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La última cornada


La Puerta de Alcalá se empinaba majestuosa sobre la vía, los árboles alineados saludaban con sus verdes brotes primaverales. Bajo ella, vehículos y peatones formaban un revuelo de ruidos donde se mezclaban las voces de impacientes conductores con los pregones de vendedores de carteles de matadores y de historias de los toros de Miura que iban a lidiarse.

Algunas señoras lucían mantillas y flores y toda la muchedumbre parecía gritar en sordo zumbido: ¡A la Plaza!, ¡Torero !

Un misterioso murmullo avisaba al gentío que venía el coche descubierto del maestro porque todos, adivinando su proximidad, se detenían para hacerle comentarios entusiastas, a los que él contestaba desde su asiento con una sonrisa inmóvil, casi una mueca. Se decía a sí mismo: "Ésta va a ser una tarde difícil", y un extraño terror le recorría.

 

Ese raro presagio había empezado en la habitación del hotel cuando lo vestían con el traje de luces y peinaban con brillantina su cabello, poniendo especial atención en la coleta. Su cuerpo musculoso tenía cicatrices de pasadas cornadas. Terminado su arreglo y puesta la montera en su cabeza, estaba molesto y nervioso. Tomó el capote de lujo, engalanado también de bordados de oro.

Habían pasado ya la Cibeles y el tráfico era más veloz hacia La Plaza.

Al llegar todos le aclamaban: "Eres el mejor de todos, Manolo", y él sonreía.

 

La Plaza, que contaba con oficinas, casa para los mozos, enfermería, caballerizas y corrales, tenía también una capilla, hacia donde se dirigió con el grupo que lo acompañaba. Se les adelantó para situarse frente a la imagen de la Virgen de la Paloma.

Hizo una oración por los suyos y porque la tarde fuese buena. Pidió encarecidamente que cuidase de su hijo. El único varón de veintidós años, después de haber salido de varias clínicas de rehabilitación no podía zafarse del vicio que le mataba. Relegó su presentimiento de que esa tarde iba a ocurrir algo y oró con fervor.

Todavía emocionado salió de la capilla mientras sus ayudantes trataban de quitarle de encima a los aficionados.

 

Afuera, una muchedumbre multicolor vociferaba. El ruido se tornó armónico al sonar de los clarines y las trompetas.

Súbitamente, Manolo se olvidó de sus problemas y se inundó todo él de esa hercúlea gallardía y arrogancia que le hacían ser el mejor matador de España mientras miraba hacia el graderío con aire triunfal.

Aunque el verdadero Manolo era el de la capilla, en la arena ningún toro le daba miedo y esto lo percibían los conocedores de la tauromaquia.

 

Al momento en que la bestia salió, ya él la esperaba capote en mano y el coraje de sus primeras verónicas llenó de júbilo a toda la plaza. Para el toro era el momento de enfrentarse con el picador de cuadrilla, dando paso al tercio de quites donde el diestro enardeció los tendidos con sus ceñidísimas chicuelinas.

Brindó el toro a uno de los dueños de la famosa Ganadería Miura y, para hacerlo, se quitó la montera de la cabeza y la arrojó hacia el palco, como un gladiador romano que ofrece sus laureles de gloria. Los timbales y las trompetas llamaban al último tercio.

Manolo se le aproximó a la bestia con la muleta roja desplegada. El toro se le acercó y hubo varios pases de muleta, con la mano izquierda, que resultaron soberbios. Desde las gradas se oía "¡Ole!, ¡ole!"

El lidiador consentía a la fiera con el trapo rojo y ésta se revolvía con bravura y embestía.

Los bufidos del animal y la baba de su hocico estaban tan próximos al matador que el toro, cansado del juego, o tal vez acostumbrado por unos momentos a él, se ha quedado inmóvil.

Manolo, aprovechando y, en un alarde de coraje, se arrodilló junto al bruto; la gente de los palcos y graderías gritaba apasionada.

Tuvo el lidiador el presentimiento del éxito, erguido elevó la espada a la altura de sus ojos y le asestó una estocada mortal en el hoyo de las agujas. El toro cayó de lado con las patas rígidas. Fue entonces que el público aplaudió con más fervor, fiel amante de las temeridades.

Manolo sintió su momento de triunfo cuando al entregarle las dos orejas y el rabo le sacaron en hombros por la puerta grande.

Al regreso, en su automóvil, todavía sonreía por los placeres de la victoria y la ovación que le habían brindado sus admiradores.

Cuando, ya en el hotel, se le acercó su mozo de espadas e hizo un ademán a los demás al entregarle un mensaje, todos enmudecieron. Era un fax que decía: "Manolito murió a las 5 p.m. por sobredosis."

Ante sorpresa tal, el diestro cayó de bruces. Todos corrieron con presteza. Le pusieron en una cama y, mientras su ayudante principal rasgaba el traje de luces, el médico del hotel le auscultaba.

El diestro había muerto de un ataque masivo al corazón.

En esos momentos, pero allá, en La Plaza, los tendidos se habían quedado vacíos. Algunos hombres, desconocedores de la tragedia, colocaban carteles invitando para el próximo domingo:"El Gran Manolo frente a los toros Victorinos".

Sólo los nubarrones primaverales parecían saber de su última estocada porque se cernían desafiantes sobre la Plaza de Toros de Madrid.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América