Irónicamente, cuando más desequilibrado vagaba por los vericuetos de mi ciudad, más me consideraban el “master” del equilibrio. En la Berkel de México obtuve la nobleza del obrero técnico: Vizconde de las onzas. Aprendí que cuando el brazo de la potencia está en equilibrio con el brazo de la resistencia, la báscula marcará cero. Tómalo como quieras.
Instalé pesas de camiones para Melo, Fidanque, Hielo Seco y otras empresas. Juan Pea, Isaac Orobio, Navarrete y Boris Zachrisson me ayudaron. Boris decía que coqueteábamos con la muerte en busca del equilibrio. Más bien coqueteábamos con el equilibrio para burlarnos de la muerte.
Mi fama llegó hasta Gonzalo Correa. Me contrató para revivir la pesa del muelle fiscal, instalada durante el gobierno de Porras. Una vocecita me decía «No aceptes, Neco, es empresa peligrosa». ¿Peligro, en una pesa? Al aceptar, lo sabría.
Nada más desmontar los pesados tablones de la plataforma, levantó vuelo un enjambre de chabelitas. Es lo que parecen las cucarachas desperdigadas en el aire. La bandada tomó un rumbo fatal: el mar. Naufragaron. Ah, trabajaría tranquilo sin esos bichitos del Señor.
Bajé al foso. Todo el juego de palancas necesitaba limpieza. Eso sería todo. No contaba con esa especie de tortuga dorada que lentamente salió detrás de una de las bases. ¡Kublai Kan! ¿Qué es esto? ¡Una cucaracha! Ocho pulgadas de largo por seis de ancho y antenas de diez pulgadas. Casi no puede caminar (“La cucaracha, la cucaracha, ya...”). No sé si por gorda, o por vieja. Presintiendo el peligro, esta sobreviviente de dinosaurios, se revolvió y me enfrentó. Despidió su gas defensivo. Mi nariz es inmune a los olores. Sus cinco ojos me miraron desafiantes. Haciéndome el valiente, puse una de mis botas encima y apreté. Mi pie rodó como patín. Vaya coraza. Fui a la cantina Chucuchucu, sabía que encontraría a Pikuelo, un tongo amigo mío. Le ofrecí un almuerzo si le disparaba a la reina de las cucarachas. Aceptó. Me acompañó. Al ver tamaño insecto, sacó su revolver, pero no disparó de inmediato. Le dije «¿Qué esperas?» Me dijo: «Esto, friend, tiene que ser con bala mascada». Se metió una bala en la boca y la apretó entre las muelas. Le dije: «Te espero donde Carmen», y me fui antes de que necesitara también kangarú y una estaca sagrada.
¡Pum! Sonó el disparo cuando yo todavía no había salido del muelle.
«La reine est morte».