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La rehén


""Quien no comprende una mirada, tampoco comprenderá una larga explicación." Proverbio árabe.

Nunca me imaginé lo que ocurriría cuando el director del diario para el que trabajo como reportera me encomendó entrevistar y armar un reportaje con la historia de una mujer a quien un grupo de guerrilleros mantuvo secuestrada durante siete años. Lo que el periódico me solicitaba con frecuencia era cubrir los viajes caritativos de las primeras damas de países desarrollados o las labores humanitarias que algunos astros del celuloide realizan para UNICEF; trabajo un poco tedioso de relatar, pero que me permitía visitar nuevas latitudes y ??"para ser sincera??" me brindaba, en las noches, el perfecto y anhelado marco de paz, gracias al cual podía disfrutar de tiempo y soledad: los ingredientes básicos de los que se nutre mi pasión como escritora.

Un poco a regañadientes salí de la oficina del director con la foto de la mujer secuestrada en una mano y mi portafolios en la otra. Entré a un bar con el fin de consentir mi ánimo con una cerveza bien fría y, pasados unos minutos, me encontré observando aquella fotografía y preguntándome qué aspecto tendría esta señora después de siete años en cautiverio. Saqué de la Internet toda la información sobre el rescate ??"el cual había impactado a la opinión pública en los últimos tres días??", y me sorprendí de no recordar algunos detalles. Resumiendo, Sofía Vergara de Gaviria, una linda mujer de treinta y tantos años, esposa de un conocido juez, fue secuestrada junto a su hijo de quince, a la salida de un gimnasio donde todos los días lo recogía a las seis de la tarde. Era una rutina que repetían cinco días por semana porque, mientras la madre se ejercitaba trotando en un parque cercano, el muchacho jugaba al baloncesto. Dos semanas después, y sin ofrecer ningún tipo de explicación, el jefe de los secuestradores dejó en libertad al hijo de Sofía. Ese hecho sorprendió a todo el mundo y originó que se barajaran diferentes hipótesis sobre la razón que habría tenido Maximiliano, para tomar aquella determinación que contradecía su mala fama de insensible y sanguinario. Terminé mi cerveza y decidí irme a casa. Resolví enterarme del resto de la historia el próximo día a las cuatro de la tarde, cuando las personas del entorno de doña Sofía habían facilitado que ésta me ofreciera una breve entrevista.

 

"Pase adelante y siéntese ??"me dijo sonriente una bella mujer cuyo aspecto no lograba convencerme de que era Sofía Vergara en persona quien me daba la bienvenida en una sala de recibo del hospital donde debió permanecer por breves horas.

"Muchas gracias.

"Usted perdone que no tengan aquí todas las comodidades de una casa.

 

Recuerdo que pensé por un instante cómo era posible que una mujer pudiese restablecerse tan rápido de esa larga y amarga experiencia y que además luciese bonita.

Señora, cuénteme: ¿Cómo fue lo de la liberación de su hijo?

"En este cuaderno tendrá toda la historia de mi aislamiento, como yo prefiero llamarlo. Al principio mis captores se negaron a facilitarme hojas y bolígrafo para escribir. Pero, tras la liberación de mi hijo, comprendieron que les convendría mantenerme ocupada. Ahora se lo entregaré a usted porque creo que una mujer puede entender mejor mis razones.

 

"Estoy de acuerdo, dije tomando el cuaderno. Lo cuidaré bien. No se preocupe. Y por supuesto, se lo devolveré mañana.

Me levanté, respetando el tiempo acordado, con la promesa de vernos en la tarde del siguiente día, en un lugar del cual alguien me informaría.

Hoy es el día número veinte. Secundino, el indio que han asignado para que sea mi custodio, al poco tiempo de conocerme, a escondidas, ha estado enseñándome a hablar su idioma. Maximiliano, el Líder, no me ha prestado mucha atención y los dos nos hemos aprovechado de ello. Es un indio corpulento, con apariencia gallarda y más de seis pies de altura. Lo que más admiro de Cundo, como he dado en llamarlo, es que se afana por aparentar ser un tonto útil y a todos logra engañar; con lo cual demuestra ser más inteligente que ellos. Fue el único que presenció mi enfrentamiento con Maximiliano el día que éste me dijo que iba a fusilar a mi hijo. Pienso que le ha permitido seguir viviendo porque cree que Cundo es un idiota que no entiende nada. Las cosas se suscitaron de la siguiente manera: Maximiliano me mandó a llamar. Estaba furioso porque el gobierno no accedía a sus peticiones; caminaba de un lado a otro de la tienda de campaña. Cuando me vio entrar me gritó:

 

"¡Tú, buena para nada! Ni siquiera me ha servido que seas la esposa de un conocido juez, para presionar una negociación con el gobierno. Dicen, aunque no lo creo, que no les preocupa un carajo lo que les pase a ustedes.

Y "volteándose hacia mí y alzando el dedo con gesto amenazante??" ¡Ahora les demostraré que yo también creo que no valen un coño! Fusilaré a tu hijo mañana a primera hora, como he hecho con otros rehenes. ¡De modo que si sabes rezar, empieza a hacerlo, porque antes de que amanezca es hombre muerto!

Una ira furibunda me invadió, tanta que sentí que era otra la que hablaba por mí.

"Entonces, ¡maricón de mierda!, si tienes madre viva, mándale a decir que rece, pues si lo matas, tú también serás un hombre muerto.

Su cara de estupefacción fue tremenda, se le demudó el semblante, apretó los puños y yo me mantuve firme esperando el golpe de su respuesta. Cundo se volteó hacia mí, supongo que sorprendido por mi reacción. Y entonces Maximiliano abrió la boca por donde de seguro saldrían las órdenes de nuestros fusilamientos, pero en vez de lo esperado, dio con el puño un golpe en la mesa y dijo con un gesto indescifrable:

" ¡Vaya!, conque la mosquita muerta ha resultado ser una mujer con cojones! ¡Sal ya de mi presencia!

Cundo me sacó rápidamente del lugar. A mi custodio, quien tenía la piel oscura y curtida por el sol, se le veía blanco de asombro. Después de aquel incidente pasaron muchos días.

Como suele suceder aquí con todas las novedades, la noticia de que mi hijo había logrado escapar me llegó escueta, sin detalles de ningún tipo, porque apenas algunas primicias consiguen filtrarse. El comandante recibe la información y revela lo que le conviene o lo que se le antoja que se sepa. Pero sólo el conocimiento de que mi hijo había escapado, obviamente ayudado por alguien, me hizo sentir una intensa alegría; todas las penurias y privaciones me parecían un bálsamo, comparadas con la angustia y el terror que sentí los primeros días, frente a la cruda realidad que nos acechaba.

A partir de aquel momento ya nada me importó, ni siquiera las extravagancias del comandante, quien cual monarca de un reino que se inventó, disponía de la vida de la gente como le venía en gana y todos debíamos plegarnos a los nuevos dictados de su humor.

La guerrilla acostumbraba agruparse en dos tropas diferentes. Una estaba formada por los que actuaban como piratas, ladrones y soldados. Éstos permanecían alejados de nosotros, quienes hacíamos una vida menos errante. En la otra banda, varios centinelas custodiaban a cuatro rehenes importantes de cuyos nombres no me he enterado, pero aparentemente dos de ellos eran reporteros de la televisión. Lo sé porque me lo ha contado Cundo.

Sofía, claro, no supo sobre la emboscada porque su custodio, indio astuto al fin, no quiso darle esa información que los perjudicaría en caso de que Max dijera algo a Sofía y ella se encrespara de indignación y le soltara la verdad. Ella sólo supo que Cundo no estuvo con ella por unos días, pero adónde fue y qué pasó sólo él lo sabía.

La noticia de los reporteros, de la esposa del famoso juez, y de los otros hombres rehenes de la guerrilla, dio la vuelta al mundo y el asunto fue llevado hasta las Naciones Unidas por los cancilleres de sus países. La O.N.U. presionó al gobierno, quien ya tenía las coordenadas de sus movimientos. Hicieron un ofrecimiento a Maximiliano y éste oliéndose una trampa, pero a la vez deseando negociar el canje ofrecido, mandó a los prisioneros con un grupo de sus mejores hombres y a Cundo con ellos. Por una parte le serviría porque era el que más conocía esa selva y debía alejar al ejército de dónde se encontraban ahora. Y por otra parte, si algo saliera mal, sería una buena manera de deshacerse del imbécil de Cundo, a quien hasta llegó a celar. Con lo que no contó Max fue con que éste sería el único que regresaría, aunque mal herido. Cuando se repuso contó al Líder que esa noche, después de que el ejército les cayó en emboscada y que vio a una gran cantidad de soldados saliendo de las malezas con fusiles, máscaras y lentes infrarrojos, sólo recordaba que en medio del enfrentamiento, dio un paso en falso y rodó por un desfiladero. Pensaba que ninguno de los de la guerrilla había sobrevivido. Semejante acontecimiento tuvo a Max durante días con un humor de perros e hizo que éste moviera a su gente de un sitio a otro casi a diario. Hasta que pasadas unas semanas se hartó de la monotonía.

A decir verdad, había algo en el comandante que me atraía, pero por ahora sólo quisiera decir que tal vez no fuera algo carnal, sino una envidia sana: ¿Cómo, me preguntaba, podría ser feliz, en medio de tanta jungla? De todos modos, yo creía estar preparada para resistirme al famoso Síndrome de Estocolmo. Con el pasar del tiempo los días aciagos de mi aislamiento se fueron superponiendo con tediosa monotonía. Sentí que estaba frente a una realidad inaccesible a mis recursos y me desbordó el sentimiento de impotencia. En los primeros años me torturaba el recuerdo del bienestar de mi vida pasada. Por absurdo que parezca extrañaba la pérdida de cosas tan insignificantes como mis perfumes y cremas o el olor a ropa limpia. Al principio argumenté ante el líder guerrillero que aunque estuviéramos en el fin del mundo y sólo nos vieran los loros, deberíamos conservar los modales y comportarnos como gente decente. Sin embargo, pasado un tiempo, esas cosas me importaban un bledo y me volví silvestre, como el resto. Convertí mis sueños de liberación en una amurallada fortaleza, sobre todo después del fatídico día en el que Maximiliano me comunicó aquella funesta noticia.

Secundino y yo estábamos sentados a la orilla de un río entretejiendo, con trozos de cabuya, ciertos aparejos que utilizábamos en la preparación de las trampas de animales de caza, cuando súbitamente alzamos la vista, porque sentimos que alguien se acercaba. Era él quien venía a caballo. Y con signos evidentes de alegría me dijo:

"Sofía, vine a comunicarle personalmente la muerte de un ser querido ?dijo soltando una risotada y con una mirada terrible en cuya pupila atisbé el signo del maligno. Me levanté lentamente y permanecí rígida, cataléptica por la angustia.

No se alarme tanto, todavía no se ha quedado viuda ni ha perdido al pendejo de su hijo. Fue su madre. La pobre vieja no pudo aguantar sin verla.

Y continuó riéndose, mientras daba vuelta a la rienda de su caballo con intención de alejarse.

La forma abominable como me lo comunicó me dejó sin habla. Además, había observado al Líder con atención milimétrica por lo que lo conocía suficiente como para saber que no mentía. Volvió a reír satisfecho cuando comprobó el alcance de mi dolor al caer de rodillas sobre las piedras del río. Me dio la espalda y se alejó silbando. Secundino me ayudó a incorporarme del suelo y desde entonces brotó en mi interior el embrión de un odio descomunal y aleteó al unísono el deseo de matar a ese ser inhumano.

La reportera terminó de leer esa frase de la última página del cuaderno, antes de cerrar su libreta de anotaciones y de quedarse dormida. Mientras que en otro lugar, Sofía repasaba los acontecimientos de los días anteriores tratando de encontrar la señal que la movió a tomar aquella riesgosa decisión unas horas previas a su liberación. Por más que recordaba las bandadas de patos en el aire, la algarabía de los monos en las ramas de los árboles y las antojadizas figuras de las nubes en el cielo, concluyó que nada le había presagiado para pensar que era ése el día preciso para la ejecución de su plan que ya se le había hecho una obsesión irresistible; sólo obedeció al impulso de la intuición.

Cuando Secundino empezó a enseñarle cómo entenderse en su idioma, una de las primeras cosas que ella aprendió fue que las palabras son innecesarias cuando una mirada elocuente puede reemplazarlas. Y eso fue precisamente lo que puso en práctica esa mañana cuando se encontró con Maximiliano y éste le recorrió el cuerpo con lascivia. Esta vez ella lo miró distinto y adornó su rostro con una sonrisa; misma que llevaba un mensaje: "ahora sí estoy dispuesta". Lentamente, caminó hacia el bosque cercano y él la siguió. Sofía apuró el paso marcando la ruta e iba rezando para que en el trayecto a él sólo lo guiara el instinto de macho y no la razón. Y así fue. En un claro del bosque y como a diez metros de distancia, ella lo esperaba, recostada a un gran árbol y con la falda levantada sobre las rodillas, el cabello suelto y descolgado a propósito el escote de la camisa. Al acercarse le gritó:

"¡Espera! Sácate primero esa ropa apestosa.

Él se quitó rápidamente la bandolera con la pistola y el puñal. Se despojó también de su camisa y pantalón.

"¿Y las botas y los calcetines? ??"le urgió ella, mientras se aflojaba la falda??". Ahora ven.

No había caminado ni cinco metros cuando una trampa cubierta de ramas se abrió a sus pies y Maximiliano casi cae dentro. Su desconcierto fue atroz. Sintió que la traición le espoleó en el alma y en la entrepierna. Loco de ira y soltando blasfemias se abalanzó contra ella para estrangularla porque ni siquiera quiso ir por las armas que dejó en el suelo. De la rama de un árbol cayó Secundino, forcejaron y éste hizo que Max cayera finalmente al hueco.

"¡Malditos de mierda, sáquenme enseguida de aquí! ¡Indio estúpido, malparido! ¡No le hagas caso a esa mujer! ¡Sálvame y te haré rico!

Fue lo último que alcanzó a gritar antes de que con su propia pistola con silenciador, Secundino le disparara. Del arma sólo se escuchó el siseo de un silbido que fue acallado por un trueno distante. Luego echaron sus pertenencias dentro de la trampa y la llenaron con tierra, cubriéndola finalmente con hojarasca. Un par de horas después y sin que todavía a nadie extrañara la ausencia de su comandante, Sofía se esforzó en disimular su nerviosismo concentrándose en sus labores cotidianas. Estaba sacudiendo una sábana al aire cuando empezó el revoloteo de los helicópteros del ejército. Entonces se oyó el grito de alguien de la tropa: "¡Nos encontraron!"

Ella se asustó, supo que en caso de un ataque armado los guardianes debían matar a los rehenes. Sin embargo, Secundino la agarró rápidamente y la escondió detrás de unos matorrales. Se despidió con una mirada que tal vez contenía un mensaje cifrado y después no supo de él.

Al otro día, tal como me había anticipado, recibí la llamada para encontrarme otra vez con Sofía Vergara de Gaviria. Sin embargo, debido a un tranque vehicular suscitado por un gentío que celebraba la liberación, llegué tarde a la cita. No pude hacerle todas las preguntas que había planeado. Además ??"pensaba ahora??" ya las respuestas carecían de interés.

Pasaría un tiempo antes de que pudiera contar por escrito lo que percibí en aquella estancia cuando entré apenada por mi retraso. Un par de personas me hicieron señas para que no hiciese ruido. Sin que mediara palabra, pero con una emoción tan fuerte que podría tocarse, la ex rehén y un hombre estaban amorosamente agarrados de las manos. Cuando se apartaron para atenderme pude comprenderlo todo: el hombre era un indio alto y corpulento.

Luego, nuestras miradas se encontraron y pude ver en los ojos de Sofía la parte de la historia que no estaba escrita, la cual había originado el asombro de su familia, de todos los medios de comunicación y el repentino cotilleo de su clase social, que, obviamente, no entendía nada.

Y justo en ese momento surgió en mí una interrogante, ¿sabría este hombre cuál fue el guerrillero que recibió del gobierno millones de dólares por entregar al Líder, vivo o muerto?


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396752
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América