Luego de la reciente tragedia de Tucson en la que un joven de 22 años hirió a 14 personas y le segó la vida a otras 6, el debate tomó varias vías temáticas, y una de ellas es la necesidad de reforzar los programas del gobierno en materia de salud mental.
Y no debemos ir lejos para comprender que la violencia ocurre con más frecuencia de lo que imaginamos en los círculos más íntimos y en los más distantes: doméstico y social.
En nuestro ámbito se encienden las alarmas cuando ocurre un suceso doloroso que entrañe violencia, como por ejemplo, el fallecimiento de una ciudadana a la que su esposo le cercenó un brazo.
También está fresco el episodio de los jóvenes quemados en un centro de cumplimiento para menores infractores. Lo que sobrevino fue la tradicional reacción de los sectores con responsabilidad. No hay prevención.
Y la prevención debe incluir un programa extendido y continuo de salud mental que involucre a todos: niños, jóvenes y adultos.
A los niños se les puede ayudar a evitar estas situaciones de violencia. En la gente de otras edades, se les debe orientar sobre cómo enfrentar situaciones complicadas e incluso, cuando sea el caso, ofrecerles tratamiento.
A los padres se les puede enseñar a descubrir síntomas de conductas extrañas en sus hijos. Un especialista ilustra que el 75% de los casos de trastornos psiquiátricos se manifiestan antes de cumplir los 24 años.
Ojalá que aprendamos no a reaccionar ante las tragedias, sino a prevenirlas, con programas adecuados, con el personal y los recursos necesarios.
Juan Jacobo Rousseau planteó en su Contrato Social que el hombre nace bueno, pero la sociedad lo corrompe. ¿Qué se puede esperar de un niño maltratado físicamente por sus padres, de un niño que ve a su padre o su madre consumir drogas, de un niño sumido en la soledad? ¿Podremos esperar que el 90% ame a su prójimo, le cante al viento y sea bondadoso?
Ellos y tantos otros con trastornos biológicos, necesitan que el Estado les brinde ayuda en salud mental. Y la sociedad entera necesita superar la creciente enfermedad de la violencia.