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La noche de mi espanto


El viaje fue largo y cansado. El viejo muelle estaba nervioso por la algarabía de los niños desnudos. Se lanzaban al mar, y surgían como aterrorizados, con los ojos muy abiertos. El sol caminaba despacio. Las galerías de montañas se mantenían inmóviles ante el olor de algas.

Llegué invitado por mi próximo amigo que aún no había llegado. Podemos aprovechar el rito de la amistad durante la fiesta de la chicha que dura tres días, decía en su carta. La ceremonia se podía realizar con una mujer o con un hombre, y quedaba sellado con un huevo cocido de gallina y un plátano asado.

No fue difícil encontrar el lugar para hospedarme. Una anciana me esperaba, y no tuve tiempo para conocer la isla. La noche llegaba con el sonido fresco de los platos, con rumores que estremecían mis latidos. Mientras esperaba la sorpresiva comida nocturna en la mesa. Mi anfitrión me contó acerca de un niño que desapareció en el mar.

 

Lo buscaron en vano -dijo él- hasta que un día apareció flotando en la entrada del río.

Los padres sufrieron bastante y, para sorpresa, el pueblo nunca supo del entierro. Contó de sus apariciones con la luna llena. Aseguró, muy en serio, que algunos lo han visto caminar hasta la orilla del mar. Terminó de hablar cuando la cena llegaba espantando mi digestión.

Mi susto fue grande al ver en mi plato un perico sin plumas, asado y adornado. Con sus ojos redondos flotaba entre las yucas salcochadas. Asombrado y molesto miré al abuelo que saboreaba un trozo de pescado ahumado, acecinado con guineos y leche de coco.

 

Me levanté de la mesa. Atrás, la risa del abuelo navegaba sobre el humor del mar. La anciana, de baja estatura y encorvada, me acompañó hasta una choza, luego desaparecía en la oscuridad. El sombrío dormitorio estaba avivado por una lata. En su tapa aparecía un trozo de tela que apenas alumbraba. Estaba cansado, así que rápidamente busqué la hamaca, y olvidé el aroma de agua de florida que me estremeció al entrar.

Cuando volví a despertarme escuché el canto de los gallos. Al rato sentí la necesidad de hacer aguas menores. Casi dormido me levanté, cuando lo vi aparecer entre la oscuridad. Tenía la cabeza agachada, sin decir una palabra se acercó para agarrarme de la mano, no puse resistencia, y llegamos hasta la orilla del mar. Traté de zafarme, fue entonces que lo vi transformado. Sentí la succión de una ventosa. La situación se había transformado en una lucha desaforada. Sus músculos se aferraron con más fuerza a mi cuerpo, luego escuché la risa profunda, y el eco que provocaba la caída de un cuerpo en el mar, y me sentí, como arrancado de la tierra, quedaba congelado por una nube negra.

Unas manos pequeñas lograron despertarme. Al ver su rostro me levanté sobresaltado y, sin poder gritar, corrí hasta tropezarme con una sábana que guindaba como una cortina. Bese bruscamente un montículo de tierra. Abrí los ojos, y quedaron redondos al ver una cruz de madera.


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706543
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América