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La muda


Pasa inadvertida para muchos y pronto se siente extraña y perdida cuando se introduce por entre los bastidores del circo, previamente a su función. Los mimos, todos pintados de blanco, la observan desde la inmovilidad de sus posturas; los saltimbanquis le hacen venias burlescas y los tramoyistas no se fijan, tan enfrascados como están en sus faenas. Se acerca un poco y concluye que aquello es como una pequeña ciudad de locos: cada quien se viste y desenvuelve de diferente manera.

Esa reflexión le recuerda que así como a ellos sus vestimentas y poses los hacen parecer chiflados, mucha gente esconde su auténtica realidad. Se acomoda debajo del alero de una carpa y toma un poco de agua que brota de un surtidor. Entonces, al cobijo de la sombra y muy cerca de los elefantes encadenados evoca su vida pasada.

Milantia creció en un inmundo barrio y a muy temprana edad fue entregada al párroco de la iglesia cuando quedó huérfana. Nadie supo nunca que el cura le enseñó a ser buena y piadosa, pero abusó sexualmente de ella por varios años hasta que lo trasladaron a otro pueblo. Al poco tiempo tuvo que vagar por las calles y, en esas circunstancias vio pocas opciones para sobrevivir; optó por la más fácil. En poco tiempo, aquella pobre mujer se dio cuenta de que los únicos seres magnánimos eran los ángeles que veía pintados en la cúpula de la iglesia porque, en su oficio, los hombres sólo le ofrecían su amor por horas. Un largo y sincero amor sólo lo vio Milantia en las telenovelas.

 

Pero lo supo tarde, cuando ya estaba mordida por el desamor y sola tuvo que mecer la cuna.

Una miseria sucedía a la otra. Sin embargo, su pequeña hija registró en su vida una intensidad de amor tan rebosante que la hizo sentirse plena y supo que nunca necesitaría a nadie más.

Una noche tenebrosa y fría, mientras intentaba que el viejo de la farmacia le fiara un medicamento para su niña, la vela cayó e incendió el cuartucho de Milantia. Desde entonces lloró día y noche hasta que el sufrimiento dio paso a una melancolía tan fuerte que la dejaba ausente con un estupor casi autista y fue entonces cuando se largó del pueblo.

 

Milantia no se dio cuenta de que la rodeaban varios niños del circo sino cuando éstos empezaron a tironearla de sus harapos y de la melena sucia y enmarañada. Un hombre viejo con un cigarro colgando de la boca y calzando botas y con fusta de jinete ahuyentó a los chicos y se le acercó con la intención de echarla fuera de aquellos predios, pero una vez cerca vio que debajo de tanta inmundicia había el cuerpo apetecible de una mujer y los ojos se le iluminaron con lascivia.

Milantia no conocía casi nada del mundo, pero esas miradas las vio todos los días durante mucho tiempo. Súbitamente, al ver su gigantesca sombra proyectada en la carpa, desapareció el trauma que la había dejado muda desde que murió su bebé y se irguió, le arrebató la fusta, se abalanzó sobre él como un animal herido y gritó con la fuerza que no tuvieron millones de mujeres maltratadas:

¡Lejos de mí, lobo asqueroso, yo no soy ninguna oveja!


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457419
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América