Hace tiempo publiqué un artículo con recomendaciones sobre las presentaciones de libros, basadas en lo que uno observa y experimenta en estos actos. Varias personas me han pedido copia, o se han referido a esos comentarios en distintos foros. Dado que el interés se mantiene, quiero refrescarlo en esta columna, que es leída por personas que, por distintos motivos, pueden interesarse por el tema.
No siempre, ni en todos lados, se acostumbra a presentar un libro. Algunos recomiendan ponerlo en silencio en las librerías, que él caminará solo. Eso, hoy, es una falacia. La competencia es dura en este ámbito, que no cuenta con canales promocionales permanentes, y más si no contamos con un nombre, o el de una editorial, que nos respalde. Por eso recomiendo, si tiene un buen libro, preséntelo, entréguelo al público formalmente.
Tal presentación es como bautizar a un niño, igualito. Hay que seleccionar a los padrinos e invitados, distribuir invitaciones, acondicionar un local, participar en una ceremonia ritual y, si es posible, ofrecer un brindis (que es opcional, pero prolonga el evento y dispone el ambiente para un coloquio auspiciador).
Hay que tomar en cuenta la fecha, la hora, las posibilidades de acceso al lugar, la facilidad de estacionamiento; todo esto tiene que ver con el tipo de público al que nos enfocamos (niños, jóvenes, adultos, profesionales…). Un libro luce entre libros, en sitios que vayan a tono con la obra (algunos, por su temática, se acomodarán bien en un restaurante, en una discoteca, en un cine; eso no es inusual). En cuanto al programa, los puntos no deben ser extensos; tampoco las intervenciones.
Se inicia con la bienvenida, que hace el maestro de ceremonias, quien debe estar al tanto de todos los detalles con anterioridad; luego, alguien que conozca bien al autor o autora lo presentará ante el público, con sobriedad (nada de ditirambos ni de lisuras), y se continúa con la presentación en sí del libro, lo que debe encargarse a un buen lector, alguien que sepa de estas lides y que signifique un adecuado referente para los receptores potenciales. Culmina con las palabras de agradecimiento del escritor, sinceras, comedidas, cortas y, si hay, el brindis. Entre un paso y otro pueden intercalarse puntos culturales, mejor si aluden al tema del escrito.
Hasta aquí todo parece sencillo, pero, se los aseguro, nunca faltan las sorpresas. Por lo general van desde las del tipo “¿por qué a mí?” (no escampó en 24 horas; los antimotines están batiéndose contra airados ciudadanos justo frente al local de la presentación; la imprenta no entregó el texto a tiempo; el restaurante envió bandejas con huevos y carnes frías, cuando su libro es para vegetarianos; usted amaneció con varicela; hay un juego de fútbol de los llamados “de vida o muerte”, a pesar de que ocurren todas las semanas…); o las de “oye, ¿quién te autorizó a hablar de eso?” (cuando uno de los presentadores se acuerda en dónde surgió la primera idea del libro, entre copetines, en cierto lugar donde las damas eran tan precavidas que se apoyaban en tubos para danzar; o cuando a la autora le recuerdan, frente al nuevo consorte, al primer esposo que tanto la animaba a escribir); hasta las peores: cuando un sonreído presentador invierte todo su tiempo en contar la trama de la novela, y luego dice que no le gustó.
¿Podemos blindarnos contra un mal de ojos de estos? No se pierda la siguiente columna de esta serie, aquí, en esta misma página dominical de DíaD, el otro domingo.
Que la palabra te acompañe.