Tomo prestado el título de una excelente obra literaria publicada en 1958, por el escritor británico Allan Sillitoe, la cual recrea el malestar de la sociedad inglesa recién salida de la segunda guerra mundial. El personaje principal de la obra es un joven atleta confinado a un reformatorio ,quien se refugia en su soledad corriendo grandes distancias.
El tema viene a colación como preámbulo, para intentar reflexionar sobre el problema de la soledad. ¿Por qué en general, se rehúye la soledad? La respuesta inicial a esta pregunta, es obvia: porque son muy pocos los que encuentran compañía consigo mismo.
En efecto, especialmente en nuestras sociedades modernas, la soledad está muy mal valorada. Cuando se practica es considerada, en el mejor de los casos, un acto de egoísmo, vanidad o sobreestima del usuario (¿Qué se cree éste?) y en el peor de los casos, un estigma atribuible al perdedor o al antisocial que bien merece ser condenado al ostracismo (Si no tienes nada que ofrecer, ¿qué haces aquí?) En verdad, por estas y otras razones, pocos seres humanos encuentran motivos suficientes para renunciar a la seductora y frívola caricia del ruido social y menos aún son los que llegan a sentirse a gusto en solitario, sin la obligación sutil de tener que brindar explicaciones sobre sus ausentismos sociales.
Sin embargo, si analizamos el asunto, desde otro ángulo, podemos llegar a entender sin complejos, que la soledad no es tan mala como la pintan. Por el contrario es el acompañante absoluto e indispensable de todo ser humano y puede llegar incluso a convertirse en el único y verdadero amigo, ese que de hecho está, cuando nadie está. Aprender a estar solo en la vida es fundamental. Tener éxito en el intento pienso que le dará un valor agregado a nuestra existencia y en algunas ocasiones, puede llegar a ser el precio a pagar por la libertad (entendido este concepto no peyorativamente). Y es que en ocasiones, la soledad no solo se convierte en el abono foliar de nuestra independencia personal y familiar, sino que constituye la forma más eficaz para evitar ser víctima del utilitarismo pragmático que la sociedad maliciosamente le exige a la excelencia (¿Eres útil?... entonces sírveme).
El verdadero y grave problema de la soledad es cuando el tiempo a solas se utiliza para sufrir o para recordar las caídas, los problemas, las desdichas. Es decir, cuando lo usamos para reflexionar sobre lo que no sé es. Cuando la soledad pasa a ser un tiempo de masoquismo y tortura es cuando ya no es bueno estar solo. En cambio, tenida en cuenta desde la perspectiva correcta, la soledad es un valor intrínseco del genio creador.
Si revisamos en tal sentido la historia, veremos que los grandes acontecimientos de la humanidad, han estado precedidos por incontables momentos de soledad de sus protagonistas. El Romanticismo, por ejemplo, fenómeno cultural correspondiente a la primera mitad del siglo XIX, se caracterizó entre otras cosas , por el aislamiento y la soledad del yo artista, que pasó a ocupar el primer plano de la creación. En tales circunstancias, el mundo externo apenas conserva otro valor que el de la mera proyección subjetiva.
En su momento , Gustavo Adolfo Bécquer afirmó: "La soledad es el imperio de la conciencia". Por su parte, el escritor contemporáneo Sergio Ramírez expresó: "Sin soledad no hay obra literaria, pero es una soledad buscada para poder crear". Asimismo el escritor y pintor Gao Xingjian premio Nobel de literatura (2000), escribió sobre el tema un magnífico ensayo titulado: "Necesidad de la soledad".
Bien vista pues, la soledad es un valor que puede y debe cultivarse. Y es bueno aprender a hacerlo mientras se esté en compañía, pues si llegara de improviso, sabremos en consecuencia integrarla a nuestra vida como algo útil y no como un aberrante desconsuelo.
Es interesante observar como la gente se sorprende de los beneficios que la soledad proporciona. Recuerdo hace poco, cuando un entusiasta e infaltable conversador de café de nuestra bohemia pueblerina en David, expresó con asombro en calidad de anécdota, lo bienhechor que resultó para él, renunciar sin más, a un par de invitaciones o compromisos sociales para los cuales ya se estaba alistando. El amigo comentó con deleite, cómo sucumbió sin arrepentimiento a la solitaria compañía de sus libros y al sedante rumor del torrencial aguacero que cayó esa noche.
En verdad la vida está llena de anécdotas y paradojas al respecto. Desde otra óptica ,conviene agregar sobre el tema de la soledad, las incontables ocasiones que se producen a diario en las que personas poseedoras de fama, poder o liderazgo social, se ven de pronto abrumadas por la soledad y desprovistas de la miel y mansedumbre que brinda la colmena social , al perder o llegar a su fin estos atributos. A partir de ese momento, suelen llevar una vida miserable de resentimiento y frustración. Los ejemplos sobran. Muchos artistas de cine, cantantes y deportistas famosos al terminar sus carreras no soportan esta realidad y recurren a las drogas, el alcohol o al suicidio, sencillamente por no estar preparados para enfrentar la soledad y los efectos colaterales de la indiferencia social. Suelen salir bien librados de este trance , aquellos que conservaron incólume la humildad y sencillez adquiridas antes del éxito, que por cierto se apuntalan con los momentos de soledumbre y comunión con Dios que uno se haya podido y querido regalar a lo largo de la vida.
Finalmente , sin ir tan lejos, quisiera terminar con esta reflexión que nos permitirá comprobar (favorablemente) lo antes dicho. Nuestro querido y admirado atleta panameño, ganador del oro olímpico Irving Saladino, tiene de repente este dilema por delante: dejarse abrumar por el oropel de la fanfarria, el triunfo y la adicción al halago propio del momento, o conservar inalterable su sencillez, serenidad y carisma de hombre bueno, ganados a pulso con su esfuerzo solitario. Ello dependerá, por supuesto, primero de la voluntad de Dios, y segundo de que tan bien haya aprendido Irving a valorar en su momento, (estoy seguro que lo ha hecho), la sublime soledad del corredor de fondo.