El artículo del domingo pasado en Día D sobre Ernesto Cardenal me dejó pensando, y justamente el martes me hicieron llegar por Internet una entrevista hecha a Jean-Paul Sartre, otro polémico escritor, que en 1964 rechazó el galardón (aun cuando sólo estaba nominado).
Cuando Jean-Paul Sartre rechaza el Premio Nobel de Literatura se explica en esta entrevista, diciendo que esta distinción sólo marcaba una diferencia que no debía existir, que no lo hacía más hombre o mejor que ningún otro, sino que significaba un crimen contra sí mismo como hombre universal, que como tarea tiene todo escritor. Agregaba que estas diferenciaciones son objeto de la vanidad y de la ambición que oculta una mediocridad.
Sartre se refiere en esta entrevista a la verdadera búsqueda del escritor, que es ser hombre entre todos los hombres y vivir lo que vive el más humilde de los hombres (vaya, que no había entonces lenguaje de género). En ese sentido, está más cerca Ernesto Cardenal, que el más premiado de todos los escritores, porque ha hecho de su vida una lógica consecuente con lo que escribe. De hecho, me parece apenas un atisbo de lucidez el que su obra sea catalogada por alguien como dispareja, ya que dispareja es la vida misma. Lo contrario no es Cardenal, sino algún pretencioso cazador de condecoraciones.
Sartre citaba a Marx en dicha entrevista para referirse a estos escritores tan aferrados al oficio como si fuera un estatus. Si, porque como decía Jaime Sabines, el poeta es un peatón más cuando va por la calle. Y es que si la actividad del escritor no está ligada a la condición humana ¿de qué escribe? ¿Es acaso un experto en pobreza, que no sabe lo que es sonreír a los hijos con el estómago vacío? A mi juicio, Cardenal supera estas nimiedades del oficio literario, como son recibir el reconocimiento de quienes en realidad no le quieren, porque es obvio que no quieren lo que él hace en Nicaragua.
En alguna otra entrevista o carta pública, Sartre se explica diciendo que el Premio Nobel de Literatura es un asunto político y que él no vendería su posición política ni por las doscientas mil coronas suecas que significaba, para hacer de bufón del capitalismo y legitimizar su tiranía en Vietnam o en América Latina. Muchos de nosotros nos quejamos del Premio Nobel ¿de la paz? de Barack Obama, pero hoy estaríamos dispuestos a compartir las incongruencias que siempre aborrecemos de esta institución.
Si por el contrario, como dice otra vez Sartre, le dieran el Premio Nobel de la Paz a los 121, eso sería un gesto de solidaridad con su causa de vida, con el hombre que escribe, con el hombre que intenta ser hombre entre los hombres. Eso sería una condecoración más coherente, y dejemos los premios literarios para quienes todavía no hemos superado esas pequeñas miserias.