El quinteto de los Canguros de Parque Lefevre se encargó de que la noche del sábado no fuese tan negra como se vislumbraba. Era la final del torneo de clubes campeones de baloncesto de Centroamérica y los Jaguares de Chiapas dominaban a Panamá por 19 puntos en la mitad del encuentro.
Pocas horas antes, los Yanquis de Nueva York, un equipo casi adoptado por los panameños, habían sido eliminados por los Angelinos de Anaheim y en México, Panamá fue superada por Dominicana.
Todo hacia presagiar una noche negra, tal cual se iba haciendo realidad en el Gimnasio Roberto Durán, cuando en el segundo período, los Canguros dejaron de saltar y los Jaguares tomaron una cómoda ventaja de 55-36, ante la desesperación de una fanaticada.
Para Maximiliano Gómez, uno de los baluartes, la concentración y las ganas de llevarse el triunfo, fue la tónica que los hizo reaccionar, casi de la misma manera que aquel inolvidable equipo del 70 que se llevó la medalla de oro al superar a Cuba. En aquella ocasión, un gigante de solo 5 pies 7’ llamado Davis Peralta Jr, fue la gran inspiración en los momentos claves.
El sábado no eramos miles, pero si varios cientos, que presenciamos como Jair Peralta comenzó a tomar protagonismo, junto a figuras como Max Gomez, Eduardo Isaacs, Danubio Bennett, Gonzalo Ortíz, Antonio García y Pedro Salazar.
Una canasta de tres de Max Gómez a pocos segundos del inicio del tercer período advirtió que Panamá venía a la guerra. Allí en pocos minutos, se desató la tropa nacional con Peralta, Bennett, Salazar, Isaacs y García como sus grandes capitanes.
La ventaja que antes era de 19, se reducía poco a poco, ante la algarabía de un público que necesitaba una victoria esa noche. Se jugarían los ultimos 10 minutos con la ventaja para los Jaguares 75-70. Eran solo cinco puntos que parecían una tonelada.
Fue allí, en esos últimos minutos claves, cuando la magia de Peralta comenzó a hacer efecto. Este extraordinario atleta se olvidó de su yeso, de su hinchazón, de su tobillo... de todo y comenzó a penetrar y a tirar de afuera, con precisión, casi de la misma forma como lo hizo su padre en el 70.
Todo ese esfuerzo se conjugó con la valentía y el corazón de García y Ortíz; la hidalgía y el coraje de los colonenses Bennett e Issacs; la sangre fría del Misil Gómez y la fuerza de Salazar, al igual que Joel Muñóz, un chicle que al final hizo efecto.
Cuando faltaban menos de 3 minutos para la terminación del partido, la ventaja seguía de cinco para México. Cuando faltaban 2:15 para el final, Isaacs recuperó a base de coraje y garra un rebote. Allí le hicieron falta y coló ambos. Una falta técnica, sirvió de bendición a esas alturas, ya fueron dos tiros libres brillantes de Peralta que no perdonó. Panamá se fue arriba por un punto. Los 19 de ventaja fueron borrados. !De que forma!.
Un triple de Max Gómez, no le permitió a la fanaticada panameña volver a sus asientos. Allí Panamá tomaba ventaja de 4 puntos. El final estaba cerca y la defensa de los Canguros comenzó a saltar, a presionar y a hacer su trabajo, mientras que los mejicanos no acertaban.
Panama era el campeón del torneo de clubes. La victoria final, sufrida, pero necesitada y anhelada fue de 86-82.