Carlos se disponía a visitar a su amigo Alfredo, que había sido operado de apendicitis en el Complejo Hospitalario de la Caja de Seguro Social. Estaba esperando un bus en la plaza Porras. Subió a un diablo rojo que tenía sobre el parabrisas unas enormes letras polícromas y superpuestas. El flintin con que estaban escritas apenas permitía leer con dificultad las palabras Veranillo – Transistmik.
Desde que Carlos pisó el estribo, fue agredido por una combinación de chirridos estridentes y zumbidos que retumbaban en el estómago como ondas expansivas de disparos de cañón. Compartió el primer asiento de la derecha con una mujer joven y un bebé de meses que no paraba de llorar. La mujer intercambiaba objetos con el chofer, por lo que era evidente que el bebé era hijo de ambos.
Carlos acercó la boca al oído de la mujer y le gritó, tratando de superar el escándalo de los altavoces:
—El ruido le va a dañar los tímpanos al bebé.
La mujer miró al extraño, chupó los dientes y torció los ojos mientras se sacaba una teta, creyendo que el llanto de su hijo se debía a hambre. El chofer, más pendiente de su familia ambulante que del tráfico anárquico en que estaba inmerso el autobús, le ofreció a la mujer la toallita con que se secaba el sudor para que ocultara su exuberante pechuga. La mujer no entendió la intención moralizante de su cónyuge y usó aquel trapo polvoriento para secar las lágrimas y la baba del infante, que rechazó el alimento y siguió berreando.
Carlos volvió a gritar en el oído de la mujer:
—Cuando ese niño vaya a la escuela, tendrá que matricularlo en el IPHE, porque estará completamente sordo. Sé lo que le digo porque soy médico.
Esta vez la mujer no chupó los dientes ni torció los ojos y se limitó a mirarlo con desconfianza porque no concebía que un médico viajara en diablo rojo.
El ruido infernal seguía atronando a los pacientes viajeros y el pequeño mártir continuaba desgañitándose. La mujer no creyó la mentira de Carlos hasta que lo vio bajar en la parada del Hospital. Desde la acera éste pudo oír la voz chillona de ella que le gritaba al busero a todo pulmón:
¡¡Yuni, baja esa vaina!!