Deportes

La tiendita de las voces


Esta era una tienda donde se reciclaban bostezos de alucinados, estornudos en desuso, carrasperas desesperantes y voces, voces, muchas voces.

Hasta el lugar iban los que tenían timbres de tenor para hacer canje. Allí elegían una nueva voz para sus cantos y se les veía contentos cantando tangos, boleros, baladas y hasta salsa.

Los dueños de voces susurrantes, cuando querían ser escuchados en espacios abiertos, también iban a la tiendita en busca de una voz para vocear en voz alta sus ideas y discursos por calles y plazas. Después de un tiempo el efecto se disolvía y volvían por la tienda. Estos eran los principales compradores.

 

Los buhoneros y vendedores de periódicos también eran clientes frecuentes, al final de la jornada de trabajo acudían a la tiendita de las voces para conseguir voces frescas para anunciar las noticias al día siguiente y con las que conversarían con su familia, antes de dormir.

Los enamorados reservaban con tiempo voces melosas y melodiosas para llevarles serenatas a sus novias.

Las voces estaban en envolturas de lujo, para usarlas en los aeropuertos. Las de los frascos transparentes, eran la delicia de la gente sincera.

 

En botellas verdes se ofrecían las voces de los envidiosos, egoístas y mentirosos, aunque parezca mentira tenían mucha demanda. Con el antiguo refrán: “Para decir mentiras y comer pescado hay que tener mucho cuidado” se entregaba el manual de uso para evitar los reclamos de los discursos alterados.

Las voces lindas, pausadas, tiernucas también se gastaban muy, muy rápido… Había que esperar un mundo, para encontrarlas otra vez en sus cajitas decoradas con motivos de peces y mariposas.

Ahí en su esquina se estuvo la tiendita, sosteniendo a los tristes y sorprendiendo a los desesperanzados; repartiéndose en granos de fe para los humildes y en gotas de cariño para los arriesgados que necesitaran un piropo o un consejo.

 

Así fue por mucho tiempo, pero la gente empezó a olvidarse y a mirarse con recelo y a hablar en voz muy baja y a quedarse callada… hasta aquel día, en que, abrumada por los ruidos de la gran ciudad, la bullaranga de las guerras y los chillidos de la muchedumbre, la tiendita de las voces, sin qué, quién, cuándo ni por qué, desapareció.

Ahora la única voz que pudiera salvar a esta especie de voces, en peligro de extinción, es la tuya, la mía, la nuestra cuando decimos: ¡Buenos días! ¡Gracias! o ¡te quiero!


fecha edicion
old id
729482
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América