Cuando Jean-Léon Gérome se sintió satisfecho de su labor, se le quedó mirando consternado, quiso terminar su pintura pero en esos momentos le faltaba valor e inspiración para dar los últimos trazos a su obra.
Decidió tomarse un descanso y lo hizo allí mismo, en el taller, junto al caballete que sostenía el cuadro y sus preciados pinceles.
Al pintor francés se le había otorgado el blasón de la Gloria, mas no el del Amor.
Al despertar, y otra vez frente a su lienzo Pigmalión y Galatea, se encontró rodeado de los mensajeros de los dioses, quienes tomando la apariencia de pequeños ángeles y armados con arcos y flechas, intentaban decirle algo.
Pensó que ellos sabían que estaba inacabada la pintura de la estatua de la mujer desnuda sobre el pedestal junto a dos cajones, una escalera, cincel y martillo, y que le urgían a terminarla, so pena de muerte.
Entonces le asaltó una idea que creyó salvadora porque no quería entregar a nadie el lienzo con la talla de la mujer de la que se había enamorado.
Se introdujo el artista en la tela y, subido en uno de sus cajones de madera, abrazó la figura de mármol que había creado y besó sus labios fríos. No se dio cuenta de que los querubines disparaban sus flechas y que la escultura empezaba a tomar el color de la piel humana.
Dos siglos después, estoy sentada frente al famoso cuadro en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York y, mientras escucho al guía que cita con monotonía: "Nació en 1824, murió en 1904", pienso que cualquiera del grupo que observa podría preguntarse:
¿La figura encarnó por las flechas de Eros? O, en todo caso, ¿por cuánto tiempo fue humana la estatua?
Yo sonrío al contemplarlos porque no saben que después de librarme de la prisión de mármol, la nuestra fue una enigmática historia de pasión que los dioses creyeron merecedora de una recompensa: el honor de reencarnar por toda la eternidad para venir aquí por las tardes… a recordarlo.