Muy a pesar del gobierno chino y de todos sus esfuerzos para evitarlo, la politización de los Juegos Olímpicos del próximo verano crece exponencialmente y a falta de menos de cinco meses para que se levante el telón, empiezan a ser demasiados los frentes que tiene abiertos Pekín.
Salvo la prensa china, casi nadie habla estos días de la capacidad de coordinación y previsión de la organización, ni de su receptividad para asimilar experiencias de Juegos pretéritos, ni siquiera de los estadios de relumbrón.
Todo aquello que iba a convertir los JJOO de Pekín en los mejores de la historia ha quedado de momento aparcado porque los más críticos con Pekín y su régimen se han puesto en marcha para hacer oír su voz y tratar de desnudar ante el mundo entero lo que consideran las miserias de este particular sistema comunista.
El enquistado conflicto que China mantiene con el Tíbet desde que ocupó la región militarmente en 1951 ha reverdecido esta semana con manifestaciones independentistas, reprimidas por el ejército chino a base de gases lacrimógenos, que se saldaron con la detención de cien personas.
El ejército ha acordonado los tres mayores monasterios de Lhasa, capital del Tíbet, y según Radio Free Asia dos monjes budistas se encuentran en estado crítico tras sendos intentos de suicidio, acontecimientos que no hacen sino alimentar el discurso de las organizaciones internacionales pro derechos humanos.
Pekín insiste en que la politización de los Juegos contradice el espíritu de la Carta Olímpica.