Tal vez estoy equivocado, tal vez sea error tomarla tan personal cuando es lo más unívoco, irreversible y mandatorio que nos sucede. Tal vez sea ciega y anda por ahí dando tumbos y tumbando en tumbas a la gente, tal vez. No puedo evitar convertirla en personaje y mirarla con rencor. Me golpeaste a traición, muerte. Primero mi amigo Nodier Jaramillo, el más joven de la antigua pandilla de bohemios (César, José, Mario, Silvia, Braulio, Boris, Aurita, Nelly...); luego mi sobrina-ahijada Irma Aurita.
¿Por qué te ensañaste, por qué los escogiste? Ambos eran (y no escribo esto porque han muerto sino porque es tristemente exacto) los más llenos de vida, los más cargados de alegría, de sonrisas, de abrazos, de un humor imponderable que parecía hecho a prueba de ausencias.
Busco refugio en la literatura, en la poesía, única desafiante a esta señora que todo se lo lleva. Si pienso en Nodier, me da una palmadita Miguel Hernández y me dice para que lo aplique a mi amigo: “Su corazón, ya terciopelo ajado, llama a un campo de almendras” Y él mismo, si pienso en Irma Aurita: “Por los altos andamios de las flores pajareará su alma colmenera”.
Mi amigo el magistrado ha dejado a Aurita (irónica coincidencia que la esposa de mi amigo se llame como mi ahijada), para ir buscando otros más altos tribunales, oscuros o luminosos, ¿quién lo sabe?
Mi querida sobrina, deja a sus padres, golpeados, noqueados de dolor (¿quién resiste ese golpe bajo sin chillar?). Ella se va con su risueño carácter a regalar sus abrazos al viento. ¿Cómo pudo la muerte vaciar de un manotazo todo el fluido de su vida? Por ella vuelvo a recordar los versos de Bécquer que aprendí de joven: “Despertaba el día, y, a su albor primero, con sus mil ruidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento: «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!»
Irma Aurita y Nodier partieron del mismo puerto a explorar lo inexplorable. El hospital hace su lucha con la muerte, pero a la larga pierde. Como dice Lorca: “El viento se llevó los algodones (…) y el óxido sembró cristal y níquel”.
Consuélame poesía y consuela a los que mayor pérdida sufrieron. La vida es imponente y aunque caminemos ”sin calor y sin consuelo, tendremos que ir del corazón a los asuntos”.