(Dedicada al hermano de tinta, vecino de columna, Héctor Collado).
La lluvia, bendición segura, se derramó sobre el camposanto chorrerano justo cuando terminaron las palabras de Xavier Collado aludiendo a la madre, alma volando en busca de su Creador, y al ancho espacio de dos brazos en los que cabía el mundo. Me acerqué entonces a Héctor, para manifestarle mi solidaridad ante el instante crucial por el que pasaba (¿quién no ha sido hijo?, ¿quién no teme a ese momento en que hemos de cortar, esta vez sí, el cordón umbilical?)
Entre esas palabras se colaron otras (de tanto vivir con las letras aprendemos a justificar estos deslices) sobre su columna del primero de noviembre (“Himno Nacional, una lección de historia”), y su preocupación por la poca comprensión que existe acerca del significado de nuestros símbolos patrios.
“Fervor patriótico” llaman los comentaristas de televisión a las contorsiones de muchos alistados que pugnan por hacerse notar al son de los compases guerreros o de las notas de alguna melodía caribeña o local con los que suelen acompañarse los desfiles de estas fechas. Pero, ¿cuántos de ellos tienen una idea certera sobre lo que motiva tales festividades? A juzgar por las encuestas informales desde la acera, muy pocos.
Dicen que los docentes somos los culpables; no lo niego del todo. ¿Pero es que somos tan distintos los maestros de ahora a los de antes? Hay quienes arguyen que es el hogar, algunos que la sociedad. Al parecer, cambiamos mucho en pocos años.
La Patria es nuestra madre, de su útero pródigo venimos; pero, si no podemos reconocerla por el aroma de su calostro, por el murmullo de sus ríos (como bien apuntaba hace poco el profesor Julio Yao), por la tersura de sus brisas, por las formas de su geografía, por el significado de sus signos, seremos huérfanos prematuros.
Juro que tuve los mejores maestros del mundo; lo he dicho antes: desde aquellas modestas y gratuitas aulas de Las Lajas hasta los también modestos y casi gratuitos claustros de la Universidad, entre mis preceptores hubo incógnitos sabios; los que no, se alzan en mi memoria como brujos portentosos capaces de enflaquecer con sus ensalmos las más robustas ignorancias.
Con esos maestros debí aprenderme, para siempre, el significado de cada color, de cada icono, de cada verso en nuestros símbolos. Es más, a fuerza de sabérmelos, terminé respetándolos y, una cosa lleva a la otra, llegué a amarlos. ¿Ha pasado tanto tiempo? Me niego a reconocerlo. Creo que nuestro desconocimiento de los principios en los que se funda eso que llamamos Patria, eso que bien puede compararse con la tibia Casa de la Madre, es lo que al final, de un modo inexorable, nos conduce a hacernos extraños ante ella.
Pero, no seamos de los que a cada solución aportan un problema; remedando el interés de Héctor en su columna, compartiré con los lectores de Día D un ejercicio que era común en mis días de escuela rural, cuando nuestros docentes se esmeraban por esparcir literales torrentes de luz entre las neblinas amenazantes.
Era un juego en el que procurábamos descifrar el lenguaje poético de algunas composiciones que estudiábamos, cuyo tejido podía parecernos demasiado intrincado. Con auxilio de un diccionario básico (no teníamos otros), tratábamos de deconstruir el verso, extraerle su magia y dejarlo en el mensaje llano. Por supuesto, era como despellejar un conejo para ver sus tejidos pero, créanme, así aprendíamos a amar al conejo, digo, al poema.
Venga aquí, a esta columna, el otro domingo, para terminarle la historia.
Que la palabra te acompañe.