Así como hay gente que colecciona estampillas, botellas de cerveza (luego de consumir el líquido), estampas de béisbol, alergias o monedas, a cada rato yo empiezo una colección de errores ortográficos extraídos de la publicidad. Para tal fin, y porque la memoria es infiel, suelo anotar cada muestra en una libreta de bolsillo o en algún papel que tenga a mano. Me falta constancia, lo admito, o bien me dejo vencer por la certeza de que carece de sentido coleccionar algo que no es escaso.
En las calles de la capital, en los medios de comunicación, a lo largo de las carreteras o caminos del interior del país, uno puede ir leyendo anuncios, vallas o simples carteles, algunos de cuyos productos, en vez de impactar por ellos mismos, se quedan en la memoria por el descuido o falta de interés en la calidad del texto que los acompaña.
Dislates como “Pollo a la braza”, “Motores a injección”, “No se estacione, garage”, “El angar de Fulano”, “Quiosco el Salzozo”, “P.H. El Marquéz”, “No se horine aquí”, “Atención profecional”,
“Estamos abierto” y tantos otros que he ido copiando en una libreta con la intención de, algún día, hacer una lista de ejemplos que opaque los disparates que uno lee en los, hasta ahora, campeones en la materia: los cintillos de texto en la televisión y las defensas de los diablos rojos (ambos espacios son insuperables en cuanto a mala ortografía, seguidos de lejos por las presentaciones en Power Point de ciertos expositores muy especializados).
Hace un par de años pensé emplear algunos criterios que sirvieran para depurar mi cada vez más extensa lista; así, por ejemplo, decidí no incluir problemas con signos de puntuación (y conste que no es porque carezcan de importancia; al contrario, piensen en cómo afecta una coma el sentido de esta reflexión enviada por una colega: “Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda”; pruebe colocando la coma después de “tiene” y, luego, después de “mujer”). Consideré también dejar por fuera a los de admiración o de interrogación, incluyendo la mutilación que de ellos se hace, al colocarlos solo al final de las expresiones. Hasta quise olvidarme de las mayúsculas (y eso que algunos insisten en que sus cargos obtienen más importancia escritos con letra capital, y no faltan los que escriben títulos y encabezados con mayúscula en cada inicio de palabras, como en inglés). Decidí quedarme con los simples errores en las letras, que ya son legión, como los demonios más viles.
En fin, mi tarea ha sido suspendida varias veces, por presentir que es mal sin remedio. Pero este domingo amanezco creyendo que no, que hay que alzar la voz y pedir que alguien tome cartas en el asunto para exigir responsabilidad a los que arman textos destinados a exhibirse públicamente pues, y de esto hablaremos en la siguiente columna, tales descuidos propalan un daño evidente, porque así como una vez se dijo que “la letra con sangre entra”, también es cierto que la ortografía entra por los ojos.
Que la palabra te acompañe.