo que cumplían una función social trascendental, a la vez que consolidaban su vínculo con la sociedad y con la gente de su entorno.
De esa manera se creaba una situación de empatía, la cual daba lugar a que todos se sintieran parte de ello y, en consecuencia, contribuían a su cuidado y protección.
Ahora, los fines de semana, cuando uno pasa por los predios de la mayoría de los edificios en donde hay escuelas, colegios o institutos, se asemejan a espacios fantasmagóricos, sin gente, sin vida.
Todo porque en algún momento alguien, erróneamente, entendió que la mejor forma de cuidarlos era cerrando sus puertas, sin advertir que con ello se estaba desvinculando a la comunidad de algo que debe entender y defender como suyo.
Actualmente, la gente hurta los bienes de las escuelas, los estudiantes cuidan poco lo que les pertenece y las autoridades marchan demasiado lento para atajarles el paso al deterioro y a la negligencia de los usuarios.
Como resultado de esta política de prohibir y controlar todo, nos encontramos ante el tétrico panorama de que nadie ?además del Meduca? vela porque se cuiden las instalaciones educativas y el efecto es que cada vez son más las quejas sobre el estado ruinoso de ellas.
Como país haríamos bien en revaluar el uso que les estamos dando a estos edificios. Posiblemente si se organizan y permiten que sirvan para fines extracurriculares, habrá menos jóvenes en las esquinas de los barrios y, seguramente, ellos y sus tutores se sentirán más comprometidos con su cuido.
Nos debe dar pena que nuestras escuelas parezcan bienes mostrencos por la carencia de visión y la manía de prohibir todo lo que no podemos controlar.